Crónica de Ernesto Cardenal

 

Patricio Navia, noviembre 1990

© Copyright Patricio Navia 1996

A Mariza, boricua, donde te conocí

 

Conocí a Ernesto Cardenal un sábado de tarde, de otoño, en un barrio de grandes almacenes y bodegas en Chicago. Un grupo de unos cuarenta profesores, estudiantes, trabajadores y exiliados (sin entrar a discutir sobre los alcances legales y morales del término) en un pequeño local semi-cultural, casi taberna, unas veinte cuadras al sur del centro de Chicago a esprarle.

Los cuarenta que allí estábamos éramos, más o menos, todos conocidos y eso nos hizo sentirnos en casa, un poco, y ciertamente marginados, por el sólo echo de saber que éramos siempre los mismos. Llevaba conmigo una antología de sus poemas que había adquirido esa misma tarde en una librería latina en la Avenida México; esperaba la firmase. El resto era un día de nubes grises, casi cálido, totalmente separado del contexto otoñal de edificios gigantescos, tristes, árboles desnudos y calles desiertas.

Llegó tarde, lo trajeron, al parecer, en un taxi. Se veía cansado, arrastrando su barba blanca y limitado en las alturas por su eterna boina negra. Nunca pensé que ese hombre pudiera haber escrito los epigramas. Vestía sencillo, oscuro, nunca me hubiese evocado la imagen de un revolucionario (no al menos de los que conocía), mucho menos de un cura. Y a mi juicio no ha sido nada de eso. Habló lento, desde una letanía inmensa, me hacía dormir. El poeta me hacía dormir. Reconoció su similitud a Neruda en materias de declamación y rió un poco. El poeta es metafísico.

Recuerdo que leyó un poema de ecología, habló, casi como autómata, de la solidaridad internacional con el pueblo de Nicaragua y la obra sandinista. Era un día de otoño triste, el poeta estaba sólo, el poeta vive sólo y el cura no habla de Dios.

Tal vez Marilyn Monroe se hubiese enamorado de él después de leer su poema y él hubiese renunciado a la obra por la comunidad que dirige en Nicaragua y se hubiese perdido junto a Marilyn en una exótica playa del caribe (luego habrían vivido en una hermosa casa de Beverly Hills donde hoy estarían ambos eludiendo unos pocos periodistas sensacionalistas -que quisieran hablar del sida, o del divorcio-, observando televisión, engordando, sacando a pasear las mascotas).

Cardenal, agotado por su largo tour de beneficencia para obtener fondos para su comunidad, me recordó un poema que tal vez, en su niñez el mismo leyera: "Los Motivos del Lobo" del también Nicaraguense Rubén Darío. Cardenal resemblaba a Francisco de Asís, sus poemas tenían una fuerza metafísica que recordaba la de aquel de quien él no quiso hablar, el Che.

Cardenal habló nuevamente por la noche. Esta vez a un grupo reunido en una iglesia protestante liberal. La Revolución no ha muerto, dijo, pero tal vez sus palabras cayeron como las hojas, su presencia fue opacada por la multitud que asistió a los funerales de Allende. La Revolución es del pueblo, aseguró, pero el tenía la barba corta, no como Fidel Castro.

Tal vez los sueños, el amor lejano por Claudia, que ni siquiera mencionó y yo me moría por escuchar, hayan sido los causantes de que su poesía me pareciera vacía, demasiado abstracta y brutalmente humana en veces. Yo quería oir algunos epigramas, declaraciones de amor, de odio, de lucha.

El poeta se quedó dormido en el automóvil que lo llevaba de vuelta a la casa donde se quedó. Sus asistentes, luego de la charla, habían pedido dinero para la comunidad. Era un sábado de noche, lo había escuchado y aún esperaba los epigramas. Antes de despedirme le fui a preguntar, por qué no hace más esos epigramas, ¿dónde está su amor? ¿dónde, poeta? Hay gente, hay cosas, dijo, hay situaciones que no merecen ni un epigrama dijo. Me preguntó el nombre, firmó mi libro y me sonrío falsamente, como lo habría hecho tantas veces ese mismo día.

La revolución es del pueblo, dijo. Hay gente que trata de apropiársela. Antes de subirse al auto un señor alto, bien vestido se le acercó y le dijo: Venceremos. Ya, ya, dijo el poeta (y ciertamente lo cree).