Cronicas de Sudamérica
Patricio Navia
Chicago, Enero de 1997
I- Brasil
El 17 de diciembre salí para Sao Paulo desde un Chicago con -10 C de temperatura, recién despertando a las 5:30 am. Alejandro me fue a dejar al aeropuerto y entonces comenzó la aventura. Como viajé de día, y aunque no había dormido mucho en las semanas que precedieron al viaje, me fui mirando por la ventana gran parte del viaje. Después de la casi inevitable escala en Miami, volamos sobre Cuba. Cuba, país que tanto dolores de cabeza nos da hoy por hoy a los que creemos en la esencia de la revolución pero diferenciamos profundamente con los métodos usados y la profunda falta de respeto por los valores democráticos y la iniciativa privada. Creo que pese a las buenas intenciones de los cubanos, la meta no se puede alcanzar sin pasar por el respeto a la propiedad y a la iniciativa privada y sin respetar las formas tradicionales de hacer democracia, las elecciones libres y la libertad de prensa, entre otros. Pero después de Cuba volamos por sobre Haití, se veía Puerto Príncipe abajo y me sentí feliz de no tener que pasar por ahí. En ese contexto se entiende mejor la revolución cubana y no corresponde hacer un análisis de lo que ha sido Fidel sin considerar lo que fueron también Duvalier en Haiti y Balaguer en la República Dominicana. Si me queda claro que Fidel no es lo que queremos para América Latina, tampoco son opciones válidas lo que pasó en Haití o en Santo Domingo.
Luego vino el Caribe, por casi dos horas y al final, Caracas. Se veía claro desde arriba. Ese debe ser un país que bien merece un viaje y sus consabidas aventuras. Pero lo más increible llegó después, la selva amazónica, que nos acompañó hasta el atardecer, casi dos horas antes de llegar a Sao Paulo. Es fácil sintetizar la selva: verde. Un verde intenso, llenador, que se extiende hasta donde se pierde la vista y se ve interrumpido sólo por majestuosos ríos llenos de vida y mineral y por montañas esporádicas, que en ocasiones, con sus laderas desnudas muestran la tierra roja, café, mineralizada del Amazonas. Recordé a Neruda y su canto general: "Amazonas, capital de las sílabas del agua, padre patriarca, eres la eternidad secreta de las fecundaciones, te caen ríos como aves, te cubren los pistilos color de incendio, los grandes troncos muertos te pueblan de perfume, la luna no te puede vigilar, ni medirte. Eres cargado con esperma verde..." No recordaba esos últimos versos de Neruda, pero los releí cuando volaba el Amazonas y esa es precisamente la impresión que me dejó la gran selva, esperma verde.
Cuando pasé el primer río pensé que me encontraba con el gran río Amazonas, y me impresionó, jugaba cual serpiente entre el universo verde. Mas tarde me confundí cuando vimos otro río, de igual tamaño, ¿cuál de los dos era el Amazonas? Las dudas se acaban, en todo caso, cuando por fin cruzamos sobre el verdadero río, grande, imponente, un río de proporciones enormes y colores variados, impresionante, poderoso, plenipotenciario en su dominio sobre el paisaje. recién ahí pude dormir, con la tranquilidad de haber visto, desde arriba, el gran río. El río, manantial multicolorido que juega entre el río gigantesco de esperma verde que es el amazonas. Y entre manantiales, espermas, llegué a Guarulhos.
Desperté unos minutos antes de que aterrizáramos, era ya de noche, y Sao Paulo se extendía en su universo de luces y automóviles hasta donde se perdía la vista. La primera vez en Brasil, y la ciudad enorme, extensa, me recordaba a la Ciudad de México. Y el aeropuerto, el diseño del mismo, las luces de la ciudad al fondo sólo fueron a confirmar la similitud.
Claro, todo hasta que me bajé del avión y me encontré con los brasileños. Gente más alegre, una mezcla de razas y étnias mucho mayor de lo que alguna vez México pudiera soñar. Brasil es un país que por razones históricas vio llegar a sus tierras a gentes de los más diversos orígenes. Lo particular de Brasil, en todo caso, y ahí se diferencia sustancialmente de los Estados Unidos, que en las últimas décadas ha experimentado un fenómeno similar, es que en Brasil la gente llega y rápidamente se convierten en brasileños, adoptan la cultura nacional, se impregnan de la identidad nacional. Nadie pretende ser ítalo-brasileño, japonés-brasileño, ahí son todos brasileños, de ascendencias varias, y a menudo de mezclas de razas y étnias, pero brasileños ante todo.
La gente es brasileña y ya está. Y yo, en Sao Paulo, feliz, salgo a la calle, consciente de que no hablo portugués, pero confiado en que la similitud con el castellano me hará la vida fácil. Y en cierto modo es verdad, pero más de una sopresa me llevaría, y es que aunque la gramática es similar y el origen latín ayuda mucho, hay diferencias sustanciales en la pronunciación, lo que hace que sea mucho más fácil leer portgués que entenderlo cuando la gente habla.
Ya en la carretera, camino al centro de la ciudad, me sorprende el mismo olor a América Latina de la Ciudad de México, de Buenos Aires, de Lima, de Guatemala, de Santiago. Los letreros de Diners’ Club, Os 12 Macacos, Coca Cola, Sao Paulo, Capital de Antártica, Space Jam con Michael Jordan, Mc Donald’s, en campaña de reforestación de Sao Paulo. Pienso en que es precisamente la alimentación del ganado uno de los principales causantes de la deforestación del Amazonas, y me río ante la habilidad de marketing de McDonald’s, que por un lado incentiva la tala en el amazonas y por el otro ayuda a plantar árboles en esa ciudad, que por cierto los necesita. Pero el calor, el cansancio típico de los viajes y mi incapacidad para hablar o entender portugués me incentivan a quedarme callado. Eu nao falo portugués, digo, a cada rato, y ese será mi lema, o mi excusa cuando sólo quiera abstraerme y observar ése, el país más grande de Sudamérica.
Ese es el túnel Ayrton Sena, me dicen todos, orgullosos, cuando pasamos frente a un tunel paso bajo nivel. Y es que ese país está loco por Ayrton Senna. Djalma, que como conductor es la misma antítesis de Ayrton Senna, me explica, mirándome y casi estrellándose contra otro auto que entraba a la carretera en el momento, profiriendo algún insulto en portugués, que Ayrton Senna era una gran persona, que ayudaba a la gente pobre, y que nunca quiso que sus contribuciones fueran hechas públicas, que lo hacía por verdadero interés en ayudar, no por publicidad. Por eso que ahora hay una tarjeta de crédito de Ayrton Senna, y otra del Corinthians, me dijeron por ahí también, pero yo sólo vi la de Ayrton Senna, que viene en sus versiones Master Card y Visa. Y así, en la carretera de Sao Paulo, camino a Brooklin, como en Nova Yorki, me hablan de las criancas carentes de ese país, de un piloto de Formula Uno que ayudó co
Cronicas de Sudamérica
Patricio Navia
Chicago, Enero de 1997
I- Brasil
El 17 de diciembre salí para Sao Paulo desde un Chicago con -10 C de temperatura, recién despertando a las 5:30 am. Alejandro me fue a dejar al aeropuerto y entonces comenzó la aventura. Como viajé de día, y aunque no había dormido mucho en las semanas que precedieron al viaje, me fui mirando por la ventana gran parte del viaje. Después de la casi inevitable escala en Miami, volamos sobre Cuba. Cuba, país que tanto dolores de cabeza nos da hoy por hoy a los que creemos en la esencia de la revolución pero diferenciamos profundamente con los métodos usados y la profunda falta de respeto por los valores democráticos y la iniciativa privada. Creo que pese a las buenas intenciones de los cubanos, la meta no se puede alcanzar sin pasar por el respeto a la propiedad y a la iniciativa privada y sin respetar las formas tradicionales de hacer democracia, las elecciones libres y la libertad de prensa, entre otros. Pero después de Cuba volamos por sobre Haití, se veía Puerto Príncipe abajo y me sentí feliz de no tener que pasar por ahí. En ese contexto se entiende mejor la revolución cubana y no corresponde hacer un análisis de lo que ha sido Fidel sin considerar lo que fueron también Duvalier en Haiti y Balaguer en la República Dominicana. Si me queda claro que Fidel no es lo que queremos para América Latina, tampoco son opciones válidas lo que pasó en Haití o en Santo Domingo.
Luego vino el Caribe, por casi dos horas y al final, Caracas. Se veía claro desde arriba. Ese debe ser un país que bien merece un viaje y sus consabidas aventuras. Pero lo más increible llegó después, la selva amazónica, que nos acompañó hasta el atardecer, casi dos horas antes de llegar a Sao Paulo. Es fácil sintetizar la selva: verde. Un verde intenso, llenador, que se extiende hasta donde se pierde la vista y se ve interrumpido sólo por majestuosos ríos llenos de vida y mineral y por montañas esporádicas, que en ocasiones, con sus laderas desnudas muestran la tierra roja, café, mineralizada del Amazonas. Recordé a Neruda y su canto general: "Amazonas, capital de las sílabas del agua, padre patriarca, eres la eternidad secreta de las fecundaciones, te caen ríos como aves, te cubren los pistilos color de incendio, los grandes troncos muertos te pueblan de perfume, la luna no te puede vigilar, ni medirte. Eres cargado con esperma verde..." No recordaba esos últimos versos de Neruda, pero los releí cuando volaba el Amazonas y esa es precisamente la impresión que me dejó la gran selva, esperma verde.
Cuando pasé el primer río pensé que me encontraba con el gran río Amazonas, y me impresionó, jugaba cual serpiente entre el universo verde. Mas tarde me confundí cuando vimos otro río, de igual tamaño, ¿cuál de los dos era el Amazonas? Las dudas se acaban, en todo caso, cuando por fin cruzamos sobre el verdadero río, grande, imponente, un río de proporciones enormes y colores variados, impresionante, poderoso, plenipotenciario en su dominio sobre el paisaje. recién ahí pude dormir, con la tranquilidad de haber visto, desde arriba, el gran río. El río, manantial multicolorido que juega entre el río gigantesco de esperma verde que es el amazonas. Y entre manantiales, espermas, llegué a Guarulhos.
Desperté unos minutos antes de que aterrizáramos, era ya de noche, y Sao Paulo se extendía en su universo de luces y automóviles hasta donde se perdía la vista. La primera vez en Brasil, y la ciudad enorme, extensa, me recordaba a la Ciudad de México. Y el aeropuerto, el diseño del mismo, las luces de la ciudad al fondo sólo fueron a confirmar la similitud.
Claro, todo hasta que me bajé del avión y me encontré con los brasileños. Gente más alegre, una mezcla de razas y étnias mucho mayor de lo que alguna vez México pudiera soñar. Brasil es un país que por razones históricas vio llegar a sus tierras a gentes de los más diversos orígenes. Lo particular de Brasil, en todo caso, y ahí se diferencia sustancialmente de los Estados Unidos, que en las últimas décadas ha experimentado un fenómeno similar, es que en Brasil la gente llega y rápidamente se convierten en brasileños, adoptan la cultura nacional, se impregnan de la identidad nacional. Nadie pretende ser ítalo-brasileño, japonés-brasileño, ahí son todos brasileños, de ascendencias varias, y a menudo de mezclas de razas y étnias, pero brasileños ante todo.
La gente es brasileña y ya está. Y yo, en Sao Paulo, feliz, salgo a la calle, consciente de que no hablo portugués, pero confiado en que la similitud con el castellano me hará la vida fácil. Y en cierto modo es verdad, pero más de una sopresa me llevaría, y es que aunque la gramática es similar y el origen latín ayuda mucho, hay diferencias sustanciales en la pronunciación, lo que hace que sea mucho más fácil leer portgués que entenderlo cuando la gente habla.
Ya en la carretera, camino al centro de la ciudad, me sorprende el mismo olor a América Latina de la Ciudad de México, de Buenos Aires, de Lima, de Guatemala, de Santiago. Los letreros de Diners’ Club, Os 12 Macacos, Coca Cola, Sao Paulo, Capital de Antártica, Space Jam con Michael Jordan, Mc Donald’s, en campaña de reforestación de Sao Paulo. Pienso en que es precisamente la alimentación del ganado uno de los principales causantes de la deforestación del Amazonas, y me río ante la habilidad de marketing de McDonald’s, que por un lado incentiva la tala en el amazonas y por el otro ayuda a plantar árboles en esa ciudad, que por cierto los necesita. Pero el calor, el cansancio típico de los viajes y mi incapacidad para hablar o entender portugués me incentivan a quedarme callado. Eu nao falo portugués, digo, a cada rato, y ese será mi lema, o mi excusa cuando sólo quiera abstraerme y observar ése, el país más grande de Sudamérica.
Ese es el túnel Ayrton Sena, me dicen todos, orgullosos, cuando pasamos frente a un tunel paso bajo nivel. Y es que ese país está loco por Ayrton Senna. Djalma, que como conductor es la misma antítesis de Ayrton Senna, me explica, mirándome y casi estrellándose contra otro auto que entraba a la carretera en el momento, profiriendo algún insulto en portugués, que Ayrton Senna era una gran persona, que ayudaba a la gente pobre, y que nunca quiso que sus contribuciones fueran hechas públicas, que lo hacía por verdadero interés en ayudar, no por publicidad. Por eso que ahora hay una tarjeta de crédito de Ayrton Senna, y otra del Corinthians, me dijeron por ahí también, pero yo sólo vi la de Ayrton Senna, que viene en sus versiones Master Card y Visa. Y así, en la carretera de Sao Paulo, camino a Brooklin, como en Nova Yorki, me hablan de las criancas carentes de ese país, de un piloto de Formula Uno que ayudó como pudo, de otro más arrogante que no ayudó a nadie, veo letreros de Parmalat, garotas en las esquinas, a las 11 de la noche y pienso que sería bonito tener un cartao de credito de Ayrton Senna.
Es Brasil, es Sao Paulo, de noche, allá al fondo divisamos la avenida paulista, pero antes pasamos por esquinas con tiendas y restaurantes, una semana antes de Natal, cuando el calor arreciaba, los posters de Ronaldinho llenaban todos los kioskos de revistas (se casa Ronaldinho este verano). Hace calor, ¿ah?, digo, y nadie responde, es la ciudad que nos anonada, que nos sume en su universo de luces, de prositutas, muchachitas en las esquinas, de bares, de micros amarillas grandes, con gente de pie, apretándose todos. Los centros comerciales más abajo, Djalma que se cree Ayrton Senna y que casi nos mata cuatro veces en el trayecto, es la noche de Sao Paulo, cuatro horas adelante en el tiempo. Imagino Chicago, con su frío y su nieve, son sólo las 7 pm en Chicago, y 40 grados más frío. Y yo salgo a la conquista emocional de Sao Paulo.
Despiértate, me dice el Peter, mi hermano. Van a ser las 2 pm. Y yo que me quedé despierto casi hasta al amanecer, escuchando los ruidos de la ciudad infinita, los olores de la ciudad putrefacta e incólume a la vez, me levanto rápido. Hay que irse a conocer la ciudad, digo, apresurado, hay que conocer. Y sin pensarlo mucho me encuentro en la ducha, con su mecanismo eléctrico para calentar el agua, hace calor, son las dos de la tarde y es evidentemente Latinoamérica, el baño es grande, tiene bidé, el edificio es grande, hay una ventana y logro ver ropa colgada en huinchas metálicas. Es América Latina una vez más.
Todos en Sao Paulo visten jeans, los niños negros y blancos, mulatos, juegan juntos y revueltos, después de un par de cuadras, de tiendas y bancos, llegamos a una avenida principal, a tomar el bus. El chofer y el cobrador, la gente sentada, armada de paciencia para la ciudad de peor tráfico de América Latina. Sólo tres líneas del metro, que apenas cubren el centro y un poco más, lo demás es territorio de esas micros enormes, y de los millones de paulistas que llenan las calles con sus jeans y sus poleras, todo el mundo usa jeans y poleras en este país, pienso.
¿Qué tuvo Brasil que Estados Unidos no logró en materia de armonía racial? Al final no logré contestar esa pregunta, pero no dejó de fascinarme en cada esquina, en cada pareja interracial que ví en las calles. En Brasil toda la gente es linda, aún los pobres, y los hay muchos, en las esquinas sonríen. Aquí hay zonas bien peligrosas, me dicen, que es mejor ni siquiera conocer, hay mucha pobreza y ahora con la estabilidad ecónomica también los precios se hicieron inaccesibles para muchos. Las tiendas del centro repletas de gente, se acerca Natal y papá Noel, y llegamos, así, a tomarnos una Brahma Guaraná a la plaza principal. Y es que si no fuera por la avenida Paulista, donde están los bancos, esa ciudad no tiene un centro real. Todo y nada es el centro en esa ciudad que creció en forma desordenada. El arriendo del departamento cuesta 2000 reales, nos dice Santana, y me doy cuenta de que realmente estamos hablando de precios prohibitivos para muchos. Una camisa que me gustó en un centro comercial decía: 3x20, luego me explicaron, tres cuotas de $20. El CD de Skank que me compré me costó $25 dólares. Más me hubiera valido comprarlo en Chile, después.
Ese es un país de hombres y mujeres fascinados por el sexo. Nada nuevo, dirán muchos, es cierto. Digamos que ese es un país donde la gente no se urge porque pongan culos y nalgas de hombres y mujeres en la tele, en los periódicos, en los letreros camineros, en todas las esquinas, a cada rato. Brasil, el país donde los culos reinan.
Calor, calor, caminar y caminar. Entramos a Habib’s, una cadena de comida rápida, árabe y pizza. Arabe y pizza, vaya combinación, pienso, y pido la combinación número tres. No entiendo, no entiendo, no entiendo nada. Balbuceo algo, me preguntan si quiero algo, digo que si, que cual de las cosas, no entiendo. Y luego la gran palabra: "oranyi", dice la muchacha y yo digo si, oranyi, y la muchacha le dice a su compañera de trabajo que si habla inglés, que ella también habla inglés, y yo feliz me voy a tomar mi jugo de oranyi con mi pizza, en un restaurant árabe de comida rápida, es Brasil. Arriba, escuchamos a la distancia a un grupo que pudiera ser de bolivianos o ecuatorianos cantando música andina, Sao Paulo, capital de Antártica, la cerveza, Brasil, capital de sudámerica, portugués, portuñol a veces, si se quiere, tan brasileño.
Dejaré mi ya tediosa canto de admiración por los brasileños, pienso mientras tomo notas en la carretera donde estamos completamente detenidos saliendo de Sao Paulo, camino a Curitiba, con Djalma de nuevo, y miles de más que quién sabe para donde van. Pasamos por fuera del estadio de Morumbí. Si este país se merece no sólo las cuatro copas mundiales que tienen, se merecen todas las que faltan todavía, y de seguro ganarán algunos, y yo, feliz entonces, me acordaré de Djalma, de Santana, de la muchacha de Habib y su ‘oranyi’, de Gislayne, que era del Matto Grosso.
Seis horas por la carretera, verde, verde de nuevo, en dirección al sur, Curitiba, al estado de Paraná. Paramos a comer, carne y más carne. Este país está lleno de ciudades grandes, pienso, mientras reviso el mapa. Una semana en Brasil es pretender demasiado, aquí hay que volver, pienso, hay que volver pronto. La noche anterior, en un centro comercial, me enamoré de las piedras de Minas Gerais, y antes había sido del Amazonas, desde la altura, también está Recife en el norte, Manaos, Salvador, Bahía. Este país es más grande que todo el resto de América del Sur junto, y yo que sólo tengo una semana para Brasil. Dormí casi todo el viaje, y menos mal, porque los asesinos al volante se fueron todos a Brasil, y si Ayrton Senna se mató en un accidente, entonces él si es representativo de los brasileños, que se deben matar por cientos en esas carreteras.
Fernando Henrique Cardoso aparece en la tele poco, el presidente quiere reelegirse, y para eso ha hecho concesiones importantes a ciertos estados, para que los legisladores voten por la re-elección. El país tiene una economía estable, y si ese país se empieza a mover y la economía despierta, entonces será al Mercosur como Estados Unidos es a Nafta, una fuerza hegemónica que se terminará de comer a Argentina, Paraguay, Uruguay y Chile juntos. El tango puede tener clase y buen gusto, la cueca es linda si se quiere, pero lejos la samba les gana a todos, y en el fútbol ni hablar. Incorporados a Mercosur, Chile, que sería cómo el cuarto o quinto estado en tamaño en Brasil, al menos lograría ser campeón del mundo en fútbol, en el gran equipo verdeamarillo de Mercosur, todos hablando portuñol, y soñando, como yo, con el Matto Grosso.
Ricky Martin y Enrique Iglesias, por otro lado, son la respuesta castellana a la hegemonía musical brasileña de Skank , Daniela Mercury, Legiao Urbana, la Samba y el rap en portugués. Un, dos, tres, un pasito bailante María, canta, según los brasileños, Ricky Martín. Un pasito bailante en vez de "un pasito pa’lante", pero no importa, ahí estáa Ricky, con su música bailante, en Sao Paulo, en Curitiba, en las telenovelas brasileiras.
El fin de semana sería en Curitiba, y eso es historia aparte. El lunes, de madrugada, sería el vuelo en Varig de Curitiba a Sao Paulo, allí unos minutos, sólo unos minutos, y corriendo para el avión de Aerolíneas Argentinas, que ya se iba, me despido de Sao Paulo, de Brasil, de su tráfico, de sus cartaos de Ayrton Senna, algún día les ganaremos en el mundial, pienso, y me sorprende la voz de la azafata argentina. Nunca pensé que me sentiría tan feliz de escuchar a un argentino hablar castellano. Territorio cristiano de nuevo, a dormir un rato, que viene Buenos Aires agora.
Gislayne
Soy de Matto Grosso, me dijo, y entonces me puse a hablar portugués y no paré más. Una vez leí un National Geographic sobre Matto Grosso, le dije, y mostraban que había pirañas, y que la gente tenía arcos y flechas. ¿Tu tienes arco y flechas? Tenho, me dijo, y se echó a reir, mostrando sus dientes maravillosos.
Matto Grosso, la gran selva, verde enmarañado como su pelo, ríos poderosos y llenos de vida, como sus piernas, pirañas, cocodrilos, una caja de sorpresas, un estado de sorpresas. Voce ten que conhecer Matto Grosso me dice, y siento sus caderas firmes contra las mías, y siento su aliento, y me la imagino selvática, salvaje, y le tomo el pelo y hago algún comentario que no entiende ni le preocupa. ¿Conoces a Mariah Carey? me dice, y asiento. Pero ¿personalmente? Por supuesto que no, replico, y se decepciona, de Chicago y no conoce a Mariah Carey, ¡qué perdida de tiempo! Después de la explicación y del perdón, entonces quedamos en que en Matto Grosso voces tem electricidade? Temos. Y voces tem telefonos? Temos.
Y en la aldea de ustedes en Chicago, me dice, tienen pandillas que matan gente. Temos, le digo, y no podría sentir Chicago más ajeno a mi vida que entonces, mucho menos la nieve, yo soy sólo oídos para Matto Grosso, y en particular para Poconé, que de hecho aparece en el mapa, y aparece también como canción de Skank en el CD que compré. Y yo, mirando a mi garota nacional, me imagino pasando el resto de mis días en Poconé, Matto Grosso, y soy feliz.
Casi un millón de habitantes tiene Poconé, y la imagino como Concepción, y la imagino a ella caminando a su trabajo en el corazón de sudamérica, hoy, tal vez pensando en el chileno que conoció ese sábado en Curitiba.
Fique conmigo para o natal, me dice, y me imagino en Florianópolis caminando con ellas las calles del Brasil. Vámonos a Belem, le digo, a conocer el Amazonas. Estas loco, me dices, quédate aquí conmigo, y me intenta abrazar, eu quero abrazar a voce mas eu nao posso. Y así seguimos, con Djalma manejando, perdidos en Curitiba.
Después del casamiento salimos a pasear un grupo al centro de Curitiba. La noche anterior habíamos ido a ver el concierto de villancicos de navidad al centro, al banco que los organiza cada año, todos cantamos, bajo la lluvia torrencial, Imagine all the people, y yo feliz, entonces miraba a todos y quería abrazar a todo el mundo, feliz, cantando con John Lennon, y esos niños en la entidad financiera aquella, era Brasil y yo era feliz. Ya en el centro fuimos a comprar la música que me quería traer, Skank y Legiao Urbana. Gislayne me los recomendó la noche anterior y allí los dos, juntos, escuchamos a Renato Russo cantar, me contó que el vocalista de Legiao Urbana murió de Sida. Luego fue la historia de Skank, su Garota Nacional, y su canción de Poconé, su ciudad. Para esa altura era yo ya dueño de sus manos, fuertes, firmes, manos que matan cocodrilos, pensé, y de sus hombros, igualmente fuertes, hombros que han cortado árboles, brazos que han plantado árboles del amazonas. ¿Voce conhece a Chico Buarque? Conheço. Y así se daba nuestro gran diálogo. Conhece? Conheço!
Ya en al auto, de regreso, por la noche, D’jalma pregunta quién conoce el camino de regreso. Nadie. Nadie es de Curitiba. Estamos perdidos, y no sabemos ni siquiera el teléfono de la casa. Qué desastre. Estamos perdidos en la selva del Matto Grosso, le digo, y la acerco con mi brazo, ya sobre su hombro. Si estuvieras perdido en el Matto Grosso me dice, riendo, no te encuentra nunca más nadie y de verdad te comen los cocodrilos y entonces el National Geographic hace un artículo sobre ti el siguente mes, se ríe, muestra sus dientes. A esta mujer la tengo que besar apenas lleguemos a la casa, pienso, y ella se adelante y con sus labios gruesos me llena de su río de besos nacidos del Matto Grosso, y yo soy feliz. Yo y ella perdidos, con Djalma, su hermana y una niña más en las calles de Curitiba. Ojalá sigamos perdidos toda la noche, le digo. Y ahí me pregunta, ¿porque voce nao fica conmigo para natal?
Le explico de Buenos Aires, que tengo que llegar a Santiago, que tengo muchos amigos en Chile que tengo que ver, que Chile es mi vida, que Chicago es mi vida, que en Chicago conocí a mis amigos de Buenos Aires. Pero que me gustaría.
¿Entao?, dice, con sus labios gruesos pegados a los míos, voce fica conmigo?
No posso, replico, jugando con la idea de mandar toda Argentina, todo Chile a la mierda e irme al Matto Grosso con ella.
Voce nao ten coraçao! Me dice, y me termina de matar. Eu vou visitar a voce, le digo. Y me hace callar, nos besamos por las calles de Curitiba las dos horas que le llevo a Djalma, que a esa altura entendió que no tenía que preguntarnos nada, ni encontrar la casa donde nos estábamos quedando.
Si hubiéramos estado perdidos de verdad en el Matto Grosso entonces nadie nos hubiera encontrado. Me dice, cuando nos bajamos. Me pide le envíe el CD del guardacostas. Pienso que es Baywatch, y luego riéndose, me explica que es la película de Whitnet Houston. ¿Voce gosta das pretas? ¿Voce tinha beijado uma preta? Y como si todas las preguntaras fueran una generalización ampliada de la anterior: ¿Cómo son las meninas de los Estados Unidos?
Vimos el amanecer juntos en Curitiba, nao fiqué para Natal, pero en la mañana siguente, cuando nos despedimos, le prometí el CD de Mariah Carey y el del guardacostas de Whitney Houston. Su abrazo de despedida fue de Matto Grosso, de piranhas, fue la conclusion de la primera frase que le entendí, voce e de Chicago? eu quero conhecer Londres!
¡Eu voy ligar para voce!, le digo al despedirnos. Voce nao fala portugues, me dice, se ríe, vuelve a mostrar sus dientes. Debería haberme quedado para navidad. Verdade, le digo, eu voy ligar. Eu vou esperar, me dice, y me empuja para que me vaya. Es la despedida, a las 6 de la mañana, con toda la familia de fondo, en Curitiba, estado de Paraná. Esa mañana, mientras amanecía en Curitiba, yo en el avión de Varig, soñé con conocer el Matto Grosso. Al mediodía estaría aterrizando en Argentina, en Buenos Aires, eu nao fique com ela para Natal en Matto Grosso.
Argentina
33 Grados de calor, y se sentían con la humedad de siempre. El terminal internacional del aeropuerto Ezeiza, especialmente construido para el mundial del 78, hace 20 años ya, cuando los militares gobernaban en la Argentina, antes de la guerra, antes de Menen, cuando Maradona era un muchachito, el terminal, sigue ahí, ahora mas viejo, insuficiente, chico, gastado. Se ve tan fuera de lugar como los uniformes de los equipos de entonces, demasiado ajustados, demasiado poco nylon en los uniformes, poco brillantes.
¡Un taxi señor! ¡Un Remís! ¿Un remís? ¿qué son los remís? Son como los taxis, pero más baratos. ¿Para qué ser taxi, entonces?, le pregunto al tipo que me ofrece el remís. ¿Lo va a querer o no?
Al final comparto un remís con un brasilero que se iba al centro. ¡Hace calor ah!, nos dice el conductor, mientras baja ventanillas y comienza a subir las maletas al auto. ¿A dónde entonces?
Yo bajé en la estación de trenes de Retiro, el otro señor necesitaba un hotel. ¿Eres chileno? le pregunto al conductor, que llevaba una franja tricolor en la visera de su auto. No, mi papá es paraguayo dice, con acento argentino. Moreno, parecía chileno. Bien le ha ido a Paraguay en las eliminatorias le digo. Si, pero yo soy argentino, añade. Entonces, mal les ha ido, le digo, apenas empataron con Chile. Lo sé, lo sé, dice. Y cambia el tema rápido, no sin antes alabar un poco al Matador Salas.
Ya en Retiro, el conductor me sugiere compre el Gráfico especial, viene dedicado al River, con una foto de Salas. Lo hago, y también compro otra revista, que promete explicar en detalles el caso Coppola. Al final nunca terminé de entender mucho, pero toda la gente hablaba al respecto, así que valió la pena. Yo concordé con el señor del tren a Tigres, que dijo que había que meterlos presos a todos. Pero che, quienes son todos, le dijo su amigo. Todos, todos esos ladrones y traficantes tienen que ir presos, insiste el señor. Y luego se da cuenta que todos los miramos, se calla, compra una bebida, helada, espera, como todos, que salga el tren. Y ahí nos vamos. Atrás queda la Torre Inglesa, la Casa Rosada, el Monumento a los caídos en Las Malvinas, es Buenos Aires, el 23 de diciembre, con 33 grados de temperatura. Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver.
Ya en el tren, saliendo del centro, pasamos por el hipódromo, por Belgrano. Bebidas heladas, vendedores ambulantes, regalos de $1 para navidad. Señoras y señores no es mi intención molestar, sólo vengo a ofrecerles, en esta ocasión, directamente desde la editorial Planeta, dos obras maravillosas de escritores importantes de América Latina. En cualquier librería usted tendría que pagar $30 dólares por estos libros. Qué caros están los libros, pienso, y miro los Ford Falcon que avanzan por las calles de Belgrano, es Buenos Aires, Gardel, Charly García, Fito Páez, Maradona, Coppolla y sus líos de drogas. Es Buenos Aires y aquí también están caros los libros.
Me equivoqué, me senté en un carro de fumadores. A lo mejor lo hice a propósito, ahí estaba entrando toda la gente joven, las mujeres fumando, los hombres fumando. En este país, me decía María Laura, hay una obsesión enfermiza por el cuerpo, un culto al cuerpo que ya ha costado la vida a varias muchachitas que se sienten muy gordas. Las clínicas de cirugía plástica florecen por doquier, aquí todo el mundo se quiere arreglar los senos, las nalgas, las narices, los labios, aquí todo el mundo se arregla todo. Me sorprendo mirando los brazos, el tronco, la cintura, las piernas y los pantaloncillos ajustados de un tipo parecido a Canniggia, que está con dos señoras conversando. El tipo se ve bien, apetecible. Me miro yo mismo, ¿seré apetecible acaso? Me mido la cintura, me toco los brazos. El tipo tiene, evidentemente, mejor físico que el mío. Este año sí que voy al gimnasio sin falta, este año sí que sí. El calor sigue. La muchacha sentada en frente también mira al tipo, luego me mira a mi, ve mi maleta, sigue mirando al tipo. Yo la miro a ella, luego al tipo, luego a dos muchachas más allá. Este es un país preocupado excesivamente por el cuerpo, me dice María Laura después, pero mientras tanto yo miro, es la ciudad y son los porteños, esclavos del fisicoculturismo, y soy yo, prometiendo que este año si que voy al gimnasio todos los días, sin falta.
Un día voy a hacer una película sobre el #60, me dice María Laura, cuando nos subimos a la micro que nos llevara a Belgrano a ver una película aún no determinada. Es todavía 23 de diciembre, el calor por la noche amaina un poco, y los árboles de San Isidro dan, a ratos, la impresión de estar en Viña del Mar. Y ahí vamos, en el #60, hablando de la película que María Laura hará un día. Aquí pasa de todo, dice. Lo más terrible es cuando la gente que va sentada amaga pararse y sólo se acomodan. Son las falsas expectativas, uno se hace la ilusión de que se sentará y nada. O peor aún, por qué es que a veces algunos se suben y enseguida encuentran asiento y otros nos tenemos que ir parados. ¿Cómo saber quién va a ser la próxima persona que va a bajar? Aquí he vivido momentos importantes, dice, es el número #60, aquí estudio para exámenes, aquí escribo cartas, aquí vivo los inviernos, aquí he conocido gente, es el colectivo #60 y nosotros estamos llegando a Belgrano.
Si las cosas en Brasil estaban caras, Argentina no es excepción. Los mismos precios, y claro, lo que me temía, la música brasileña que suena ya en las tiendas de discos. Al final la película que queríamos ver fue cancelada, terminamos viendo una de Robert deNiro y Wesley Snipes sobre un fanático del béisbol. Nada más yanqui, me dice ella después, y tiene razón, hasta Star Sppangled Banner tuvimos en la película, y claro, yo, por aburrimiento o por joder, me puse a tararear la canción nacional gringa.
La noche bonaerense es la víspera de la noche buena, la gente compra y camina por las calles hasta tarde, nosotros también. Está fresco, es lindo caminar por las calles de Belgrano, y sentarse en la plaza, hay algunas semicolinas, recuerdo a Chicago y su uniformidad enfermante. El culto al cuerpo de nuevo. Es mi primera noche en Buenos Aires, el colectivo #60 de nuevo, San Isidro.
Veinticuatro de diciembre, navidad, navidad, a esconder la realidad (Eduardo Peralta). Salgo a caminar a San Isidro, la gente linda, los cafés. Esta vez ni me dieron ganas de llegar al Obelisco, a la calle Corrientes o la Boca. Me quedé allá, en lo que sería el Barrio Alto de Buenos Aires. Quería encontrar música de la de antes, Charly, Baglieto, Virus, Sui Generis, Victor Heredia. Y me puse a buscar. Encontre, y encontré harto. Feliz caminaba yo con mi tesoro de la música de comienzos de los 80, sabiéndome la envidia de mis amigos de Chicago a quienes haría alarde de esa mañana en Buenos Aires, comprando compact discs de música de antes, la que escuchábamos en programas de radio semiclandestinos cuando la dictadura arreciaba en Chile, cuando Argentina sufría la humillación de las Malvinas, cuando los desaparecidos hacían que muchos olvidaran la navidad.
La Argentina de hoy es otro, es una de culto al cuerpo, de conformismo menemista. Aquí todos hablan de si Palito Ortega, de si alguien más. El general Perón bien muerto, sigue causando la controversia de siempre. Perón o Menen, era el título de un best seller del momento, y claro, Evita, la eterna, con sus defensores y detractores, todos esperando la película. Un señor que cantaba samba de mis esperanza esperando el tren a Tigres, pedía dinero y cantaba, era el calor del día de nochebuena en Buenos Aires, 14 años después de la guerra, 13 años después del advenimiento de la democracia.
Me da una coca cola por favor, le dije al señor de la Fuente de Soda. Cocacola no teneeeemos, dice, ¿podría ser Pepsi? Si, claro, es lo mismo. ¡Qué bueno che!, hay gente que no le gusta la Pepsi, ¡qué calor eh!. Gracias, gracias. Y al rato, ¿cuánto es?, es un peso che. Aquí tiene, gracias. No, gracias a vos por venir che, que estés bien. Y sorprendido salí de la fuente de soda, ¿cómo tan amables los argentinos? Y si, la verdad es que no me encontré ningún argentino que no fuera amable. Es asunto del acento, le intentaba explicar a María Laura, que había sentido el anti-argentinismo en Mexico. Es la forma como hablan ustedes, eso y nada más. Yo sé que ustedes son buena gente, pero van a necesitar una campaña millonaria para mejorar su imagen a nivel latinoamericano. Difícil tarea. En serio, mira, ustedes son los menos beligerantes del continente, con su banderita blanca y celeste, nada de sangre, nada de violencia en su bandera, sus hombres que se besan en el rostro, nada del machismo enfermizo de otras partes. Pero en fin, yo intentaré hacerles publicidad, pero no creo que logre mucho.
Es que en Chile, decía José Luis, hermano de María Laura, pasa lo mismo que aquí. Les enseñan a los niños a odiar a los argentinos. La historia la han escrito allá y acá para hacer ver a los vecinos como los malos. Si lo que pasó es que argentinos y chilenos mataron indígenas por igual en el sur, en la patagonia, en Tierra del Fuego. Aquí nos enseñan, seguía, que Chile tiene objetivos expansionistas, que quieren salir al Atlántico, por eso lo de las islas, el Beagle y la Laguna del Desierto y ahora los Campos de Hielo Sur.
Para, para, le digo, mientras comemos la cena de navidad. Lo de Laguna del Desierto es otra cosa, ahí podríamos empezar a discutir sobre la soberanía. ¡eh, bueno!, dice José Luis, no nos vamos a poner a discutir aquí.
Tienes razón, argumento, yo creo que más vale solucionar todos los problemas limítrofes de una vez y comenzar a incrementar el intercambio comercial, hay que dejar de una vez por todas esos resentimientos. A ustedes les enseñan que los chilenos tienen intenciones expansionistas y nosotros aprendemos que ustedes nos robaron la patagonia, es la misma historia. Y sí somos países hermanos, los acentos chileno, argentino y uruguayo se parecen más entre ellos que a ningún otro. El "cantás" de ustedes es "cantai’ para nosotros, diferencias mínimas. Los nombres de las frutas y verduras son comunes, vaya la historia es común. Y así, con aires de buena voluntad seguimos la cena, hablando de los enemigos comunes, las dictaduras, la militarización, la falta de respeto por los derechos humanos, la falta de solidaridad.
En Chile nos trataron muy bien, dice José Luis, ¡muy lindo todo eh! Me impresionó el exceso de militarización, en todas las ciudades. Me impresionó también la claramente establecida jerarquía, lo servil que se comportan muchos cuando uno llega a pedir algo. Aquí en Argentina todos dicen vos, allá la gente dice si señor, no señor, casi como en el ejército. Unos amigos nos dijeron que en Chile uno no debe tratar de igual a igual a la servidumbre, porque no corresponde, porque ellos deben conocer su lugar. ¡Qué increíble! Bueeeno.
Pero lo más increíble fue algo que nos pasó en el sur, dice José Luis, narrando su viaje a Chile a comienzos del 1996. En un hotel del sur entramos a pedir alojamiento y mientras llenábamos la forma, un señor, que parecía ser el dueño, se acercó y comenzó a preguntarnos si éramos de Argentina y si andábamos mirando que queríamos quitarle a Chile ahora. Le contesté que bueno, que había habido un arbitraje, que éramos países hermanos, que no nos íbamos a poner a pelear allí por Laguna del Desierto o por los Campos de Hielo Sur. Arbitraje, arbitraje, dijo el chileno, dueño del hotel, si los jueces colombianos y venezolanos se los compra con cualquier cosa, arbitraje, qué arbitraje, si eso es territorio chileno. Cuando le dijimos si prefería que nos fuéramos, el señor se alejó sin contestar. A la mañana siguente, sin hacer mención del asunto, nos indicó por dónde deberíamos seguir viaje. Pero eso fue lo único eh, lo demás todo muy bien, la gente muy linda, todo muy lindo. Ojalá que hagan el túnel, para así poder ir más y llegar antes, ojalá que se pavimenten más pasos y se hagan más túneles, mirá que el futuro de Argentina y Chile pasa, necesariamente, por una mayor integración.
Esa es la casa de presidente, me dijo María Laura, cuando tomamos el tren de La Costa. Mira la luna le dije, que se alzaba llena sobre el Río de La Plata, era el 26 de diciembre, mis últimas horas en Buenos Aires. La huelga lo había parado casi todo, la locomoción funcionaba poco, Menen que habló contra el movimiento, el escándalo Coppolla que lo llenaba todo y claro, Domingo Cavallo, que con sus declaraciones sobre corrupcion hacía temblar la institucionalidad vigente. Este es un país de corruptos, dijo el señor del tren el primer día, habría que meterlos presos a todos. ¿y quiénes son todos? le dijo su amigo. Recordé al señor mientras miraba la luna blanca, sobre el Río de la Plata, y me puse a tararear Volver, con la frente marchita, hablamos del tango y de Gardel y terminamos comiendo algo en una de las estaciones del Tren de la Costa.
A las cuatro de la mañana llegó el Remís, María Laura y su mamá se levantaron a despedirme, yo poco antes había guardado mi cuaderno de notas, había tomado una ducha, la última ducha de Buenos Aires, sentí el agua tibia, abrí la ventana y disfruté del frío porteño, mi última mañana, el último viernes de 1996.
¿Sos chileno vos? comenzó el taxista, que el Matador Salas, una lástima que se vaya a ir, que de seguro se va, porque aquí lo único que quieren es hacer dinero, sino mirá Coppolla, o el mismo Menen, que bien lo dijo Cavallo, es un mafioso que se han quedado con todo, y ahora que llegaron los productos chinos. Yo trabajé en EverReady, eran pilas, ¿las conoces?
Cómo no me voy a acordar, le digo, y canto para mi mismo (Whitman) Una pila de vida es la música y el sol, una pila de vida EverReady en acción, donde quiera que vayas EverReady estará y viviendo a tu lado te dará libertad, con EverReady con EverReady tiene más potencia y más duración. Era 1978, el mundial de fútbol, los años de Kempes, de Videla, de la guerra del Beagle que nunca fue, del 6x0 a Perú, de los partidos de fútbol del mundial por televisión nacional, con el Sapo Livingstone y Pedro Carcuro, y claro, las propagandas de Odontine (sabe espumosa y fresquita, de noche y de mañanita) y EverReady. Aquí no ha cambiado nada, salvo los comerciales, por culpa de los chinos.
Treinta años en EverReady, el señor del Remís, y todo para que ahora los Chinos, Menen, Nafta y Mercosur se lo lleven todo. 30 años, y ahora mi hija se casa, y de dónde querés que saque dinero para todo. ¿Y vos que pensás de Mercosur?
Y yo, sin mucho que dormir, me acordé de Gary Becker en la Universidad de Chicago hablando de la ineficiencia de los impuestos de importación, debía hacer frío en Chicago a esa hora, la 1 de la mañana (¿por qué tanto sueño si yo me acuesto a la 1? ¿qué estará haciendo Eva ahora?), María Laura me prestó un cassette con la música de Tango Feroz, quedamos de juntarnos pronto, en Chicago, New York, Argentina o Chile. Los papás de María Laura se portaron super bien. El señor llegó de Italia hace 45 años, 40 años se ha pasado en su fábrica de helados, para qué, dice, con su castellano con acento italiano y el vino que él mismo hace, ¿para qué?, para tener esta casa y esa piscina que nadie usa. ¡Bueeeno!, dice Jose Luis, abogado, si la usamos, cuando se puede.
Que ¿qué pienso de Mercosur?, repito el ¡bueeno!, apreto firme mi pesado bolso rojo, hace frío, estoy cansado, tengo sueño y ansiedad a la vez. Se acerca Chile, mi país, apreto mi pote con dulce de leche que me regaló el papá de María Laura, te regalaría helado, me dijo, pero se derrite. No, no, si helados ya comí por montones. Ustedes me han tratado mucho mejor de lo que me merezco. Se pasaron, le digo a la señora, la abrazo, salgo de su casa, de San Isidro, de Buenos Aires. Yo no sé cómo pueden hablar mal de los argentinos si son la gente más cariñosa que he conocido. Bueeeno, no sé si los más cariñosos, pero sin duda los que más me sorprendieron, por su reputación de petulantes, pesados, y su realidad de gente cariñosa, amable, conversadora, abierta, sincera.
Es difícil, Mercosur tiene cosas buenas y claro, otras malas. Intento ser general, sin comprometerme con nada, no quiero pelear, quiero disfrutar los últimos minutos en Buenos Aires. El taxista del Remís, el remiscista, no se preocupa de mi falta de compromiso para adoptar posiciones, sigue en su discurso sobre EverReady, los chinos, Menen, Brasil, el matador Salas, las calles malas (yo no pongo luces cuando manejo, porque molesta a los otros conductores, es mejor ir así con luces de estacionamiento, te ven y eso basta). Y sabés que uno tiene su estilo de vida, su familia, y no puede dejar de hacer ciertas cosas. Yo, por ejemplo, tengo un departamento en Mar del Plata, y sabés lo que cuesta mantenerlo, la luz, el gas, el teléfono, y todo para qué, para unas vacaciones al año. ¿Vos crees que se acaben los aguinaldos aquí? Ahora que me hija se casa, ojalá cuando tengan chicos ellos vayan a Mar del Plata por más tiempo, es lindo tener nietos eh!, ¿vos conoces Mar del Plata?
No pero me gustaría ir.
Ya llegamos dice, y el aeropuerto que duerme, pocas luces encendidas, un señor me ayuda, contra mi voluntad, con mi maleta. Me despido del señor, buen viaje, buen año, que esté bien, que disfrute el casamiento. Y vos que disfrutes Chile, tomá una tarjeta, por si venís de nuevo a Buenos Aires. Me llamás y ya, yo te vengo a buscar al aeropuerto. Gracias, gracias.
Es Buenos Aires, el aeropuerto Ezeiza, terminal internacional, construida para el 78, para la guerra, para el mundial. Un café, chequeo pasaporte y pasajes, me siento en la terminal, comienza a amanecer en Buenos Aires. Es Chile que se acerca, termina la aventura, ahora viene el país. Me duermo igual, me despierta la voz de la azafata invitando a abordar, es el acento chileno, se acabó el viaje por Brasil, Argentina, Uruguay y la aventura por Estados Unidos, de regreso a casa.
Uruguay
Si te encuentras un tipo con acento argentino que sea simpático de seguro que es uruguayo, me había dicho Roberto, un argentino, en Chicago, un par de años atrás. Lo cierto es que los argentinos siempre me han tratado bien y las veces que he estado en Buenos Aires he vivido momentos muy lindos. Pero de que los uruguayos son buena gente, no cabe duda, no cabe duda alguna.
25 de diciembre, por la mañana, abordamos el buquebus a Colonia, Uruguay. Temprano. Buenos Aires fue quedando atrás, y yo era Gardel parado junto a la ventana del buquebus, mirando a la ciudad alejarse. No serían veinte años, por la tarde estaríamos de regreso, así que la nostalgia no cabía. Duty Free, algo de café o cocacola, dormir un poco tal vez, y en menos de una hora, todos estábamos llegando a Colonia, Uruguay.
Bienvenidos al país de la joda, decía una muralla pintada con spray negro. Bienvenidos al país de la joda. A la ciudad de las motos, en todo caso, pensé, y empezamos a caminar hacia el centro histórico de la ciudad de Colonia, cuando todos dormían y sólo unos niños atrevidos y madrugadores salían a probar sus regalos navideños. Aquí mucha gente regala para reyes, me explica María Laura, cuando decidimos sentarnos en una linda plaza que encontramos en el camino.
¿Quieren que les tome una foto? se acerca a preguntarnos un señor que acaba de alimentar palomas en la plaza. Agradecemos y posamos. Mi nombre es Garibaldi, dice, de dónde son ustedes. De Chile, me apuro a decir, y María Laura aclara que ella es bonaerense. El señor la ignora por completo. Si, Chile, yo estuve una vez en Chile y tengo amigos chilenos, que lindo país eh! Cruzamos algunas palabras, nos despedimos del señor Garibaldi, de su plaza y sus palomas, una iglesia católica al fondo, una tienda de abarrotes en la esquina, por el otro lado una Iglesia Adventista del Septimo Día anunciando un ciclo de conferencias sobre la biblia. Los uruguayos no nos quieren, se lamenta María Laura. I wonder why, le digo en broma y seguimos caminando al centro histórico, debatiendo si rentamos moto o seguimos a pie.
Colonía tiene algunas ruinas coloniales importantes, algún faro por allí, el Río de La Plata, algunos señores que nadan tranquilos en la playa, la ciudad descansa, algunos tienen las puertas de sus casas abiertas y mientras avanzamos logramos espiar, casi sin querer, los patios interiores de las casas de una ciudad que vive lento, sin apuro, en motos, todos los días de la vida.
Tengan cuidado con sus cámaras chicos, nos dice un señor que sale del agua y toma el sol en las rocas. ¿De dónde son? Chile, digo, Buenos Aires, dice María Laura. Chile, si claro, ¡qué lindo es Chile, eh! Y mirando a María Laura añade, ojalá no construyan nunca el puente. Ante el estupor de María Laura, recuerdo lo que me comentó de la idea de Menen de hacer un puente entre Buenos Aires y Colonia, para unir Argentina y Uruguay en la boca del río de la Plata. Ojala no salga nunca el puente, dice el señor, mientras se aleja añorando sus días en Chile. ¡Lindo Chile, eh!
Raro este señor Garibaldi, le digo a María Laura, que todavía no se repone del poco afecto que ha sentido en Colonia. Qué injusto ché, si los argentinos somos buenas gente, reclama. Hace calor, es 25 de diciembre, en Colonia, Uruguay.
Al mediodía encontramos, frente a la iglesia construída en el siglo XVIII por los portugueses, un restaurant donde ofrecen paella valenciana. Son españoles, de seguro de la guerra civil que se quedaron, le cuento a María Laura, y le hablo de La Frontera, de Neruda y el Winnepeg. Esperamos la paella, bajo el calor de un día tranquilo en una ciudad eternamente tranquila, claro, hasta que construyan el puente.
Es más, por la música son del sur de España, a lo mejor de Gribaltar, o a lo mejor incluso vivieron en Marruecos, le digo, y seguimos conjeturando y adivinando las nacionalidades de los otros turistas, en particular de los argentinos que hablan francés, deben ser de Montreal, yo estuve en Montreal, le digo, y deben ser todos, menos uno, argentinos que radican allá. Lindo comer paella frente a la iglesia de Colonia, Uruguay, con 33 C de temperatura, tomamos aguas y bebidas por doquier y luego nos fuimos a sentar a un parque, es navidad en Colonia y todo el mundo duerme la siesta, nosotros nos aprestamos a regresar, caminando al buquebus, despidiéndonos del país de la joda, llenos de paella, durmiendo el camino de regreso hasta llegar a un Buenos Aires todavía más caluroso, quemados, las familias haciendo picnics en los parques y nosotros, comentando las fotos que tiene que haber tomado Garibaldi, ¿será nombre o apellido? en Colonia, le deberíamos haber pedido la dirección para mandarle una copia, le digo a María Laura. Ella asiente, hace calor, y, por fin, llegamos, como Gardel, en barco a Buenos Aires.
Chile
1.- La Llegada
Cansado, me senté en el avión, sabía que dormiría, pero de verdad me sorprendí cuando la azafata me despertó para que ajustara mi asiento, íbamos a aterrizar en Santiago. Llegar con el bagaje de Chicago es difícil, conciliar las calles de nieve, pandillas y taquerías de la ciudad es complicado, invita al silencio y reflexión, sumarle a eso los días en Brasil, Argentina y Uruguay, obliga al silencio. Vuelvo a mi país, no me pregunten dónde anduve, déjenme absorver lo chileno, llenarme de Chile, son ustedes los que me tienen que dar, no yo a ustedes.
Poca nieve en las montañas, poca agua en los ríos, eso iba a ser la tónica. Viernes, 27 de diciembre, poco antes de que dieran las 8 am. Santiago comenzaba a movilizarse y el calor a hacer estragos, la sequía gobernaba a un país en la modorra habitual entre pascua y año nuevo (¿pascua?, ¿te quedas hasta después de pascua? me dijeron en Argentina, ¿y qué vas a hacer desde ahora a abril?). La pascua chilena, el 25 de diciembre, la perdí por dos días, pero al menos lograría rescatar a los niños todavía jugando con sus regalos nuevos.
Inevitable sería que comparara todo lo que iba a ver en Chile con lo que recién había visto en Argentina, Uruguay y Brasil. La visión de Chile este año sería, necesariamente, mediatada por lo que ya había visto en los otros países. Ahora no mediría Chile contra lo que se dice de Chile o contra los Estados Unidos. Ahora Chile entraba a ser comparado con sus socios de Mercosur. Por eso me pareció el aeropuerto mas limpio, mas organizado, la gente mas profesional, las maletas salieron más rápido, los agentes de policía internacional más toscos, menos comunicativos, pero más ágiles, todo era más rápido, ¿anda apurado este país acaso?
Sólo veinte minutos después del aterrizaje, ya estaba con maletas en mano poniéndolas en las huincha para los rayos X, ya no hay botoncito, hay huincha y las cosas que parezcan sospechosas ameritan entonces revisión. Y luego a la calle. ¿taxi señor? ¿taxi amigo? ¿taxi joven? Y yo meditando si ser amigo o señor o joven, entre gente que empieza a trabajar por la mañana, entre amigos y parientes esperando a los suyos, me puse a buscar a los míos. Nada nuevo, no había llegado nadie todavía, ya vendrían, ya vendrían.
Por fin teléfonos que funcionan bien, pensé. En Brasil hay gente que habla con teléfonos celulares desde la casa porque los otros, los regulares son francamente malos, en Argentina había algún tipo de problemas con los teléfonos y a menudo Movicom, los celulares, eran también la solución. Además de que me costó mucho encontrar tarjetas de llamados para teléfonos públicos en Argentina y no funcionaban para llamadas internacionales.
Las tarjetitas de CTC-Mundo se convertirían en mis compañeras infaltables de las aventuras y encuentros de los días a venir. La primera fue un niñito diciéndole algo en el oído a otro. Ya cuando nadie llegaba y el taxista me decía que de seguro se habían ido de farra la noche anterior y todavía estaban durmiendo, que mejor me llevaba él, decidí llamar para preguntar que pasaba.
Las Vacaciones y el Verano
Es que es período de vacaciones, me explicaba el taxista, mientras me trataba de convencer. Y qué tiene que ver eso. Las vacaciones son para los que están en la escuela, no para la gente que trabaja, y presumiblemente tampoco para los estudiantes de educación superior que durante el verano deberían estar trabajando para reunir algo de dinero. Pero no, eso no es tan común en Chile todavía, la gente, o mucha gente allí al menos, se pasa los tres meses de vacaciones efectivamente de vacaciones, los estudiantes universitarios en general no conciben el concepto de trabajar en el verano. "Me saqué la mugre por nueve meses", me dijo uno, "me merezco ahora tres meses de vacaciones". Irónicamente vi a más estudiantes del liceo intentando encontrar trabajo que universitarios, a lo mejor eso ya evidencia un cambio. La productividad, la productividad. Allá en Estados Unidos nadie se toma tres meses de vacaciones. Ah es que tú ya soi gringo, me dijeron. Y ustedes quieren serlo, repliqué, así que hay que irse poniendo las pilas. El nivel de productividad gringo pasa por el pago por hora, por los altos índices de productividad y por la dinámica del trabajo.
Y así considerando los tres meses de vacaciones me senté a esperar. Al cabo de unos veinte minutos llegó mi hermano, el Nano, que había volado a Santiago unas semanas antes. Luego llegaron Ester y Erika. Pero eso, claro, es otra historia, y otra historia será.
Santiago, el Mapocho, la Sequía
Ya nos fuimos entonces. revisaba con cuidado, sorpresa y detenimiento de nuevo los billetes chilenos, el verde, de 1,000 pesos, el naranjo de 5,000, con Gabriela Mistral, el celeste, con Prat, de $10,000. Ya estaba en Chile. Y era verano, calor, Santiago y sus problemas de congestión. Ester, originaria de Santiago, pero con tantos años en Temuco, ya casi se había olvidado de cómo llegar a la entrada de Santiago. Y es que la salida sur ha cambiado mucho. En 20 años sigue estando la misma barda que divide a los que van a Poniente de los que van a Oriente, y al norte de la carretera, las canchas de fútbol al entrar a Pudahuel, o Cerro Navia, o como quiera que se llame esa comuna ahora. El grafiti en la pared se confunde. Los más viejos, los grafitis históricos son políticos, ¡que se vaya!, Lagos, Aylwin, Novoa, Frei, Errazuriz. Los otros, los nuevos, los modernos, son abiertamente pandilleros, símbolos indescifrables, algo por ahí de Los de Abajo y La Garra Blanca. Es otro el país de ahora, las micros son amarillas, al costado sur hay fábricas, bodegas y clubes especiales, algunos sembradíos, pero pocos, y Santiago que nos recibe con problemas de tráfico, calor, smog, letreros en inglés y modorra de días entre pascua y año nuevo.
Después de argumentar un poco decidimos irnos a Providencia a comer algo, y allí llegamos, a estacionarnos y dejar encargado al señor que se dedica a poner fichas en los parquímetros, gran ejemplo de subempleo, y nosotros, a las 10:30 de la mañana, a una pizzeria a comer algo. Bebidas de lata o máquina, dice la señorita, y yo pregunto por la diferencia real entre ambas. Erika me mira con cara de qué le pasa a este, pero claro, eso es otra historia, y cómo tal merece otro foro.
Barros Luco o Barros Jarpa, cuál es la diferencia, al final siempre me confundo. Pero me queda claro de nuevo el subempleo, mucha más gente de la que se necesita en la pizzería, y todo por lo barato que es la mano de obra en un país donde todos los precios, salvo los que requieren de mano de obra sin entrenamiento son tan comparables a los que existen en Estados Unidos. A Chile nadie viene a ahorrar plata.
El Pato Mason me llevó a cruzar el Mapocho, ahí justo después de que se junta con el canal San Carlos. El edificio del World Trade Center, dice el Pato en forma irónica, tiene la vista mas privilegiada al río mas sucio del país. Y como hay sequía ahora sólo baja mierda.
Y por la tarde, cuando el sol arreciaba mas fuerte, el metro de nuevo, con ventanas abiertas, pero sin aire acondicionado. La gente sin mirar a nadie, sudando, mirando afuera, a los túneles, a la oscuridad. La verguenza de los que en Chile tienen que trabajar entre Pascua y Año Nuevo, en direccion Oriente, a Las Condes, y más arriba. El Metro siempre limpio, siempre eficiente, el metro, bajo la tierra nacional, raíz de la eficiencia que lograremos todos algún día, me imaginé un lema tipo UDI, me tragué el calor, encontré asiento y me puse a leer el periódico. Chile en verano va tan rápido y hace tanta calor que ni ganas de leer el periódico dan, de echo ese fue la única vez que leí el periódico. Ansío volver a Chicago, le dije un día a Christián por teléfono, para volver a leer La Epoca todos los días.
Y ya en Metroestación Escuela Militar, con la misma calor de siempre, el mismo señor a la salida con sus cajitas de plátanos vendiendo sus chilenitos de Curacaví, la gente abordando buses y los taxistas ofreciendo servicios, abordé uno. Le di la dirección y me dijo, pero eso es como a un kilómetro no más, y qué ¿quiere que camine le dije? ¿no es taxi acaso?. No, yo no lo llevo. No me lleve, le dije y cuando me disponía a bajar, el tipo partió. Ahora si que me metí en un lío, pensé. Ya por Apoquindo hacia arriba me dije, pero le voy a cobrar $500. Está bien, le dije, pero me parece que si usted no quiere hacer los viajes que le piden entonces ponga un letrerito que diga "para viajes largos no más". Ya bájese aquí, dijo a dos cuadras de la esquina indicada. Hasta aquí no más llego. La temperatura ambiental debía haber estado por los 30 C. Entendí al tipo, me imaginé sus cuentas, añadidas las de navidad, el costo de la gasolina, las ganas de hacer viajes largos para juntar algo de plata, el calor, el tráfico de Santiago. Le pasé $2000, que es más o menos lo cuesta ese trayecto en Chicago, le dije que se quedara con el vuelto, Feliz Año le dije. El señor no supo como reaccionar, pero se fue rápido, yo caminé las dos cuadras bajo el calor pensando en los dos Chiles, el de los que viven en Las Condes, Providencia y más arriba y el de los otros, el del sector poniente de Santiago, el del sector sur, norte, el de Provincia, el Chile de este taxista que trabaja 16 horas diarias, 6 o siete días a la semana, y compite con miles de otros taxistas para parar la olla en un país de primer mundo en lo que se refiere a tecnología y precios y de tercer mundo todavía en lo que se refiere a sueldos.
La Gitana
Te veo la suerte. Caballero, una monedita para la guagua aquí. Caballero, oye caballero.
Oye, si ese cabrito es guagua entonces yo también soy gitano y te hablo en síngaro. Ese cabrito está más grande que yo, le digo y voy a seguir caminando.
¿Eres turista? Tú no eres chileno, ¿quieres que te vea la suerte esta gitana? Claro que soy chileno, digo, riéndome, y el Coco me mira con cara de ¡te reconocieron el acento gil!
Nos vamos rápido, hace calor en Santiago, es el último día. Claro que soy chileno. Pilla la gitana. Me debería dejar ver la suerte, si total.
Al rato, ya sentados, al final del parque forestal, discutimos la arquitectura de teléfono celular del edificio de CTC-Mundo. Y llegan las gitanas de nuevo. Pues, me das una moneda, dice, y se viene a sentar junto a mi. Parece rumana, los ojos de rumana, la tez clara, ojos verdes, preciosos, le dice algo en síngaro a su amiga. ¿De dónde eres? vuelve a preguntar. La amiga se sienta al lado del Coco, le pide la mano. Yo, sin hablar, le insisto al Coco que siga el juego, es sábado de tarde, el último día en Chile.
¿De dónde eres entonces? insiste. Dame algo para el bebé. No digo nada y le paso un poco de plata. Ya no quieres hablar para que yo no descubra tu acento, me dice. Somos de Conce, le digo. El si, pero tu no. Habla, habla.
¿Hablas síngaro? Enseñame algo en síngaro. De dónde eres, ¿exiliado? No, no, por qué. Por tu acento. Tienes acento de exiliado. ¿Ah si? ¿Y cómo es el acento del exiliado? Es como de chileno, pero raro.
No, no soy exiliado. Pero si vivo en Chicago.
Yo conozco Chicago.
Y yo sé síngaro.
Dame algo para el niño, dame dólares. Lo que más me gusta de Chicago es la leche, esa que venden en galones, la de tapa roja.
No, yo tomo la de tapa azul, le digo, tiene menos grasa.
A mi me gustaba la de tapa roja, porque es más saludable, para la guagua.
Dale con que es guagua, si ese cabrito está más grande que yo.
¿Y tu vives allá hace mucho?
Cómo se dice gitano en inglés, pregunta. Gipsy, como los gipsy kings.
Y tu te ves la suerte en Chicago. Yo también conozco Los Angeles, Oregon y Miami. Vamos todos los años, pero cuando allá es verano, y aquí invierno. ¿Tu tienes green card? Yo quiero que un hijo mío nazca allá, a lo mejor nos vamos a vivir allá un día.
¿Y viven en carpas allá?
No allá no se puede, mi esposo tiene un hermano allá. ¿Hablas inglés entonces? ¿Y tú te ves la suerte allá?
El Coco está impaciente, se está peleando con la gitana porque no quiere pasarle más de $500 pesos, la gitana le pide $5000, sólo para verle la suerte, le muestra una cruz y el Coco ya está que se para y me deja solo.
Y no que eras ateo, le mo pudo, de otro más arrogante que no ayudó a nadie, veo letreros de Parmalat, garotas en las esquinas, a las 11 de la noche y pienso que sería bonito tener un cartao de credito de Ayrton Senna.
Es Brasil, es Sao Paulo, de noche, allá al fondo divisamos la avenida paulista, pero antes pasamos por esquinas con tiendas y restaurantes, una semana antes de Natal, cuando el calor arreciaba, los posters de Ronaldinho llenaban todos los kioskos de revistas (se casa Ronaldinho este verano). Hace calor, ¿ah?, digo, y nadie responde, es la ciudad que nos anonada, que nos sume en su universo de luces, de prositutas, muchachitas en las esquinas, de bares, de micros amarillas grandes, con gente de pie, apretándose todos. Los centros comerciales más abajo, Djalma que se cree Ayrton Senna y que casi nos mata cuatro veces en el trayecto, es la noche de Sao Paulo, cuatro horas adelante en el tiempo. Imagino Chicago, con su frío y su nieve, son sólo las 7 pm en Chicago, y 40 grados más frío. Y yo salgo a la conquista emocional de Sao Paulo.
Despiértate, me dice el Peter, mi hermano. Van a ser las 2 pm. Y yo que me quedé despierto casi hasta al amanecer, escuchando los ruidos de la ciudad infinita, los olores de la ciudad putrefacta e incólume a la vez, me levanto rápido. Hay que irse a conocer la ciudad, digo, apresurado, hay que conocer. Y sin pensarlo mucho me encuentro en la ducha, con su mecanismo eléctrico para calentar el agua, hace calor, son las dos de la tarde y es evidentemente Latinoamérica, el baño es grande, tiene bidé, el edificio es grande, hay una ventana y logro ver ropa colgada en huinchas metálicas. Es América Latina una vez más.
Todos en Sao Paulo visten jeans, los niños negros y blancos, mulatos, juegan juntos y revueltos, después de un par de cuadras, de tiendas y bancos, llegamos a una avenida principal, a tomar el bus. El chofer y el cobrador, la gente sentada, armada de paciencia para la ciudad de peor tráfico de América Latina. Sólo tres líneas del metro, que apenas cubren el centro y un poco más, lo demás es territorio de esas micros enormes, y de los millones de paulistas que llenan las calles con sus jeans y sus poleras, todo el mundo usa jeans y poleras en este país, pienso.
¿Qué tuvo Brasil que Estados Unidos no logró en materia de armonía racial? Al final no logré contestar esa pregunta, pero no dejó de fascinarme en cada esquina, en cada pareja interracial que ví en las calles. En Brasil toda la gente es linda, aún los pobres, y los hay muchos, en las esquinas sonríen. Aquí hay zonas bien peligrosas, me dicen, que es mejor ni siquiera conocer, hay mucha pobreza y ahora con la estabilidad ecónomica también los precios se hicieron inaccesibles para muchos. Las tiendas del centro repletas de gente, se acerca Natal y papá Noel, y llegamos, así, a tomarnos una Brahma Guaraná a la plaza principal. Y es que si no fuera por la avenida Paulista, donde están los bancos, esa ciudad no tiene un centro real. Todo y nada es el centro en esa ciudad que creció en forma desordenada. El arriendo del departamento cuesta 2000 reales, nos dice Santana, y me doy cuenta de que realmente estamos hablando de precios prohibitivos para muchos. Una camisa que me gustó en un centro comercial decía: 3x20, luego me explicaron, tres cuotas de $20. El CD de Skank que me compré me costó $25 dólares. Más me hubiera valido comprarlo en Chile, después.
Ese es un país de hombres y mujeres fascinados por el sexo. Nada nuevo, dirán muchos, es cierto. Digamos que ese es un país donde la gente no se urge porque pongan culos y nalgas de hombres y mujeres en la tele, en los periódicos, en los letreros camineros, en todas las esquinas, a cada rato. Brasil, el país donde los culos reinan.
Calor, calor, caminar y caminar. Entramos a Habib’s, una cadena de comida rápida, árabe y pizza. Arabe y pizza, vaya combinación, pienso, y pido la combinación número tres. No entiendo, no entiendo, no entiendo nada. Balbuceo algo, me preguntan si quiero algo, digo que si, que cual de las cosas, no entiendo. Y luego la gran palabra: "oranyi", dice la muchacha y yo digo si, oranyi, y la muchacha le dice a su compañera de trabajo que si habla inglés, que ella también habla inglés, y yo feliz me voy a tomar mi jugo de oranyi con mi pizza, en un restaurant árabe de comida rápida, es Brasil. Arriba, escuchamos a la distancia a un grupo que pudiera ser de bolivianos o ecuatorianos cantando música andina, Sao Paulo, capital de Antártica, la cerveza, Brasil, capital de sudámerica, portugués, portuñol a veces, si se quiere, tan brasileño.
Dejaré mi ya tediosa canto de admiración por los brasileños, pienso mientras tomo notas en la carretera donde estamos completamente detenidos saliendo de Sao Paulo, camino a Curitiba, con Djalma de nuevo, y miles de más que quién sabe para donde van. Pasamos por fuera del estadio de Morumbí. Si este país se merece no sólo las cuatro copas mundiales que tienen, se merecen todas las que faltan todavía, y de seguro ganarán algunos, y yo, feliz entonces, me acordaré de Djalma, de Santana, de la muchacha de Habib y su ‘oranyi’, de Gislayne, que era del Matto Grosso.
Seis horas por la carretera, verde, verde de nuevo, en dirección al sur, Curitiba, al estado de Paraná. Paramos a comer, carne y más carne. Este país está lleno de ciudades grandes, pienso, mientras reviso el mapa. Una semana en Brasil es pretender demasiado, aquí hay que volver, pienso, hay que volver pronto. La noche anterior, en un centro comercial, me enamoré de las piedras de Minas Gerais, y antes había sido del Amazonas, desde la altura, también está Recife en el norte, Manaos, Salvador, Bahía. Este país es más grande que todo el resto de América del Sur junto, y yo que sólo tengo una semana para Brasil. Dormí casi todo el viaje, y menos mal, porque los asesinos al volante se fueron todos a Brasil, y si Ayrton Senna se mató en un accidente, entonces él si es representativo de los brasileños, que se deben matar por cientos en esas carreteras.
Fernando Henrique Cardoso aparece en la tele poco, el presidente quiere reelegirse, y para eso ha hecho concesiones importantes a ciertos estados, para que los legisladores voten por la re-elección. El país tiene una economía estable, y si ese país se empieza a mover y la economía despierta, entonces será al Mercosur como Estados Unidos es a Nafta, una fuerza hegemónica que se terminará de comer a Argentina, Paraguay, Uruguay y Chile juntos. El tango puede tener clase y buen gusto, la cueca es linda si se quiere, pero lejos la samba les gana a todos, y en el fútbol ni hablar. Incorporados a Mercosur, Chile, que sería cómo el cuarto o quinto estado en tamaño en Brasil, al menos lograría ser campeón del mundo en fútbol, en el gran equipo verdeamarillo de Mercosur, todos hablando portuñol, y soñando, como yo, con el Matto Grosso.
Ricky Martin y Enrique Iglesias, por otro lado, son la respuesta castellana a la hegemonía musical brasileña de Skank , Daniela Mercury, Legiao Urbana, la Samba y el rap en portugués. Un, dos, tres, un pasito bailante María, canta, según los brasileños, Ricky Martín. Un pasito bailante en vez de "un pasito pa’lante", pero no importa, ahí estáa Ricky, con su música bailante, en Sao Paulo, en Curitiba, en las telenovelas brasileiras.
El fin de semana sería en Curitiba, y eso es historia aparte. El lunes, de madrugada, sería el vuelo en Varig de Curitiba a Sao Paulo, allí unos minutos, sólo unos minutos, y corriendo para el avión de Aerolíneas Argentinas, que ya se iba, me despido de Sao Paulo, de Brasil, de su tráfico, de sus cartaos de Ayrton Senna, algún día les ganaremos en el mundial, pienso, y me sorprende la voz de la azafata argentina. Nunca pensé que me sentiría tan feliz de escuchar a un argentino hablar castellano. Territorio cristiano de nuevo, a dormir un rato, que viene Buenos Aires agora.
Gislayne
Soy de Matto Grosso, me dijo, y entonces me puse a hablar portugués y no paré más. Una vez leí un National Geographic sobre Matto Grosso, le dije, y mostraban que había pirañas, y que la gente tenía arcos y flechas. ¿Tu tienes arco y flechas? Tenho, me dijo, y se echó a reir, mostrando sus dientes maravillosos.
Matto Grosso, la gran selva, verde enmarañado como su pelo, ríos poderosos y llenos de vida, como sus piernas, pirañas, cocodrilos, una caja de sorpresas, un estado de sorpresas. Voce ten que conhecer Matto Grosso me dice, y siento sus caderas firmes contra las mías, y siento su aliento, y me la imagino selvática, salvaje, y le tomo el pelo y hago algún comentario que no entiende ni le preocupa. ¿Conoces a Mariah Carey? me dice, y asiento. Pero ¿personalmente? Por supuesto que no, replico, y se decepciona, de Chicago y no conoce a Mariah Carey, ¡qué perdida de tiempo! Después de la explicación y del perdón, entonces quedamos en que en Matto Grosso voces tem electricidade? Temos. Y voces tem telefonos? Temos.
Y en la aldea de ustedes en Chicago, me dice, tienen pandillas que matan gente. Temos, le digo, y no podría sentir Chicago más ajeno a mi vida que entonces, mucho menos la nieve, yo soy sólo oídos para Matto Grosso, y en particular para Poconé, que de hecho aparece en el mapa, y aparece también como canción de Skank en el CD que compré. Y yo, mirando a mi garota nacional, me imagino pasando el resto de mis días en Poconé, Matto Grosso, y soy feliz.
Casi un millón de habitantes tiene Poconé, y la imagino como Concepción, y la imagino a ella caminando a su trabajo en el corazón de sudamérica, hoy, tal vez pensando en el chileno que conoció ese sábado en Curitiba.
Fique conmigo para o natal, me dice, y me imagino en Florianópolis caminando con ellas las calles del Brasil. Vámonos a Belem, le digo, a conocer el Amazonas. Estas loco, me dices, quédate aquí conmigo, y me intenta abrazar, eu quero abrazar a voce mas eu nao posso. Y así seguimos, con Djalma manejando, perdidos en Curitiba.
Después del casamiento salimos a pasear un grupo al centro de Curitiba. La noche anterior habíamos ido a ver el concierto de villancicos de navidad al centro, al banco que los organiza cada año, todos cantamos, bajo la lluvia torrencial, Imagine all the people, y yo feliz, entonces miraba a todos y quería abrazar a todo el mundo, feliz, cantando con John Lennon, y esos niños en la entidad financiera aquella, era Brasil y yo era feliz. Ya en el centro fuimos a comprar la música que me quería traer, Skank y Legiao Urbana. Gislayne me los recomendó la noche anterior y allí los dos, juntos, escuchamos a Renato Russo cantar, me contó que el vocalista de Legiao Urbana murió de Sida. Luego fue la historia de Skank, su Garota Nacional, y su canción de Poconé, su ciudad. Para esa altura era yo ya dueño de sus manos, fuertes, firmes, manos que matan cocodrilos, pensé, y de sus hombros, igualmente fuertes, hombros que han cortado árboles, brazos que han plantado árboles del amazonas. ¿Voce conhece a Chico Buarque? Conheço. Y así se daba nuestro gran diálogo. Conhece? Conheço!
Ya en al auto, de regreso, por la noche, D’jalma pregunta quién conoce el camino de regreso. Nadie. Nadie es de Curitiba. Estamos perdidos, y no sabemos ni siquiera el teléfono de la casa. Qué desastre. Estamos perdidos en la selva del Matto Grosso, le digo, y la acerco con mi brazo, ya sobre su hombro. Si estuvieras perdido en el Matto Grosso me dice, riendo, no te encuentra nunca más nadie y de verdad te comen los cocodrilos y entonces el National Geographic hace un artículo sobre ti el siguente mes, se ríe, muestra sus dientes. A esta mujer la tengo que besar apenas lleguemos a la casa, pienso, y ella se adelante y con sus labios gruesos me llena de su río de besos nacidos del Matto Grosso, y yo soy feliz. Yo y ella perdidos, con Djalma, su hermana y una niña más en las calles de Curitiba. Ojalá sigamos perdidos toda la noche, le digo. Y ahí me pregunta, ¿porque voce nao fica conmigo para natal?
Le explico de Buenos Aires, que tengo que llegar a Santiago, que tengo muchos amigos en Chile que tengo que ver, que Chile es mi vida, que Chicago es mi vida, que en Chicago conocí a mis amigos de Buenos Aires. Pero que me gustaría.
¿Entao?, dice, con sus labios gruesos pegados a los míos, voce fica conmigo?
No posso, replico, jugando con la idea de mandar toda Argentina, todo Chile a la mierda e irme al Matto Grosso con ella.
Voce nao ten coraçao! Me dice, y me termina de matar. Eu vou visitar a voce, le digo. Y me hace callar, nos besamos por las calles de Curitiba las dos horas que le llevo a Djalma, que a esa altura entendió que no tenía que preguntarnos nada, ni encontrar la casa donde nos estábamos quedando.
Si hubiéramos estado perdidos de verdad en el Matto Grosso entonces nadie nos hubiera encontrado. Me dice, cuando nos bajamos. Me pide le envíe el CD del guardacostas. Pienso que es Baywatch, y luego riéndose, me explica que es la película de Whitnet Houston. ¿Voce gosta das pretas? ¿Voce tinha beijado uma preta? Y como si todas las preguntaras fueran una generalización ampliada de la anterior: ¿Cómo son las meninas de los Estados Unidos?
Vimos el amanecer juntos en Curitiba, nao fiqué para Natal, pero en la mañana siguente, cuando nos despedimos, le prometí el CD de Mariah Carey y el del guardacostas de Whitney Houston. Su abrazo de despedida fue de Matto Grosso, de piranhas, fue la conclusion de la primera frase que le entendí, voce e de Chicago? eu quero conhecer Londres!
¡Eu voy ligar para voce!, le digo al despedirnos. Voce nao fala portugues, me dice, se ríe, vuelve a mostrar sus dientes. Debería haberme quedado para navidad. Verdade, le digo, eu voy ligar. Eu vou esperar, me dice, y me empuja para que me vaya. Es la despedida, a las 6 de la mañana, con toda la familia de fondo, en Curitiba, estado de Paraná. Esa mañana, mientras amanecía en Curitiba, yo en el avión de Varig, soñé con conocer el Matto Grosso. Al mediodía estaría aterrizando en Argentina, en Buenos Aires, eu nao fique com ela para Natal en Matto Grosso.
Argentina
33 Grados de calor, y se sentían con la humedad de siempre. El terminal internacional del aeropuerto Ezeiza, especialmente construido para el mundial del 78, hace 20 años ya, cuando los militares gobernaban en la Argentina, antes de la guerra, antes de Menen, cuando Maradona era un muchachito, el terminal, sigue ahí, ahora mas viejo, insuficiente, chico, gastado. Se ve tan fuera de lugar como los uniformes de los equipos de entonces, demasiado ajustados, demasiado poco nylon en los uniformes, poco brillantes.
¡Un taxi señor! ¡Un Remís! ¿Un remís? ¿qué son los remís? Son como los taxis, pero más baratos. ¿Para qué ser taxi, entonces?, le pregunto al tipo que me ofrece el remís. ¿Lo va a querer o no?
Al final comparto un remís con un brasilero que se iba al centro. ¡Hace calor ah!, nos dice el conductor, mientras baja ventanillas y comienza a subir las maletas al auto. ¿A dónde entonces?
Yo bajé en la estación de trenes de Retiro, el otro señor necesitaba un hotel. ¿Eres chileno? le pregunto al conductor, que llevaba una franja tricolor en la visera de su auto. No, mi papá es paraguayo dice, con acento argentino. Moreno, parecía chileno. Bien le ha ido a Paraguay en las eliminatorias le digo. Si, pero yo soy argentino, añade. Entonces, mal les ha ido, le digo, apenas empataron con Chile. Lo sé, lo sé, dice. Y cambia el tema rápido, no sin antes alabar un poco al Matador Salas.
Ya en Retiro, el conductor me sugiere compre el Gráfico especial, viene dedicado al River, con una foto de Salas. Lo hago, y también compro otra revista, que promete explicar en detalles el caso Coppola. Al final nunca terminé de entender mucho, pero toda la gente hablaba al respecto, así que valió la pena. Yo concordé con el señor del tren a Tigres, que dijo que había que meterlos presos a todos. Pero che, quienes son todos, le dijo su amigo. Todos, todos esos ladrones y traficantes tienen que ir presos, insiste el señor. Y luego se da cuenta que todos los miramos, se calla, compra una bebida, helada, espera, como todos, que salga el tren. Y ahí nos vamos. Atrás queda la Torre Inglesa, la Casa Rosada, el Monumento a los caídos en Las Malvinas, es Buenos Aires, el 23 de diciembre, con 33 grados de temperatura. Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver.
Ya en el tren, saliendo del centro, pasamos por el hipódromo, por Belgrano. Bebidas heladas, vendedores ambulantes, regalos de $1 para navidad. Señoras y señores no es mi intención molestar, sólo vengo a ofrecerles, en esta ocasión, directamente desde la editorial Planeta, dos obras maravillosas de escritores importantes de América Latina. En cualquier librería usted tendría que pagar $30 dólares por estos libros. Qué caros están los libros, pienso, y miro los Ford Falcon que avanzan por las calles de Belgrano, es Buenos Aires, Gardel, Charly García, Fito Páez, Maradona, Coppolla y sus líos de drogas. Es Buenos Aires y aquí también están caros los libros.
Me equivoqué, me senté en un carro de fumadores. A lo mejor lo hice a propósito, ahí estaba entrando toda la gente joven, las mujeres fumando, los hombres fumando. En este país, me decía María Laura, hay una obsesión enfermiza por el cuerpo, un culto al cuerpo que ya ha costado la vida a varias muchachitas que se sienten muy gordas. Las clínicas de cirugía plástica florecen por doquier, aquí todo el mundo se quiere arreglar los senos, las nalgas, las narices, los labios, aquí todo el mundo se arregla todo. Me sorprendo mirando los brazos, el tronco, la cintura, las piernas y los pantaloncillos ajustados de un tipo parecido a Canniggia, que está con dos señoras conversando. El tipo se ve bien, apetecible. Me miro yo mismo, ¿seré apetecible acaso? Me mido la cintura, me toco los brazos. El tipo tiene, evidentemente, mejor físico que el mío. Este año sí que voy al gimnasio sin falta, este año sí que sí. El calor sigue. La muchacha sentada en frente también mira al tipo, luego me mira a mi, ve mi maleta, sigue mirando al tipo. Yo la miro a ella, luego al tipo, luego a dos muchachas más allá. Este es un país preocupado excesivamente por el cuerpo, me dice María Laura después, pero mientras tanto yo miro, es la ciudad y son los porteños, esclavos del fisicoculturismo, y soy yo, prometiendo que este año si que voy al gimnasio todos los días, sin falta.
Un día voy a hacer una película sobre el #60, me dice María Laura, cuando nos subimos a la micro que nos llevara a Belgrano a ver una película aún no determinada. Es todavía 23 de diciembre, el calor por la noche amaina un poco, y los árboles de San Isidro dan, a ratos, la impresión de estar en Viña del Mar. Y ahí vamos, en el #60, hablando de la película que María Laura hará un día. Aquí pasa de todo, dice. Lo más terrible es cuando la gente que va sentada amaga pararse y sólo se acomodan. Son las falsas expectativas, uno se hace la ilusión de que se sentará y nada. O peor aún, por qué es que a veces algunos se suben y enseguida encuentran asiento y otros nos tenemos que ir parados. ¿Cómo saber quién va a ser la próxima persona que va a bajar? Aquí he vivido momentos importantes, dice, es el número #60, aquí estudio para exámenes, aquí escribo cartas, aquí vivo los inviernos, aquí he conocido gente, es el colectivo #60 y nosotros estamos llegando a Belgrano.
Si las cosas en Brasil estaban caras, Argentina no es excepción. Los mismos precios, y claro, lo que me temía, la música brasileña que suena ya en las tiendas de discos. Al final la película que queríamos ver fue cancelada, terminamos viendo una de Robert deNiro y Wesley Snipes sobre un fanático del béisbol. Nada más yanqui, me dice ella después, y tiene razón, hasta Star Sppangled Banner tuvimos en la película, y claro, yo, por aburrimiento o por joder, me puse a tararear la canción nacional gringa.
La noche bonaerense es la víspera de la noche buena, la gente compra y camina por las calles hasta tarde, nosotros también. Está fresco, es lindo caminar por las calles de Belgrano, y sentarse en la plaza, hay algunas semicolinas, recuerdo a Chicago y su uniformidad enfermante. El culto al cuerpo de nuevo. Es mi primera noche en Buenos Aires, el colectivo #60 de nuevo, San Isidro.
Veinticuatro de diciembre, navidad, navidad, a esconder la realidad (Eduardo Peralta). Salgo a caminar a San Isidro, la gente linda, los cafés. Esta vez ni me dieron ganas de llegar al Obelisco, a la calle Corrientes o la Boca. Me quedé allá, en lo que sería el Barrio Alto de Buenos Aires. Quería encontrar música de la de antes, Charly, Baglieto, Virus, Sui Generis, Victor Heredia. Y me puse a buscar. Encontre, y encontré harto. Feliz caminaba yo con mi tesoro de la música de comienzos de los 80, sabiéndome la envidia de mis amigos de Chicago a quienes haría alarde de esa mañana en Buenos Aires, comprando compact discs de música de antes, la que escuchábamos en programas de radio semiclandestinos cuando la dictadura arreciaba en Chile, cuando Argentina sufría la humillación de las Malvinas, cuando los desaparecidos hacían que muchos olvidaran la navidad.
La Argentina de hoy es otro, es una de culto al cuerpo, de conformismo menemista. Aquí todos hablan de si Palito Ortega, de si alguien más. El general Perón bien muerto, sigue causando la controversia de siempre. Perón o Menen, era el título de un best seller del momento, y claro, Evita, la eterna, con sus defensores y detractores, todos esperando la película. Un señor que cantaba samba de mis esperanza esperando el tren a Tigres, pedía dinero y cantaba, era el calor del día de nochebuena en Buenos Aires, 14 años después de la guerra, 13 años después del advenimiento de la democracia.
Me da una coca cola por favor, le dije al señor de la Fuente de Soda. Cocacola no teneeeemos, dice, ¿podría ser Pepsi? Si, claro, es lo mismo. ¡Qué bueno che!, hay gente que no le gusta la Pepsi, ¡qué calor eh!. Gracias, gracias. Y al rato, ¿cuánto es?, es un peso che. Aquí tiene, gracias. No, gracias a vos por venir che, que estés bien. Y sorprendido salí de la fuente de soda, ¿cómo tan amables los argentinos? Y si, la verdad es que no me encontré ningún argentino que no fuera amable. Es asunto del acento, le intentaba explicar a María Laura, que había sentido el anti-argentinismo en Mexico. Es la forma como hablan ustedes, eso y nada más. Yo sé que ustedes son buena gente, pero van a necesitar una campaña millonaria para mejorar su imagen a nivel latinoamericano. Difícil tarea. En serio, mira, ustedes son los menos beligerantes del continente, con su banderita blanca y celeste, nada de sangre, nada de violencia en su bandera, sus hombres que se besan en el rostro, nada del machismo enfermizo de otras partes. Pero en fin, yo intentaré hacerles publicidad, pero no creo que logre mucho.
Es que en Chile, decía José Luis, hermano de María Laura, pasa lo mismo que aquí. Les enseñan a los niños a odiar a los argentinos. La historia la han escrito allá y acá para hacer ver a los vecinos como los malos. Si lo que pasó es que argentinos y chilenos mataron indígenas por igual en el sur, en la patagonia, en Tierra del Fuego. Aquí nos enseñan, seguía, que Chile tiene objetivos expansionistas, que quieren salir al Atlántico, por eso lo de las islas, el Beagle y la Laguna del Desierto y ahora los Campos de Hielo Sur.
Para, para, le digo, mientras comemos la cena de navidad. Lo de Laguna del Desierto es otra cosa, ahí podríamos empezar a discutir sobre la soberanía. ¡eh, bueno!, dice José Luis, no nos vamos a poner a discutir aquí.
Tienes razón, argumento, yo creo que más vale solucionar todos los problemas limítrofes de una vez y comenzar a incrementar el intercambio comercial, hay que dejar de una vez por todas esos resentimientos. A ustedes les enseñan que los chilenos tienen intenciones expansionistas y nosotros aprendemos que ustedes nos robaron la patagonia, es la misma historia. Y sí somos países hermanos, los acentos chileno, argentino y uruguayo se parecen más entre ellos que a ningún otro. El "cantás" de ustedes es "cantai’ para nosotros, diferencias mínimas. Los nombres de las frutas y verduras son comunes, vaya la historia es común. Y así, con aires de buena voluntad seguimos la cena, hablando de los enemigos comunes, las dictaduras, la militarización, la falta de respeto por los derechos humanos, la falta de solidaridad.
En Chile nos trataron muy bien, dice José Luis, ¡muy lindo todo eh! Me impresionó el exceso de militarización, en todas las ciudades. Me impresionó también la claramente establecida jerarquía, lo servil que se comportan muchos cuando uno llega a pedir algo. Aquí en Argentina todos dicen vos, allá la gente dice si señor, no señor, casi como en el ejército. Unos amigos nos dijeron que en Chile uno no debe tratar de igual a igual a la servidumbre, porque no corresponde, porque ellos deben conocer su lugar. ¡Qué increíble! Bueeeno.
Pero lo más increíble fue algo que nos pasó en el sur, dice José Luis, narrando su viaje a Chile a comienzos del 1996. En un hotel del sur entramos a pedir alojamiento y mientras llenábamos la forma, un señor, que parecía ser el dueño, se acercó y comenzó a preguntarnos si éramos de Argentina y si andábamos mirando que queríamos quitarle a Chile ahora. Le contesté que bueno, que había habido un arbitraje, que éramos países hermanos, que no nos íbamos a poner a pelear allí por Laguna del Desierto o por los Campos de Hielo Sur. Arbitraje, arbitraje, dijo el chileno, dueño del hotel, si los jueces colombianos y venezolanos se los compra con cualquier cosa, arbitraje, qué arbitraje, si eso es territorio chileno. Cuando le dijimos si prefería que nos fuéramos, el señor se alejó sin contestar. A la mañana siguente, sin hacer mención del asunto, nos indicó por dónde deberíamos seguir viaje. Pero eso fue lo único eh, lo demás todo muy bien, la gente muy linda, todo muy lindo. Ojalá que hagan el túnel, para así poder ir más y llegar antes, ojalá que se pavimenten más pasos y se hagan más túneles, mirá que el futuro de Argentina y Chile pasa, necesariamente, por una mayor integración.
Esa es la casa de presidente, me dijo María Laura, cuando tomamos el tren de La Costa. Mira la luna le dije, que se alzaba llena sobre el Río de La Plata, era el 26 de diciembre, mis últimas horas en Buenos Aires. La huelga lo había parado casi todo, la locomoción funcionaba poco, Menen que habló contra el movimiento, el escándalo Coppolla que lo llenaba todo y claro, Domingo Cavallo, que con sus declaraciones sobre corrupcion hacía temblar la institucionalidad vigente. Este es un país de corruptos, dijo el señor del tren el primer día, habría que meterlos presos a todos. ¿y quiénes son todos? le dijo su amigo. Recordé al señor mientras miraba la luna blanca, sobre el Río de la Plata, y me puse a tararear Volver, con la frente marchita, hablamos del tango y de Gardel y terminamos comiendo algo en una de las estaciones del Tren de la Costa.
A las cuatro de la mañana llegó el Remís, María Laura y su mamá se levantaron a despedirme, yo poco antes había guardado mi cuaderno de notas, había tomado una ducha, la última ducha de Buenos Aires, sentí el agua tibia, abrí la ventana y disfruté del frío porteño, mi última mañana, el último viernes de 1996.
¿Sos chileno vos? comenzó el taxista, que el Matador Salas, una lástima que se vaya a ir, que de seguro se va, porque aquí lo único que quieren es hacer dinero, sino mirá Coppolla, o el mismo Menen, que bien lo dijo Cavallo, es un mafioso que se han quedado con todo, y ahora que llegaron los productos chinos. Yo trabajé en EverReady, eran pilas, ¿las conoces?
Cómo no me voy a acordar, le digo, y canto para mi mismo (Whitman) Una pila de vida es la música y el sol, una pila de vida EverReady en acción, donde quiera que vayas EverReady estará y viviendo a tu lado te dará libertad, con EverReady con EverReady tiene más potencia y más duración. Era 1978, el mundial de fútbol, los años de Kempes, de Videla, de la guerra del Beagle que nunca fue, del 6x0 a Perú, de los partidos de fútbol del mundial por televisión nacional, con el Sapo Livingstone y Pedro Carcuro, y claro, las propagandas de Odontine (sabe espumosa y fresquita, de noche y de mañanita) y EverReady. Aquí no ha cambiado nada, salvo los comerciales, por culpa de los chinos.
Treinta años en EverReady, el señor del Remís, y todo para que ahora los Chinos, Menen, Nafta y Mercosur se lo lleven todo. 30 años, y ahora mi hija se casa, y de dónde querés que saque dinero para todo. ¿Y vos que pensás de Mercosur?
Y yo, sin mucho que dormir, me acordé de Gary Becker en la Universidad de Chicago hablando de la ineficiencia de los impuestos de importación, debía hacer frío en Chicago a esa hora, la 1 de la mañana (¿por qué tanto sueño si yo me acuesto a la 1? ¿qué estará haciendo Eva ahora?), María Laura me prestó un cassette con la música de Tango Feroz, quedamos de juntarnos pronto, en Chicago, New York, Argentina o Chile. Los papás de María Laura se portaron super bien. El señor llegó de Italia hace 45 años, 40 años se ha pasado en su fábrica de helados, para qué, dice, con su castellano con acento italiano y el vino que él mismo hace, ¿para qué?, para tener esta casa y esa piscina que nadie usa. ¡Bueeeno!, dice Jose Luis, abogado, si la usamos, cuando se puede.
Que ¿qué pienso de Mercosur?, repito el ¡bueeno!, apreto firme mi pesado bolso rojo, hace frío, estoy cansado, tengo sueño y ansiedad a la vez. Se acerca Chile, mi país, apreto mi pote con dulce de leche que me regaló el papá de María Laura, te regalaría helado, me dijo, pero se derrite. No, no, si helados ya comí por montones. Ustedes me han tratado mucho mejor de lo que me merezco. Se pasaron, le digo a la señora, la abrazo, salgo de su casa, de San Isidro, de Buenos Aires. Yo no sé cómo pueden hablar mal de los argentinos si son la gente más cariñosa que he conocido. Bueeeno, no sé si los más cariñosos, pero sin duda los que más me sorprendieron, por su reputación de petulantes, pesados, y su realidad de gente cariñosa, amable, conversadora, abierta, sincera.
Es difícil, Mercosur tiene cosas buenas y claro, otras malas. Intento ser general, sin comprometerme con nada, no quiero pelear, quiero disfrutar los últimos minutos en Buenos Aires. El taxista del Remís, el remiscista, no se preocupa de mi falta de compromiso para adoptar posiciones, sigue en su discurso sobre EverReady, los chinos, Menen, Brasil, el matador Salas, las calles malas (yo no pongo luces cuando manejo, porque molesta a los otros conductores, es mejor ir así con luces de estacionamiento, te ven y eso basta). Y sabés que uno tiene su estilo de vida, su familia, y no puede dejar de hacer ciertas cosas. Yo, por ejemplo, tengo un departamento en Mar del Plata, y sabés lo que cuesta mantenerlo, la luz, el gas, el teléfono, y todo para qué, para unas vacaciones al año. ¿Vos crees que se acaben los aguinaldos aquí? Ahora que me hija se casa, ojalá cuando tengan chicos ellos vayan a Mar del Plata por más tiempo, es lindo tener nietos eh!, ¿vos conoces Mar del Plata?
No pero me gustaría ir.
Ya llegamos dice, y el aeropuerto que duerme, pocas luces encendidas, un señor me ayuda, contra mi voluntad, con mi maleta. Me despido del señor, buen viaje, buen año, que esté bien, que disfrute el casamiento. Y vos que disfrutes Chile, tomá una tarjeta, por si venís de nuevo a Buenos Aires. Me llamás y ya, yo te vengo a buscar al aeropuerto. Gracias, gracias.
Es Buenos Aires, el aeropuerto Ezeiza, terminal internacional, construida para el 78, para la guerra, para el mundial. Un café, chequeo pasaporte y pasajes, me siento en la terminal, comienza a amanecer en Buenos Aires. Es Chile que se acerca, termina la aventura, ahora viene el país. Me duermo igual, me despierta la voz de la azafata invitando a abordar, es el acento chileno, se acabó el viaje por Brasil, Argentina, Uruguay y la aventura por Estados Unidos, de regreso a casa.
Uruguay
Si te encuentras un tipo con acento argentino que sea simpático de seguro que es uruguayo, me había dicho Roberto, un argentino, en Chicago, un par de años atrás. Lo cierto es que los argentinos siempre me han tratado bien y las veces que he estado en Buenos Aires he vivido momentos muy lindos. Pero de que los uruguayos son buena gente, no cabe duda, no cabe duda alguna.
25 de diciembre, por la mañana, abordamos el buquebus a Colonia, Uruguay. Temprano. Buenos Aires fue quedando atrás, y yo era Gardel parado junto a la ventana del buquebus, mirando a la ciudad alejarse. No serían veinte años, por la tarde estaríamos de regreso, así que la nostalgia no cabía. Duty Free, algo de café o cocacola, dormir un poco tal vez, y en menos de una hora, todos estábamos llegando a Colonia, Uruguay.
Bienvenidos al país de la joda, decía una muralla pintada con spray negro. Bienvenidos al país de la joda. A la ciudad de las motos, en todo caso, pensé, y empezamos a caminar hacia el centro histórico de la ciudad de Colonia, cuando todos dormían y sólo unos niños atrevidos y madrugadores salían a probar sus regalos navideños. Aquí mucha gente regala para reyes, me explica María Laura, cuando decidimos sentarnos en una linda plaza que encontramos en el camino.
¿Quieren que les tome una foto? se acerca a preguntarnos un señor que acaba de alimentar palomas en la plaza. Agradecemos y posamos. Mi nombre es Garibaldi, dice, de dónde son ustedes. De Chile, me apuro a decir, y María Laura aclara que ella es bonaerense. El señor la ignora por completo. Si, Chile, yo estuve una vez en Chile y tengo amigos chilenos, que lindo país eh! Cruzamos algunas palabras, nos despedimos del señor Garibaldi, de su plaza y sus palomas, una iglesia católica al fondo, una tienda de abarrotes en la esquina, por el otro lado una Iglesia Adventista del Septimo Día anunciando un ciclo de conferencias sobre la biblia. Los uruguayos no nos quieren, se lamenta María Laura. I wonder why, le digo en broma y seguimos caminando al centro histórico, debatiendo si rentamos moto o seguimos a pie.
Colonía tiene algunas ruinas coloniales importantes, algún faro por allí, el Río de La Plata, algunos señores que nadan tranquilos en la playa, la ciudad descansa, algunos tienen las puertas de sus casas abiertas y mientras avanzamos logramos espiar, casi sin querer, los patios interiores de las casas de una ciudad que vive lento, sin apuro, en motos, todos los días de la vida.
Tengan cuidado con sus cámaras chicos, nos dice un señor que sale del agua y toma el sol en las rocas. ¿De dónde son? Chile, digo, Buenos Aires, dice María Laura. Chile, si claro, ¡qué lindo es Chile, eh! Y mirando a María Laura añade, ojalá no construyan nunca el puente. Ante el estupor de María Laura, recuerdo lo que me comentó de la idea de Menen de hacer un puente entre Buenos Aires y Colonia, para unir Argentina y Uruguay en la boca del río de la Plata. Ojala no salga nunca el puente, dice el señor, mientras se aleja añorando sus días en Chile. ¡Lindo Chile, eh!
Raro este señor Garibaldi, le digo a María Laura, que todavía no se repone del poco afecto que ha sentido en Colonia. Qué injusto ché, si los argentinos somos buenas gente, reclama. Hace calor, es 25 de diciembre, en Colonia, Uruguay.
Al mediodía encontramos, frente a la iglesia construída en el siglo XVIII por los portugueses, un restaurant donde ofrecen paella valenciana. Son españoles, de seguro de la guerra civil que se quedaron, le cuento a María Laura, y le hablo de La Frontera, de Neruda y el Winnepeg. Esperamos la paella, bajo el calor de un día tranquilo en una ciudad eternamente tranquila, claro, hasta que construyan el puente.
Es más, por la música son del sur de España, a lo mejor de Gribaltar, o a lo mejor incluso vivieron en Marruecos, le digo, y seguimos conjeturando y adivinando las nacionalidades de los otros turistas, en particular de los argentinos que hablan francés, deben ser de Montreal, yo estuve en Montreal, le digo, y deben ser todos, menos uno, argentinos que radican allá. Lindo comer paella frente a la iglesia de Colonia, Uruguay, con 33 C de temperatura, tomamos aguas y bebidas por doquier y luego nos fuimos a sentar a un parque, es navidad en Colonia y todo el mundo duerme la siesta, nosotros nos aprestamos a regresar, caminando al buquebus, despidiéndonos del país de la joda, llenos de paella, durmiendo el camino de regreso hasta llegar a un Buenos Aires todavía más caluroso, quemados, las familias haciendo picnics en los parques y nosotros, comentando las fotos que tiene que haber tomado Garibaldi, ¿será nombre o apellido? en Colonia, le deberíamos haber pedido la dirección para mandarle una copia, le digo a María Laura. Ella asiente, hace calor, y, por fin, llegamos, como Gardel, en barco a Buenos Aires.
Chile
1.- La Llegada
Cansado, me senté en el avión, sabía que dormiría, pero de verdad me sorprendí cuando la azafata me despertó para que ajustara mi asiento, íbamos a aterrizar en Santiago. Llegar con el bagaje de Chicago es difícil, conciliar las calles de nieve, pandillas y taquerías de la ciudad es complicado, invita al silencio y reflexión, sumarle a eso los días en Brasil, Argentina y Uruguay, obliga al silencio. Vuelvo a mi país, no me pregunten dónde anduve, déjenme absorver lo chileno, llenarme de Chile, son ustedes los que me tienen que dar, no yo a ustedes.
Poca nieve en las montañas, poca agua en los ríos, eso iba a ser la tónica. Viernes, 27 de diciembre, poco antes de que dieran las 8 am. Santiago comenzaba a movilizarse y el calor a hacer estragos, la sequía gobernaba a un país en la modorra habitual entre pascua y año nuevo (¿pascua?, ¿te quedas hasta después de pascua? me dijeron en Argentina, ¿y qué vas a hacer desde ahora a abril?). La pascua chilena, el 25 de diciembre, la perdí por dos días, pero al menos lograría rescatar a los niños todavía jugando con sus regalos nuevos.
Inevitable sería que comparara todo lo que iba a ver en Chile con lo que recién había visto en Argentina, Uruguay y Brasil. La visión de Chile este año sería, necesariamente, mediatada por lo que ya había visto en los otros países. Ahora no mediría Chile contra lo que se dice de Chile o contra los Estados Unidos. Ahora Chile entraba a ser comparado con sus socios de Mercosur. Por eso me pareció el aeropuerto mas limpio, mas organizado, la gente mas profesional, las maletas salieron más rápido, los agentes de policía internacional más toscos, menos comunicativos, pero más ágiles, todo era más rápido, ¿anda apurado este país acaso?
Sólo veinte minutos después del aterrizaje, ya estaba con maletas en mano poniéndolas en las huincha para los rayos X, ya no hay botoncito, hay huincha y las cosas que parezcan sospechosas ameritan entonces revisión. Y luego a la calle. ¿taxi señor? ¿taxi amigo? ¿taxi joven? Y yo meditando si ser amigo o señor o joven, entre gente que empieza a trabajar por la mañana, entre amigos y parientes esperando a los suyos, me puse a buscar a los míos. Nada nuevo, no había llegado nadie todavía, ya vendrían, ya vendrían.
Por fin teléfonos que funcionan bien, pensé. En Brasil hay gente que habla con teléfonos celulares desde la casa porque los otros, los regulares son francamente malos, en Argentina había algún tipo de problemas con los teléfonos y a menudo Movicom, los celulares, eran también la solución. Además de que me costó mucho encontrar tarjetas de llamados para teléfonos públicos en Argentina y no funcionaban para llamadas internacionales.
Las tarjetitas de CTC-Mundo se convertirían en mis compañeras infaltables de las aventuras y encuentros de los días a venir. La primera fue un niñito diciéndole algo en el oído a otro. Ya cuando nadie llegaba y el taxista me decía que de seguro se habían ido de farra la noche anterior y todavía estaban durmiendo, que mejor me llevaba él, decidí llamar para preguntar que pasaba.
Las Vacaciones y el Verano
Es que es período de vacaciones, me explicaba el taxista, mientras me trataba de convencer. Y qué tiene que ver eso. Las vacaciones son para los que están en la escuela, no para la gente que trabaja, y presumiblemente tampoco para los estudiantes de educación superior que durante el verano deberían estar trabajando para reunir algo de dinero. Pero no, eso no es tan común en Chile todavía, la gente, o mucha gente allí al menos, se pasa los tres meses de vacaciones efectivamente de vacaciones, los estudiantes universitarios en general no conciben el concepto de trabajar en el verano. "Me saqué la mugre por nueve meses", me dijo uno, "me merezco ahora tres meses de vacaciones". Irónicamente vi a más estudiantes del liceo intentando encontrar trabajo que universitarios, a lo mejor eso ya evidencia un cambio. La productividad, la productividad. Allá en Estados Unidos nadie se toma tres meses de vacaciones. Ah es que tú ya soi gringo, me dijeron. Y ustedes quieren serlo, repliqué, así que hay que irse poniendo las pilas. El nivel de productividad gringo pasa por el pago por hora, por los altos índices de productividad y por la dinámica del trabajo.
Y así considerando los tres meses de vacaciones me senté a esperar. Al cabo de unos veinte minutos llegó mi hermano, el Nano, que había volado a Santiago unas semanas antes. Luego llegaron Ester y Erika. Pero eso, claro, es otra historia, y otra historia será.
Santiago, el Mapocho, la Sequía
Ya nos fuimos entonces. revisaba con cuidado, sorpresa y detenimiento de nuevo los billetes chilenos, el verde, de 1,000 pesos, el naranjo de 5,000, con Gabriela Mistral, el celeste, con Prat, de $10,000. Ya estaba en Chile. Y era verano, calor, Santiago y sus problemas de congestión. Ester, originaria de Santiago, pero con tantos años en Temuco, ya casi se había olvidado de cómo llegar a la entrada de Santiago. Y es que la salida sur ha cambiado mucho. En 20 años sigue estando la misma barda que divide a los que van a Poniente de los que van a Oriente, y al norte de la carretera, las canchas de fútbol al entrar a Pudahuel, o Cerro Navia, o como quiera que se llame esa comuna ahora. El grafiti en la pared se confunde. Los más viejos, los grafitis históricos son políticos, ¡que se vaya!, Lagos, Aylwin, Novoa, Frei, Errazuriz. Los otros, los nuevos, los modernos, son abiertamente pandilleros, símbolos indescifrables, algo por ahí de Los de Abajo y La Garra Blanca. Es otro el país de ahora, las micros son amarillas, al costado sur hay fábricas, bodegas y clubes especiales, algunos sembradíos, pero pocos, y Santiago que nos recibe con problemas de tráfico, calor, smog, letreros en inglés y modorra de días entre pascua y año nuevo.
Después de argumentar un poco decidimos irnos a Providencia a comer algo, y allí llegamos, a estacionarnos y dejar encargado al señor que se dedica a poner fichas en los parquímetros, gran ejemplo de subempleo, y nosotros, a las 10:30 de la mañana, a una pizzeria a comer algo. Bebidas de lata o máquina, dice la señorita, y yo pregunto por la diferencia real entre ambas. Erika me mira con cara de qué le pasa a este, pero claro, eso es otra historia, y cómo tal merece otro foro.
Barros Luco o Barros Jarpa, cuál es la diferencia, al final siempre me confundo. Pero me queda claro de nuevo el subempleo, mucha más gente de la que se necesita en la pizzería, y todo por lo barato que es la mano de obra en un país donde todos los precios, salvo los que requieren de mano de obra sin entrenamiento son tan comparables a los que existen en Estados Unidos. A Chile nadie viene a ahorrar plata.
El Pato Mason me llevó a cruzar el Mapocho, ahí justo después de que se junta con el canal San Carlos. El edificio del World Trade Center, dice el Pato en forma irónica, tiene la vista mas privilegiada al río mas sucio del país. Y como hay sequía ahora sólo baja mierda.
Y por la tarde, cuando el sol arreciaba mas fuerte, el metro de nuevo, con ventanas abiertas, pero sin aire acondicionado. La gente sin mirar a nadie, sudando, mirando afuera, a los túneles, a la oscuridad. La verguenza de los que en Chile tienen que trabajar entre Pascua y Año Nuevo, en direccion Oriente, a Las Condes, y más arriba. El Metro siempre limpio, siempre eficiente, el metro, bajo la tierra nacional, raíz de la eficiencia que lograremos todos algún día, me imaginé un lema tipo UDI, me tragué el calor, encontré asiento y me puse a leer el periódico. Chile en verano va tan rápido y hace tanta calor que ni ganas de leer el periódico dan, de echo ese fue la única vez que leí el periódico. Ansío volver a Chicago, le dije un día a Christián por teléfono, para volver a leer La Epoca todos los días.
Y ya en Metroestación Escuela Militar, con la misma calor de siempre, el mismo señor a la salida con sus cajitas de plátanos vendiendo sus chilenitos de Curacaví, la gente abordando buses y los taxistas ofreciendo servicios, abordé uno. Le di la dirección y me dijo, pero eso es como a un kilómetro no más, y qué ¿quiere que camine le dije? ¿no es taxi acaso?. No, yo no lo llevo. No me lleve, le dije y cuando me disponía a bajar, el tipo partió. Ahora si que me metí en un lío, pensé. Ya por Apoquindo hacia arriba me dije, pero le voy a cobrar $500. Está bien, le dije, pero me parece que si usted no quiere hacer los viajes que le piden entonces ponga un letrerito que diga "para viajes largos no más". Ya bájese aquí, dijo a dos cuadras de la esquina indicada. Hasta aquí no más llego. La temperatura ambiental debía haber estado por los 30 C. Entendí al tipo, me imaginé sus cuentas, añadidas las de navidad, el costo de la gasolina, las ganas de hacer viajes largos para juntar algo de plata, el calor, el tráfico de Santiago. Le pasé $2000, que es más o menos lo cuesta ese trayecto en Chicago, le dije que se quedara con el vuelto, Feliz Año le dije. El señor no supo como reaccionar, pero se fue rápido, yo caminé las dos cuadras bajo el calor pensando en los dos Chiles, el de los que viven en Las Condes, Providencia y más arriba y el de los otros, el del sector poniente de Santiago, el del sector sur, norte, el de Provincia, el Chile de este taxista que trabaja 16 horas diarias, 6 o siete días a la semana, y compite con miles de otros taxistas para parar la olla en un país de primer mundo en lo que se refiere a tecnología y precios y de tercer mundo todavía en lo que se refiere a sueldos.
La Gitana
Te veo la suerte. Caballero, una monedita para la guagua aquí. Caballero, oye caballero.
Oye, si ese cabrito es guagua entonces yo también soy gitano y te hablo en síngaro. Ese cabrito está más grande que yo, le digo y voy a seguir caminando.
¿Eres turista? Tú no eres chileno, ¿quieres que te vea la suerte esta gitana? Claro que soy chileno, digo, riéndome, y el Coco me mira con cara de ¡te reconocieron el acento gil!
Nos vamos rápido, hace calor en Santiago, es el último día. Claro que soy chileno. Pilla la gitana. Me debería dejar ver la suerte, si total.
Al rato, ya sentados, al final del parque forestal, discutimos la arquitectura de teléfono celular del edificio de CTC-Mundo. Y llegan las gitanas de nuevo. Pues, me das una moneda, dice, y se viene a sentar junto a mi. Parece rumana, los ojos de rumana, la tez clara, ojos verdes, preciosos, le dice algo en síngaro a su amiga. ¿De dónde eres? vuelve a preguntar. La amiga se sienta al lado del Coco, le pide la mano. Yo, sin hablar, le insisto al Coco que siga el juego, es sábado de tarde, el último día en Chile.
¿De dónde eres entonces? insiste. Dame algo para el bebé. No digo nada y le paso un poco de plata. Ya no quieres hablar para que yo no descubra tu acento, me dice. Somos de Conce, le digo. El si, pero tu no. Habla, habla.
¿Hablas síngaro? Enseñame algo en síngaro. De dónde eres, ¿exiliado? No, no, por qué. Por tu acento. Tienes acento de exiliado. ¿Ah si? ¿Y cómo es el acento del exiliado? Es como de chileno, pero raro.
No, no soy exiliado. Pero si vivo en Chicago.
Yo conozco Chicago.
Y yo sé síngaro.
Dame algo para el niño, dame dólares. Lo que más me gusta de Chicago es la leche, esa que venden en galones, la de tapa roja.
No, yo tomo la de tapa azul, le digo, tiene menos grasa.
A mi me gustaba la de tapa roja, porque es más saludable, para la guagua.
Dale con que es guagua, si ese cabrito está más grande que yo.
¿Y tu vives allá hace mucho?
Cómo se dice gitano en inglés, pregunta. Gipsy, como los gipsy kings.
Y tu te ves la suerte en Chicago. Yo también conozco Los Angeles, Oregon y Miami. Vamos todos los años, pero cuando allá es verano, y aquí invierno. ¿Tu tienes green card? Yo quiero que un hijo mío nazca allá, a lo mejor nos vamos a vivir allá un día.
¿Y viven en carpas allá?
No allá no se puede, mi esposo tiene un hermano allá. ¿Hablas inglés entonces? ¿Y tú te ves la suerte allá?
El Coco está impaciente, se está peleando con la gitana porque no quiere pasarle más de $500 pesos, la gitana le pide $5000, sólo para verle la suerte, le muestra una cruz y el Coco ya está que se para y me deja solo.
Y no que eras ateo, le digo, riendo, yo hablo con la gitana de ojos verdes, de Chicago, del frío y, claro está, de Walter Mercado.
¿Lo conoces a Walter Mercado?, me dice.
Todo el mundo conoce a Walter Mercado, le digo. Ustedes deberían tener un número 800 aquí en Chile, a $500 el minuto.
No aquí no llamaría nadie, allá la gente llama porque no tienen tiempo para ir donde los gitanos, y no hay verguenza que aguantar cuando uno habla con los gitanos por teléfono.
Pero Walter Mercado no es gitano, es puertorriqueño y tiene un programa en la tele.
Es lo mismo, me dice, todos son gitanos, es lo mismo, le dicen a la gente lo que va a pasar, el futuro, son gitanos.
El coco ya está que se para. Búscame cuando vayas a Chicago, estoy en la guía teléfonica, le digo.
Déjame tu nombre entonces, dice, sin reirse.
No, mejor no. Dejémoslo así no más. Oye, le digo a la otra, y a mi, ¿no me vas a ver la suerte?
No a ti no, porque no eres chileno, me dice, y nos ve alejarnos. La otra, de ojos verdes, agarra de la mano a su hijo, cuenta las monedas y el billete que le di. Que no te trate tan mal el frío, me dice, mira que en Chicago hace mucho frío, y cuando compres leche acuérdate de mi guagua.
Vamos huevón, me dice el Coco, que ya me asustó la gitana con eso de querer regalarme una cruz. A lo mejor te hizo mal de ojo, le grito, mientras cruzamos la Alameda. No, los gitanos no hacen esos, eso se hace en el campo, aquí en la ciudad es diferente. Y a ti, ¿qué te decía la otra gitana? me decía el Coco pretendiendo calma, pero iba asustado.
A su Nombre Gloria
Dos de enero, colgué el teléfono en el paseo Ahumada. Erika ya no se iba conmigo al sur, tampoco la iba a poder ver esa tarde en Santiago. No había nadie en la casa, no estaba. Faltaban unas 4 horas para que saliera el Tur Bus al sur, a Temuco.
El calor amainaba y la gente comenzaba a volver a sus casas en ese, el primer día de trabajo de 1997. Pensé ir a comer, pero en realidad no tenía hambre. Un helado bastó. Quería entrar a ver Space Jam para matar algo de tiempo, pero me arrepentí a última hora, mejor caminar por las calles del centro de Santiago. Y allí, como siempre, como todos los años (mientras más cambia el país más se sigue pareciendo al de antes), los predicadores en el Paseo Ahumada. Siempre están allí, cambian los estilos, las tácticas, pero el mensaje es el mismo, a Su Nombre: Gloria.
¿Cómo reclama la oposición?, pienso, si hasta los predicadores callejeros visten trajes de corte fino, o al menos decente. Corbatas de seda, calcetines de colores, zapatos relativamente nuevo, sacos cruzados, cinturones con hevillas de metal. Si no hubiera sido por culpa del reavivamiento religioso chileno, la Erika se hubiera ido conmigo a Temuco.
Pero claro, ella, con su participación en la iglesia presbiteriana, me dijo que ella se iba mejor el sábado en la mañana, y yo, como para incrementar la molestia por tener que irme solo, me quedé allí sentado, al lado de la fuente de agua, escuchando. A su nombre, gloria.
A la onda tele-evangelismo, recuerdo a Jimmy Swaggart. Nada quiero yo en la tierra, con guitarra en mano, todos, cantando. Algunos miraban al cielo, los menos. Otros, los más valientes, se acercaban a hablar con la gente. Yo miraba, tratando de capturar la mirada de uno de los líderes. Nada. Música onda balada, es el salmo 120, dice una mujer junto a mi, parece ser parte del grupo, canta, con ellos. Yo, luego de escuchar como 5 veces el estribillo canto también. Quiero entender por qué Erika prefirió algo como eso a irse conmigo al sur, no entiendo. Pocos niños, la mayoría gente de oficinas, algunas mujeres con uniformes, hombres funcionarios, jóvenes no muchos, más bien adultos jóvenes. O sea, Erika no podría ser parte de ese grupo. A lo mejor los jóvenes están en otra parte. Pero Erika dijo que ella era prebisteriana, y los presbiterianos no hacen esto, estos deben ser más bien pentecostales o Asambleistas de Dios.
Cristo, vencedor de la muerte. Aquí todos vamos a morir, dice el predicador, en corto sermón. Y el objetivo de todos, científicos, líderes, gobernantes mundiales, médicos, ha sido encontrar una forma de vencer la muerte. Bueno, Cristo, nuestro señor venció la muerte. Y por eso debemos alabarlo. Y yo, haciendo la asociación de lo que dijo el pastor. El vencedor de la muerte puede, por deducción lógica, enseñar al resto cómo hacer lo mismo, alabémoslo por eso. Y todos cantando de nuevo, guitarra eléctrica al fondo, onda balada.
Después de un rato ya todo es predecible, agarro La Segunda, con los últimos detalles de los coletazos de los fugados, la renuncia del director de Gendarmería, las declaraciones de la derecha, los detalles del secuestro, la selección de fútbol. La historia de siempre, los predicadores en el paseo Ahumada, el Frente Rodriguista, los fracasos y las esperanzas de la selección. Es verano.
Pienso que el predicador tiene un leve acento argentino, a lo mejor estudió allá, o pudiera ser la maravilla de la televisión por cable. Después de todo los argentinos son reyes y señores en esto de la predicación teleevangelista.
Me aburre la predictabilidad de la prédica, de las declaraciones del gobierno y de la UDI sobre los fugados. Me aburre hasta lo predecible de los titulares de la Cuarta, y hasta las fotos. Este es un país predecible. Si no hubiera sido porque a última hora la Erika me dijo que en vez de irse esa noche se iba a ir el sábado en la mañana al sur, todo hubiera pasado tal cómo cualquiera lo hubiera pensado. Pero en fin, pasajes en la mano, entrando al metro, estación Universidad de Chile, con mural nuevo y todo, se pasó la Erika, no se quiso ir conmigo, a su nombre, gloria.
Los Pacos, Stange, Los carabineros, La Feria del disco
Los Pacos ya no arrestan a los vendedores ambulantes, le comenté a un amigo, como para evidenciar que la democracia si había tenido cambios sustanciales en la vida cotidiana del país. A ver, a ver, señora, se me va enseguida y se me lleva sus cosas si no quiere que la llevemos a la comisaría, dice el señor carabinero desde su automóvil. La mujer, a regañadientas, junta sus cosas y comienza a irse, no sin terminar de concretar una venta a un tipo que mira nervioso.
Es la vida democrática de este país, pienso. Irónicamente allí mismo, el sábado anterior, había visto caminando, tranquilo, junto a la que debió haber sido su mujer, a Rodolfo Stange. La Paola lo vio primero y me dijo. No, no creo, le dije, más por decir algo, que porque en realidad no creyera. Era perfectamente lógico en un país donde ya nada sorprende.
Nunca me hubiera imaginado, dijo Ricardo Lagos en Rock&Pop, como ministro de Aylwin, en una ceremonia oficial, dándole la mano a Pinochet. Pero esa es la transición nuestra, la chilena, y tenemos que entender que muchas cosas son difíciles de explicar y que en cierta medida todos tenemos que hacer ciertas concesiones en tanto no comprometamos los principios básicos que nos guían. Y cuáles son esos, pensé, pero el programa fue a comerciales. En todo caso era sólo un especial de los mejores momentos del año 96 en dicho programa de Rock&Pop.
Nuestro país del general en retiro Stange, mirando algunos libros, en una librería de Providencia, unas semanas después de la muerte de José Donoso. ¿Leerá a Donoso Stange?
Claro, como ya nada sorprende, en la Feria del Disco uno encuentra la música de Quilapayún en el rubro de folclor, al lado de Inti y de Los Huasos Quincheros, en una esquina. Alanis Morrissette, Hootie and the Blowfish, Julio Iglesia y su Tango, hasta Laura Pausini. Lo demás a la esquina, a la historia, a pasar desapercibido en una esquina de la Feria del Disco, o una esquina de Providencia, mirando libros, el general Stange, Quilapayún, el folclor chileno.
Compro diez compact discs, pago con tarjeta de crédito. Cero problema. Me dan bolsita, me dicen gracias, vuelva pronto, feliz año nuevo. Es el Chile nuevo, el del marketing, el del customer service. Yo feliz, con mi música, salgo a la calle calurosa de providencia, es sábado, mi primer sábado en el país, con Quilapayún, Stange y los carabineros que no arrestan a los vendedores ambulantes. Me despido de la Paola en la esquina, es Santiago, el calor de Providencia, un 28 de diciembre, como para no creerlo.
Al final tuve que volver a esa Feria del Disco por obligación, dos semanas después. Ultimo viernes en Santiago, comprando los últimos encargos. Faltó el compact disc de la Garra Blanca, con todas las canciones de la Garra Blanca, para que uno las cante, se las sepa. Sólo $7,500 pesos, vale la pena, para todos los colocolinos. Y para no perder la ocasión, llevemos también dos de cuecas, uno de Alberto Plaza y otro de los Cuatro Cuartos. Los de Quilapayún e Inti-Illimani, Victor Jara y los Parra salen más baratos en Chicago.
Su carné, dice terminantemente la cajera de la Feria del Disco del paseo Ahumada, la que queda más cerca de la plaza de armas.
No tengo carné, le digo, sin cerciorarme de si ando trayendo o no el carné de identidad. Pero no importa, insisto, he comprado sin carné, además esa tarjeta de crédito está expedida en Estados Unidos así que no tiene nada que ver con el carné chileno.
No le puedo vender si no tiene carné, dice, terminantemente la mujer.
¿Y de dónde sacó usted eso?
No se puede no más.
¿Y quién le dijo que no se podía? Yo he comprado en todos estos lugares sin mostrar carné, aquí tengo un recibo de otra Feria del Disco y el comprobante no tiene mi número de carné.
Si no tiene carné no le puedo vender, me dice terminantemente.
Oígame, le digo molesto. Y si yo fuera un turista extranjero, ¿me vende?
Claro, porque es turista extranjero.
Gracias por suponer que soy chileno, le digo. No sabe cuánto me alegra que por fin alguien me haya reconocido en forma inmediata y sin cuestionamiento mi condición de chileno, pienso. Bueno, pues, le digo. Yo no soy chileno así que vaya recibiendo mi tarjeta no más.
No, usted es chileno, me dice, y se niega a aceptar la tarjeta.
¡Déjeme hablar con el gerente!
Llamen a don Mario (los nombres han sido cambiados para protejer la verdadera identidad de los huevones), dice la señorita.
Llega un señor gordo, petulante. A ver, ¿cuál es el problema?
Este señor no tiene carné.
No necesito carné, no soy chileno. Quiero comprar estos discos.
Y para qué quiere comprar estos discos si no es chileno.
¿Y qué le importa a usted?
Muéstreme su pasaporte, dice el gordo.
Muéstreme su identificación de policía internacional le digo, ya molesto.
Si no me muestra el pasaporte no le vendo.
O sea, usted me va a decir que aquí le piden pasaporte a cada extranjero que llega a comprar música.
No, porque los demás si son extranjeros.
A ver, y para qué quiere ver el pasaporte.
Para saber si la tarjeta es suya o no.
Y que se urge usted, si la tarjeta pasa el cargo es válido. Le puedo mostrar si quiere mi licencia de conducir de Estados Unidos.
No, tiene que ser el pasaporte.
Mire, sabe que más, quédese con sus discos, y muchas gracias, me acaba de dar una gran idea, se ganó un puesto en mi crónica.
Váyase no más, en ninguna parte le van a vender sin carné, dice, amenazador, el viejo gordo.
Me paro. Me detengo en seco, me doy vuelta. Oígame, le digo, ya me acaban de vender en otra Feria del Disco y nadie me pidió nada. Al menos deberían tener una política uniforme en todas las tiendas, ¿no le parece?
No me dice nada. Me quedo ahí parado.
¿Se va a quedar?
¿Ahora no se puede mirar acaso?
Haga lo que quiera.
Claro que hago lo que quiero, dentro de los márgenes de lo razonable, si yo soy el cliente y ustedes me han tratado super mal.
Coño, pinches reglas inventadas, digo, y salgo del lugar. A lo mejor de verdad que no era chileno, dice una de las tantas dependientes de ese local. Es viernes de tarde, Santiago, capital del jaguar, claro, si no tiene carné tenga cuidado, a lo mejor lo rasguña el gato.
Las Chilenas
Nada nuevo que decir, salvo que toman la micro. Y allí se encaraman con sus mejores pintas de sábado por la noche y se van a Bellavista, a Plaza Nuñoa. Las más afortunadas, y no son pocas, llegan en auto. Pero muchas se bajan de las micros. Las contaba y las veía bajar de cada una de las micros en Plaza Nuñoa, mientras esperaba a Erika. Y a qué hora van a llegar, me decía. Ya estaba que me iba.
Es que en este país dicen 10 y llegan a las 11. Y yo, que tomé taxi desde las Condes para llegar a la hora. Nada en esta micro, tampoco en la otra. Ya me recorrí toda la plaza, revisé todos los libros, todos los objetos artesanales, ya me di todas las vueltas, y nada.
Entre argentinas, brasileñas y chilenas, cuales te gustan más, me preguntó el Loly. De todos, me gustaron más los brasileños. Hombres y mujeres. Raza particular, linda. Los argentinos vienen después. Las chilenas me gustan porque son chilenas, por el acento, y porque yo soy chileno. Pero si fuera gringo, preferiría el Brasil, pienso. No lo digo. En Plaza Nuñoa intentó hacer un catastro general de la mujer chilena, en contexto sudamericano. Es más baja que sus contrapartes argentinas y brasileñas (los hombres también), son más calladas, más tímidas si se quiere, también los hombres.
Las chilenas bonitas, concluyo, son las que tienen más rasgos indígenas. Las otras, las más europeas son eso, europeas, entran en otra categoría. De las mestizas, las nacionales, me quedo con las de pelo castaño oscuro, ojos pardos, pelo largo, liso, liso casi siempre. Partidura en el medio, sonrisa tímida, coqueta si se tienen esperanzas. Todas las chilenas tienen guata, dice el Além. Es el pan. Los chilenos también, pero es la cerveza. Las chilenas tienen guata y tienen las piernas cortas, gorditas. La nariz recta, puntiaguda, los pómulos marcados.
De todas me quedo con las que se pasean en el metro o en Plaza Nuñoa, con su jeans, sus blusas o poleras, sobrinos o hermanos de la mano, alguna bolsita, encargo eterno. Es vacaciones, no hay obligaciones universitarias o educativas en general. Me gustan cuando caminan libremente junto a su pareja, de la mano, lo apretan de la cintura, se dan vuelta, lo miran, lo buscan con un beso. El huevón, muy ahí, las besa cortito, luego mira para afuera de la micro, para el otro lado del metro, como buscando a alguien. No les presta atención. Ellas felices se quedan tranquilas, o insisten por más, esporádicamente reclaman, ¡aaaah, que soi pesado tu oh!, o, cuando la situación se complica, un ¡Uno de estos días te voy a mandar a la chucha no más huevón!
Son las chilenas, las que no quieren ser europeas, las que no quieren copiar la moda argentina ni brasileña, es la mujer chilena, la que va de compras, la que busca a su hermanito o sobrino, echa una mirada, agarra su bolso, se afirma en la micro, empuja y gana su lugar en el metro, la aniñada, que se viste con sus vestidos floreados en el verano, se hace su partidura en el pelo, o sus trenzas, se proteje, cuando quiere, en los brazos semidesinteresados de su pololo o cuando se termina de hinchar con un huevón en la micro le grita, y vos que andaí mirando huevón.
No, me quedo con las chilenas, por aniñadas, por sus pómulos marcados, su pelo liso, sus piernas cortas, pero principalmente por su ¡ya po, dame un beso!
El Otro Chile, Lonquén
La entrada a los Hornos de Lonquen está cerrada. Hay un gran portón que prohibe el paso y una amenaza vedada. Hace calor, hay sequía y aunque el Eugenio se quiere animar a entrar, los demás lo desanimanos, si total no importa. Aquí ya está bien. Total lo dinamitaron igual.
La gente aquí se conoce toda, lo raro del momento político del 73 es que los que detuvieron y mataron conocían a sus víctimas por sus nombres. A tanto llegó el odio. Concordamos con Eugenio en que es difícil, 23 años después, entender cómo se pudo gestar tanto odio. Vamos a Lonquén, domingo de mañana, con Eugenio y su familia, su esposa y su hija, y un amigo que acaba de llegar de Alemania.
Nos alejamos de Santiago, es domingo y la ciudad despierta. Al salir encontramos gente en bicicleta, algunas carretas y casas de adobe, se venden humitas y empanadas en los hornos de barro. Vamos a parar a comer. Hay sandías y melones, duraznos, niños jugando en los patios, debajo de los parrones, moscas, calor, autos que se escapan a Isla de Maipo.
Aquí han construido muchas casas nuevas, sigue Eugenio, con pésimo gusto, algunos le han puesto portones a la entrada al mejor estilo Dallas o Falcon Crest. Muy tacky, dirían en Estados Unidos. Todo el mundo se está viniendo a hacer sus casas por aquí. Más allá de Isla de Maipo la familia Cardoén compró un terreno, cerró el camino, parece que van a hacer un lugar para reuniones.
El río pasa casi seco, nos vamos a visitar una mina abandonada, subimos, el polvo, allá abajo corren unos caballos junto al río, mas allá una micro amarilla de Santiago con un grupo de gente que se vino de pic-nic, el eterno partido de fútbol. Si estuviéramos en el sur debería haber una trilla. Pero es Isla de Maipo, a unos cuántos kilómetros de la nube negra de la capital. La sequía afectó mucho este año, nos dicen, y además como Santiago está creciendo tanto. Los jóvenes se quieren ir a Santiago apenas pueden y no regresan más. Este pueblo se va a convertir en dormitorio de Santiago.
De aquí era Victor Jara, digo. No sabía dice Eugenio, que en sus días en Alemania, y de esto doy fe, recordaba a su Isla de Maipo. Aquí pintamos un letrero grande con el No, explica, y aquí hicimos el primer rally del No, aquí estaba la sede de la campaña. Vamos a ver que pasa en las elecciones del 97.
Así fue ganando el No, pueblo a pueblo, mesa a mesa. Miles de Eugenios que se organizaron en el país. Algunos todavía conservan algunos recuerdos, fotos, historias, anécdotas. Era peligroso dice la mamá, se quedaba un auto de carabineros, una patrulla en la esquina de la casa para ver a qué hora llegaba Eugenio. Si estaban siempre durmiendo, dice Eugenio, yo les tocaba la bocina cuando llegaba, para que se pudieran ir. Y todos reímos. Pero al fondo están los hornos, y en el cementerio hay una placa recordatorias de los brutalmente asesinados el 73, Los Maureira, Astudillo, Hernández. El verso de Neruda adorna la piedra del cementerio aquel, abierto los domingos, una señora que vende flores saluda a Eugenio, un perro ladra, es Isla de Maipo, a unos kilómetros de Santiago: "Aunque los pasos toquen mil años este sitio no borrará la sangre de los que aquí cayeron y no se extinguirá la hora en que caiste aunque miles de voces crucen este silencio."
Así se recuerda a los caídos, a los muertos, a las víctimas de una época de odio. Así se ganó el plebiscito, en cada pueblo, en cada barrio, en cada casa. Y ahora Isla de Maipo espera su fin, las casas de ricos que se construyen a la salida de Santiago, la ciudad que crece, el río que se seca, la nube de smog que acecha, el campo que se compró Cardoen. Es otro el Chile de hoy, es la televisión por cable, son los primos de Eugenio que se van de gira de estudios a Brasil, juntaron plata y se va todo el curso.
En otra parte del país a esa hora, se ultimaban los detalles, la gran fuga sería el lunes. En la calma, el letargo, la convalescencia de un pueblo que pudiera estar agonizando, nosotros disfrutamos del calor de la tarde, de una sandía, de un paseo por caminos de polvo, de los galopes distantes y de la micro de Santiago que se vino a pasear por el día y del partido inolvidable que jugaron. La fuga. Eso es mañana lunes.
Por la noche Santiago da modorra, se siente en el ambiente. El día lo termino en Naintún, un café alternativo, cerca de metro estación República, un gran lugar, buena librería. Cuando Lucho Cifuentes me dio el nombre del lugar, pensé que me había dicho Nine Tunes, no dije nada. Entendí después. Y ahí con el Lucho, la noche antes de la fuga, hablamos de Chile, del exilio un poco, de los desafíos que estaban por delante, de Lagos el 99, para qué.
Lagos el 99, ¿para qué?
El 99 Lagos va fijo, de eso no cabe duda. Y es que Lagos es el candidato presidencial con la campaña más larga en la historia de Chile. La comenzó simbólicamente en aquel programa de la televisón, cuando el dedo.... Pero a lo mejor lo pensó mucho antes, a lo mejor en sus años en la Universidad de Duke en Carolina del Norte, o después, cuando estaba intentanto construir el PPD. Lagos, el candidato perenne.
Después del abrazo con Aylwin el 5 de octubre del 88, Lagos sabía que no era ese su tiempo. Tenía que venir la transición de Aylwin. Lagos quería el senado. Pero no alcanzó. Dedicándose a hacer campaña por los candidatos de izquierda de la Concertación, y tomando en cuenta que un sector importante del PS estaba fuera de la Concertación, en el PAIS, Lagos descuidó su campdigo, riendo, yo hablo con la gitana de ojos verdes, de Chicago, del frío y, claro está, de Walter Mercado.
¿Lo conoces a Walter Mercado?, me dice.
Todo el mundo conoce a Walter Mercado, le digo. Ustedes deberían tener un número 800 aquí en Chile, a $500 el minuto.
No aquí no llamaría nadie, allá la gente llama porque no tienen tiempo para ir donde los gitanos, y no hay verguenza que aguantar cuando uno habla con los gitanos por teléfono.
Pero Walter Mercado no es gitano, es puertorriqueño y tiene un programa en la tele.
Es lo mismo, me dice, todos son gitanos, es lo mismo, le dicen a la gente lo que va a pasar, el futuro, son gitanos.
El coco ya está que se para. Búscame cuando vayas a Chicago, estoy en la guía teléfonica, le digo.
Déjame tu nombre entonces, dice, sin reirse.
No, mejor no. Dejémoslo así no más. Oye, le digo a la otra, y a mi, ¿no me vas a ver la suerte?
No a ti no, porque no eres chileno, me dice, y nos ve alejarnos. La otra, de ojos verdes, agarra de la mano a su hijo, cuenta las monedas y el billete que le di. Que no te trate tan mal el frío, me dice, mira que en Chicago hace mucho frío, y cuando compres leche acuérdate de mi guagua.
Vamos huevón, me dice el Coco, que ya me asustó la gitana con eso de querer regalarme una cruz. A lo mejor te hizo mal de ojo, le grito, mientras cruzamos la Alameda. No, los gitanos no hacen esos, eso se hace en el campo, aquí en la ciudad es diferente. Y a ti, ¿qué te decía la otra gitana? me decía el Coco pretendiendo calma, pero iba asustado.
A su Nombre Gloria
Dos de enero, colgué el teléfono en el paseo Ahumada. Erika ya no se iba conmigo al sur, tampoco la iba a poder ver esa tarde en Santiago. No había nadie en la casa, no estaba. Faltaban unas 4 horas para que saliera el Tur Bus al sur, a Temuco.
El calor amainaba y la gente comenzaba a volver a sus casas en ese, el primer día de trabajo de 1997. Pensé ir a comer, pero en realidad no tenía hambre. Un helado bastó. Quería entrar a ver Space Jam para matar algo de tiempo, pero me arrepentí a última hora, mejor caminar por las calles del centro de Santiago. Y allí, como siempre, como todos los años (mientras más cambia el país más se sigue pareciendo al de antes), los predicadores en el Paseo Ahumada. Siempre están allí, cambian los estilos, las tácticas, pero el mensaje es el mismo, a Su Nombre: Gloria.
¿Cómo reclama la oposición?, pienso, si hasta los predicadores callejeros visten trajes de corte fino, o al menos decente. Corbatas de seda, calcetines de colores, zapatos relativamente nuevo, sacos cruzados, cinturones con hevillas de metal. Si no hubiera sido por culpa del reavivamiento religioso chileno, la Erika se hubiera ido conmigo a Temuco.
Pero claro, ella, con su participación en la iglesia presbiteriana, me dijo que ella se iba mejor el sábado en la mañana, y yo, como para incrementar la molestia por tener que irme solo, me quedé allí sentado, al lado de la fuente de agua, escuchando. A su nombre, gloria.
A la onda tele-evangelismo, recuerdo a Jimmy Swaggart. Nada quiero yo en la tierra, con guitarra en mano, todos, cantando. Algunos miraban al cielo, los menos. Otros, los más valientes, se acercaban a hablar con la gente. Yo miraba, tratando de capturar la mirada de uno de los líderes. Nada. Música onda balada, es el salmo 120, dice una mujer junto a mi, parece ser parte del grupo, canta, con ellos. Yo, luego de escuchar como 5 veces el estribillo canto también. Quiero entender por qué Erika prefirió algo como eso a irse conmigo al sur, no entiendo. Pocos niños, la mayoría gente de oficinas, algunas mujeres con uniformes, hombres funcionarios, jóvenes no muchos, más bien adultos jóvenes. O sea, Erika no podría ser parte de ese grupo. A lo mejor los jóvenes están en otra parte. Pero Erika dijo que ella era prebisteriana, y los presbiterianos no hacen esto, estos deben ser más bien pentecostales o Asambleistas de Dios.
Cristo, vencedor de la muerte. Aquí todos vamos a morir, dice el predicador, en corto sermón. Y el objetivo de todos, científicos, líderes, gobernantes mundiales, médicos, ha sido encontrar una forma de vencer la muerte. Bueno, Cristo, nuestro señor venció la muerte. Y por eso debemos alabarlo. Y yo, haciendo la asociación de lo que dijo el pastor. El vencedor de la muerte puede, por deducción lógica, enseñar al resto cómo hacer lo mismo, alabémoslo por eso. Y todos cantando de nuevo, guitarra eléctrica al fondo, onda balada.
Después de un rato ya todo es predecible, agarro La Segunda, con los últimos detalles de los coletazos de los fugados, la renuncia del director de Gendarmería, las declaraciones de la derecha, los detalles del secuestro, la selección de fútbol. La historia de siempre, los predicadores en el paseo Ahumada, el Frente Rodriguista, los fracasos y las esperanzas de la selección. Es verano.
Pienso que el predicador tiene un leve acento argentino, a lo mejor estudió allá, o pudiera ser la maravilla de la televisión por cable. Después de todo los argentinos son reyes y señores en esto de la predicación teleevangelista.
Me aburre la predictabilidad de la prédica, de las declaraciones del gobierno y de la UDI sobre los fugados. Me aburre hasta lo predecible de los titulares de la Cuarta, y hasta las fotos. Este es un país predecible. Si no hubiera sido porque a última hora la Erika me dijo que en vez de irse esa noche se iba a ir el sábado en la mañana al sur, todo hubiera pasado tal cómo cualquiera lo hubiera pensado. Pero en fin, pasajes en la mano, entrando al metro, estación Universidad de Chile, con mural nuevo y todo, se pasó la Erika, no se quiso ir conmigo, a su nombre, gloria.
Los Pacos, Stange, Los carabineros, La Feria del disco
Los Pacos ya no arrestan a los vendedores ambulantes, le comenté a un amigo, como para evidenciar que la democracia si había tenido cambios sustanciales en la vida cotidiana del país. A ver, a ver, señora, se me va enseguida y se me lleva sus cosas si no quiere que la llevemos a la comisaría, dice el señor carabinero desde su automóvil. La mujer, a regañadientas, junta sus cosas y comienza a irse, no sin terminar de concretar una venta a un tipo que mira nervioso.
Es la vida democrática de este país, pienso. Irónicamente allí mismo, el sábado anterior, había visto caminando, tranquilo, junto a la que debió haber sido su mujer, a Rodolfo Stange. La Paola lo vio primero y me dijo. No, no creo, le dije, más por decir algo, que porque en realidad no creyera. Era perfectamente lógico en un país donde ya nada sorprende.
Nunca me hubiera imaginado, dijo Ricardo Lagos en Rock&Pop, como ministro de Aylwin, en una ceremonia oficial, dándole la mano a Pinochet. Pero esa es la transición nuestra, la chilena, y tenemos que entender que muchas cosas son difíciles de explicar y que en cierta medida todos tenemos que hacer ciertas concesiones en tanto no comprometamos los principios básicos que nos guían. Y cuáles son esos, pensé, pero el programa fue a comerciales. En todo caso era sólo un especial de los mejores momentos del año 96 en dicho programa de Rock&Pop.
Nuestro país del general en retiro Stange, mirando algunos libros, en una librería de Providencia, unas semanas después de la muerte de José Donoso. ¿Leerá a Donoso Stange?
Claro, como ya nada sorprende, en la Feria del Disco uno encuentra la música de Quilapayún en el rubro de folclor, al lado de Inti y de Los Huasos Quincheros, en una esquina. Alanis Morrissette, Hootie and the Blowfish, Julio Iglesia y su Tango, hasta Laura Pausini. Lo demás a la esquina, a la historia, a pasar desapercibido en una esquina de la Feria del Disco, o una esquina de Providencia, mirando libros, el general Stange, Quilapayún, el folclor chileno.
Compro diez compact discs, pago con tarjeta de crédito. Cero problema. Me dan bolsita, me dicen gracias, vuelva pronto, feliz año nuevo. Es el Chile nuevo, el del marketing, el del customer service. Yo feliz, con mi música, salgo a la calle calurosa de providencia, es sábado, mi primer sábado en el país, con Quilapayún, Stange y los carabineros que no arrestan a los vendedores ambulantes. Me despido de la Paola en la esquina, es Santiago, el calor de Providencia, un 28 de diciembre, como para no creerlo.
Al final tuve que volver a esa Feria del Disco por obligación, dos semanas después. Ultimo viernes en Santiago, comprando los últimos encargos. Faltó el compact disc de la Garra Blanca, con todas las canciones de la Garra Blanca, para que uno las cante, se las sepa. Sólo $7,500 pesos, vale la pena, para todos los colocolinos. Y para no perder la ocasión, llevemos también dos de cuecas, uno de Alberto Plaza y otro de los Cuatro Cuartos. Los de Quilapayún e Inti-Illimani, Victor Jara y los Parra salen más baratos en Chicago.
Su carné, dice terminantemente la cajera de la Feria del Disco del paseo Ahumada, la que queda más cerca de la plaza de armas.
No tengo carné, le digo, sin cerciorarme de si ando trayendo o no el carné de identidad. Pero no importa, insisto, he comprado sin carné, además esa tarjeta de crédito está expedida en Estados Unidos así que no tiene nada que ver con el carné chileno.
No le puedo vender si no tiene carné, dice, terminantemente la mujer.
¿Y de dónde sacó usted eso?
No se puede no más.
¿Y quién le dijo que no se podía? Yo he comprado en todos estos lugares sin mostrar carné, aquí tengo un recibo de otra Feria del Disco y el comprobante no tiene mi número de carné.
Si no tiene carné no le puedo vender, me dice terminantemente.
Oígame, le digo molesto. Y si yo fuera un turista extranjero, ¿me vende?
Claro, porque es turista extranjero.
Gracias por suponer que soy chileno, le digo. No sabe cuánto me alegra que por fin alguien me haya reconocido en forma inmediata y sin cuestionamiento mi condición de chileno, pienso. Bueno, pues, le digo. Yo no soy chileno así que vaya recibiendo mi tarjeta no más.
No, usted es chileno, me dice, y se niega a aceptar la tarjeta.
¡Déjeme hablar con el gerente!
Llamen a don Mario (los nombres han sido cambiados para protejer la verdadera identidad de los huevones), dice la señorita.
Llega un señor gordo, petulante. A ver, ¿cuál es el problema?
Este señor no tiene carné.
No necesito carné, no soy chileno. Quiero comprar estos discos.
Y para qué quiere comprar estos discos si no es chileno.
¿Y qué le importa a usted?
Muéstreme su pasaporte, dice el gordo.
Muéstreme su identificación de policía internacional le digo, ya molesto.
Si no me muestra el pasaporte no le vendo.
O sea, usted me va a decir que aquí le piden pasaporte a cada extranjero que llega a comprar música.
No, porque los demás si son extranjeros.
A ver, y para qué quiere ver el pasaporte.
Para saber si la tarjeta es suya o no.
Y que se urge usted, si la tarjeta pasa el cargo es válido. Le puedo mostrar si quiere mi licencia de conducir de Estados Unidos.
No, tiene que ser el pasaporte.
Mire, sabe que más, quédese con sus discos, y muchas gracias, me acaba de dar una gran idea, se ganó un puesto en mi crónica.
Váyase no más, en ninguna parte le van a vender sin carné, dice, amenazador, el viejo gordo.
Me paro. Me detengo en seco, me doy vuelta. Oígame, le digo, ya me acaban de vender en otra Feria del Disco y nadie me pidió nada. Al menos deberían tener una política uniforme en todas las tiendas, ¿no le parece?
No me dice nada. Me quedo ahí parado.
¿Se va a quedar?
¿Ahora no se puede mirar acaso?
Haga lo que quiera.
Claro que hago lo que quiero, dentro de los márgenes de lo razonable, si yo soy el cliente y ustedes me han tratado super mal.
Coño, pinches reglas inventadas, digo, y salgo del lugar. A lo mejor de verdad que no era chileno, dice una de las tantas dependientes de ese local. Es viernes de tarde, Santiago, capital del jaguar, claro, si no tiene carné tenga cuidado, a lo mejor lo rasguña el gato.
Las Chilenas
Nada nuevo que decir, salvo que toman la micro. Y allí se encaraman con sus mejores pintas de sábado por la noche y se van a Bellavista, a Plaza Nuñoa. Las más afortunadas, y no son pocas, llegan en auto. Pero muchas se bajan de las micros. Las contaba y las veía bajar de cada una de las micros en Plaza Nuñoa, mientras esperaba a Erika. Y a qué hora van a llegar, me decía. Ya estaba que me iba.
Es que en este país dicen 10 y llegan a las 11. Y yo, que tomé taxi desde las Condes para llegar a la hora. Nada en esta micro, tampoco en la otra. Ya me recorrí toda la plaza, revisé todos los libros, todos los objetos artesanales, ya me di todas las vueltas, y nada.
Entre argentinas, brasileñas y chilenas, cuales te gustan más, me preguntó el Loly. De todos, me gustaron más los brasileños. Hombres y mujeres. Raza particular, linda. Los argentinos vienen después. Las chilenas me gustan porque son chilenas, por el acento, y porque yo soy chileno. Pero si fuera gringo, preferiría el Brasil, pienso. No lo digo. En Plaza Nuñoa intentó hacer un catastro general de la mujer chilena, en contexto sudamericano. Es más baja que sus contrapartes argentinas y brasileñas (los hombres también), son más calladas, más tímidas si se quiere, también los hombres.
Las chilenas bonitas, concluyo, son las que tienen más rasgos indígenas. Las otras, las más europeas son eso, europeas, entran en otra categoría. De las mestizas, las nacionales, me quedo con las de pelo castaño oscuro, ojos pardos, pelo largo, liso, liso casi siempre. Partidura en el medio, sonrisa tímida, coqueta si se tienen esperanzas. Todas las chilenas tienen guata, dice el Além. Es el pan. Los chilenos también, pero es la cerveza. Las chilenas tienen guata y tienen las piernas cortas, gorditas. La nariz recta, puntiaguda, los pómulos marcados.
De todas me quedo con las que se pasean en el metro o en Plaza Nuñoa, con su jeans, sus blusas o poleras, sobrinos o hermanos de la mano, alguna bolsita, encargo eterno. Es vacaciones, no hay obligaciones universitarias o educativas en general. Me gustan cuando caminan libremente junto a su pareja, de la mano, lo apretan de la cintura, se dan vuelta, lo miran, lo buscan con un beso. El huevón, muy ahí, las besa cortito, luego mira para afuera de la micro, para el otro lado del metro, como buscando a alguien. No les presta atención. Ellas felices se quedan tranquilas, o insisten por más, esporádicamente reclaman, ¡aaaah, que soi pesado tu oh!, o, cuando la situación se complica, un ¡Uno de estos días te voy a mandar a la chucha no más huevón!
Son las chilenas, las que no quieren ser europeas, las que no quieren copiar la moda argentina ni brasileña, es la mujer chilena, la que va de compras, la que busca a su hermanito o sobrino, echa una mirada, agarra su bolso, se afirma en la micro, empuja y gana su lugar en el metro, la aniñada, que se viste con sus vestidos floreados en el verano, se hace su partidura en el pelo, o sus trenzas, se proteje, cuando quiere, en los brazos semidesinteresados de su pololo o cuando se termina de hinchar con un huevón en la micro le grita, y vos que andaí mirando huevón.
No, me quedo con las chilenas, por aniñadas, por sus pómulos marcados, su pelo liso, sus piernas cortas, pero principalmente por su ¡ya po, dame un beso!
El Otro Chile, Lonquén
La entrada a los Hornos de Lonquen está cerrada. Hay un gran portón que prohibe el paso y una amenaza vedada. Hace calor, hay sequía y aunque el Eugenio se quiere animar a entrar, los demás lo desanimanos, si total no importa. Aquí ya está bien. Total lo dinamitaron igual.
La gente aquí se conoce toda, lo raro del momento político del 73 es que los que detuvieron y mataron conocían a sus víctimas por sus nombres. A tanto llegó el odio. Concordamos con Eugenio en que es difícil, 23 años después, entender cómo se pudo gestar tanto odio. Vamos a Lonquén, domingo de mañana, con Eugenio y su familia, su esposa y su hija, y un amigo que acaba de llegar de Alemania.
Nos alejamos de Santiago, es domingo y la ciudad despierta. Al salir encontramos gente en bicicleta, algunas carretas y casas de adobe, se venden humitas y empanadas en los hornos de barro. Vamos a parar a comer. Hay sandías y melones, duraznos, niños jugando en los patios, debajo de los parrones, moscas, calor, autos que se escapan a Isla de Maipo.
Aquí han construido muchas casas nuevas, sigue Eugenio, con pésimo gusto, algunos le han puesto portones a la entrada al mejor estilo Dallas o Falcon Crest. Muy tacky, dirían en Estados Unidos. Todo el mundo se está viniendo a hacer sus casas por aquí. Más allá de Isla de Maipo la familia Cardoén compró un terreno, cerró el camino, parece que van a hacer un lugar para reuniones.
El río pasa casi seco, nos vamos a visitar una mina abandonada, subimos, el polvo, allá abajo corren unos caballos junto al río, mas allá una micro amarilla de Santiago con un grupo de gente que se vino de pic-nic, el eterno partido de fútbol. Si estuviéramos en el sur debería haber una trilla. Pero es Isla de Maipo, a unos cuántos kilómetros de la nube negra de la capital. La sequía afectó mucho este año, nos dicen, y además como Santiago está creciendo tanto. Los jóvenes se quieren ir a Santiago apenas pueden y no regresan más. Este pueblo se va a convertir en dormitorio de Santiago.
De aquí era Victor Jara, digo. No sabía dice Eugenio, que en sus días en Alemania, y de esto doy fe, recordaba a su Isla de Maipo. Aquí pintamos un letrero grande con el No, explica, y aquí hicimos el primer rally del No, aquí estaba la sede de la campaña. Vamos a ver que pasa en las elecciones del 97.
Así fue ganando el No, pueblo a pueblo, mesa a mesa. Miles de Eugenios que se organizaron en el país. Algunos todavía conservan algunos recuerdos, fotos, historias, anécdotas. Era peligroso dice la mamá, se quedaba un auto de carabineros, una patrulla en la esquina de la casa para ver a qué hora llegaba Eugenio. Si estaban siempre durmiendo, dice Eugenio, yo les tocaba la bocina cuando llegaba, para que se pudieran ir. Y todos reímos. Pero al fondo están los hornos, y en el cementerio hay una placa recordatorias de los brutalmente asesinados el 73, Los Maureira, Astudillo, Hernández. El verso de Neruda adorna la piedra del cementerio aquel, abierto los domingos, una señora que vende flores saluda a Eugenio, un perro ladra, es Isla de Maipo, a unos kilómetros de Santiago: "Aunque los pasos toquen mil años este sitio no borrará la sangre de los que aquí cayeron y no se extinguirá la hora en que caiste aunque miles de voces crucen este silencio."
Así se recuerda a los caídos, a los muertos, a las víctimas de una época de odio. Así se ganó el plebiscito, en cada pueblo, en cada barrio, en cada casa. Y ahora Isla de Maipo espera su fin, las casas de ricos que se construyen a la salida de Santiago, la ciudad que crece, el río que se seca, la nube de smog que acecha, el campo que se compró Cardoen. Es otro el Chile de hoy, es la televisión por cable, son los primos de Eugenio que se van de gira de estudios a Brasil, juntaron plata y se va todo el curso.
En otra parte del país a esa hora, se ultimaban los detalles, la gran fuga sería el lunes. En la calma, el letargo, la convalescencia de un pueblo que pudiera estar agonizando, nosotros disfrutamos del calor de la tarde, de una sandía, de un paseo por caminos de polvo, de los galopes distantes y de la micro de Santiago que se vino a pasear por el día y del partido inolvidable que jugaron. La fuga. Eso es mañana lunes.
Por la noche Santiago da modorra, se siente en el ambiente. El día lo termino en Naintún, un café alternativo, cerca de metro estación República, un gran lugar, buena librería. Cuando Lucho Cifuentes me dio el nombre del lugar, pensé que me había dicho Nine Tunes, no dije nada. Entendí después. Y ahí con el Lucho, la noche antes de la fuga, hablamos de Chile, del exilio un poco, de los desafíos que estaban por delante, de Lagos el 99, para qué.
Lagos el 99, ¿para qué?
El 99 Lagos va fijo, de eso no cabe duda. Y es que Lagos es el candidato presidencial con la campaña más larga en la historia de Chile. La comenzó simbólicamente en aquel programa de la televisón, cuando el dedo.... Pero a lo mejor lo pensó mucho antes, a lo mejor en sus años en la Universidad de Duke en Carolina del Norte, o después, cuando estaba intentanto construir el PPD. Lagos, el candidato perenne.
Después del abrazo con Aylwin el 5 de octubre del 88, Lagos sabía que no era ese su tiempo. Tenía que venir la transición de Aylwin. Lagos quería el senado. Pero no alcanzó. Dedicándose a hacer campaña por los candidatos de izquierda de la Concertación, y tomando en cuenta que un sector importante del PS estaba fuera de la Concertación, en el PAIS, Lagos descuidó su campaña senatorial por Santiago Poniente y cuando llegó la hora de contar los votos, Andrés Zaldivar le había ganado y los votos de ambos juntos no lograban doblar los obtenidos por la dupla Guzmán-Otero. Lagos quedaba fuera del senado.
Más allá del mérito cuestionable de una ley electoral que deja fuera del senado a un candidato que sacó 400,000 votos en un país de 7 millones de votantes, lo cierto es que esa navidad de 1989 debe haber sido difícil para el abogado, economista y político. La unión del Partido Socialista después de la elección y la consolidación de la alianza PPD-PS fueron sus temas y su dedicación por los siguentes meses. Luego vino el ministerio de educación, difícil tarea para el abanderado electoral de la izquierda.
Las elecciones del 93 lo vieron intentar, en serio, una candidatura presidencial por la Concertación. Pero ese tampoco sería su momento. El motor de la DC y la fuerza electoral de Eduardo Frei pudieron más que los esfuerzos combinados de Laguistas e izquierdistas concertacionistas en general. Lagos no sería candidato, hubo primarias y las perdió, pero Frei se sentía en deuda y así lo evidenció cuando nombró a Lagos al ministerio más popular, Obras Públicas. Los puentes, los caminos no se van a huelga. Los caminos no se despiden, sólo se construyen y se renuevan. La mejor plataforma electoral posible para Lagos. Bueno, la segunda mejor, la mejor sería desde el Senado, como líder de la Concertación, habiendo obtenido una gran mayoría electoral en su distrito. Así se presentó Frei, eso lo terminó de impulsar después del 89.
Y ahora es febrero del 97 y hay elecciones de senadores a final de año, Santiago de nuevo. Y Lagos está allí pensando. El hombre que no tuvo miedo de apuntar directamente a la cámara y decirle a Pinochet que era un mentiroso cuando en Chile todavía reinaba la dictadura, ahora duda. Lagos no sabe si irá de candidato a senador por Santiago. La razón, miedo. ¿Y si Lagos pierde?
El que no tuvo temor de mirar la cámara y hablarle directamente al general, representando con ese gesto el sentir de millones de chilenos, tiene miedo de enfrentar al pueblo en las urnas. Y si Lagos pierde, me dijo un miembro del PS. ¿Y si Lagos pierde? me dijo un miembro del gobierno. Es mejor que no se presente, porque puede perder.
Independientemente de lo que pase en diciembre, con una campaña senatorial con o sin Ricardo Lagos, lo cierto es que la permanencia de la Concertación pasa, necesariamente, por la alternancia de poder entre la DC y la izquierda. Si Lagos no es el candidato, entonces ya no hay Concertación, así de simple. Eso lo sabe un sector importante de la DC y de eso está convencido el sector PPD-PS. O Lagos o nada. Y Lagos es el candidato indiscutido de la izquierda concertacionista. Podrían haber otros, pero eso está fuera de discusión. Lagos o nadie.
Y no sé hasta qué grado esta falta de diálogo dentro de la misma izquierda concertacionista le ha hecho bien o mal a las posibilidades de la izquierda dentro de la Concertación o al mismo Lagos. Pero lo cierto es que dentro del mundo izquierdista, o progresista como prefiero llamarlo, de la Concertación hay un solo candidato: Ricardo Lagos.
Y si no es Lagos el 99, entonces no hay Concertación. Por esas razones y otras que huelga mencionar aquí es muy posible que Lagos sea el candidato de la Concertación. En todo caso la gran pregunta no es tanto si Lagos será o no el candidato, lo que aquí cabe es saber ¿qué hará Lagos si sale electo presidente?
La situación actual del país es de estabilidad. Tanta estabilidad que parece aburrimiento. Estabilidad económica que hace muy bien, inflación bajo control, tasas de crecimiento estables y altas. Claro, falta mejor el aspecto de la distribución, pero no es mucho lo que el gobierno puede hacer a corto plazo. Aquí todas las políticas pasan son de mediano y largo plazo. Está la necesidad de hacer la reforma educacional y la reforma de salud. Pero esas son iniciativas que ya comenzó el presidente Frei y que seguramente serán el tema de sus tres últimos años en el poder.
Está la necesidad de democratizar al país, por el lado de la participación y de la institucionalidad. La segunda la acaba de retomar, como agenda de trabajo, Eduardo Frei y su éxito va a depender de la habilidad negociadora que pueda demostrar el presidente en este año crucial en que el general Pinochet pasa a retiro, y simbólicamente se termina el proceso de transición, y se acaba el periodo de los senadores designados. Y ojalá que pase la reforma constitucional este año, porque de no pasar, entonces mucho menos pasará con un socialista de presidente.
Por el lado de la participación, ahí hay mucho que hacer y la Concertación, y la DC en particular, se han caracterizado por intentar reducir el nivel de participación popular en la vida política nacional. Las celebraciones en masas, los grandes actos y la participación ciudadana, y hasta partidaria, en la toma de decisiones es algo que no gusta mucho en la DC. Los acuerdos negociados por las grandes cúpulas parecen ser el formato preferido de la DC de los 90. Lagos podría ser diferente. De hecho, sugeriré que bajo un gobierno Lagos las cosas tendrían que ser diferentes.
O sea, dado que la reforma educacional y la de salud serán éxito o fracaso con Frei, pero de todos modos ya son iniciativas Freistas, y dado que la reforma constitucional es una iniciativa concertacionista que data ya de 1989, la marca de un gobierno de Lagos tiene necesariamente que pasar por otra parte. Más aún, si "Lagos" es en realidad una proxy para decir "progresismo" o "izquierda renovada", entonces tiene que haber un programa claro y definido de cuáles serán los objetivos a lograr en un gobierno de Lagos.
Aquí está en juego una gamma amplia de intereses. Está desde la misión histórica encomendada en su momento, y pareciera que en otro mundo, por Allende el 11 de septiembre, la de las grandes alamedas, y está también el país del futuro, el del libre mercado, el de las exportaciones y la inserción en una economía global en la era del GATT, NAFTA e Internet. ¿Cómo conciliar ambas cosas?
¿Cómo concilar el discurso de Schaulson que pide privatizar Codelco, en aras de la modernidad y la eficiencia con el de Camilo Escalona que pide mayor participación del estado en areas económicas claves?
Pero es más que eso, ¿cómo se plantea claramente la diferencia entre la DC y la izquierda de la Concertación que no sólo justifiquen, sino que hagan imperativo, un cambio en el timón de mando del gobierno concertacionista?
Aquí, a mi modo de ver, las cosas pasan por lo laico y lo clerical. El gobierno de Lagos, a diferencia de los gobiernos concertacionistas de la iglesia católica, será un gobierno laico. Las grandes discusiones sobre la ley de divorcio, la censura en la televisón y el cine, en internet, la libertad de prensa, el uniforme en las escuelas, las atribuciones de la policía y la seguridad ciudadana, la reforma del sistema judicial y en general los valores morales (y su interacción con los económicos) tienen que pasar a ser los grandes temas que diferencien la opción Lagos de la opción DC dentro de la Concertación.
Es iluso entrar a discutir el modelo económico vigente, en particular porque ha producido 10 años de crecimiento continuo. Podemos, y debemos, discutir las políticas de redistribución de la riqueza, las acciones que ayudaran a que todos disfruten de esa riqueza generada. Y eso lo hace la Concertación y Lagos, de llegar a ser presidente, debería hacerlo con más fuerza.
Pero insisto, la diferencia vital entre Lagos y la DC, entre el progresismo y la DC dentro de la Concertación será el grado de libertades individuales en lo no económico que ambas ofrezcan. Sobra decir que la derecha aparentemente restringe la inteligencia del individuo al espectro económico, porque fuera de las AFP, ISAPRE y la bolsa, la derecha cree que los chilenos no son confiables, y hay que ponerles a alguien que los frene en el senado, en la Corte Suprema, hay que guardar a los militares y tenerlos listos por si acaso, hay que determinar qué ve y qué no ven. La derecha en materia de libertad es miope.
La DC, en cambio, es más consistente, lisa y llanamente no confía en que la gente pueda tener la inteligencia para decidir lo que es bueno para ellos. La DC necesita siempre, precisa y requiere de la guía de la iglesia, de que los más iluminados enseñen el camino. Ya sea para elegir al presidente del partido, a los candidatos o para determinar si corresponde o no el divorcio, el modelo de representación popular de la DC es jerárquico y va en dirección equivocada, de arriba para abajo.
La gran opción la tiene la izquierda, porque puede plantear un modelo de representación democrática de abajo hacia arriba, algo que se fundamente y base en las opinones de los ciudadanos como votantes, electores, padres, dueños de sus televisores, de sus vientres y de sus vidas. Una sociedad donde el estado sirva a los electores y donde el partido en el poder represente los intereses de los votantes y no se crea el educador, el déspota ilustrado.
Claro, ese el gran desafío de la izquierda para el 97. Y en la medida que lo logre se planteará una alternativa válida, convincente y saludable para el país. Para eso el 99 necesitamos un presidente progresista. Una lástima que, en todo caso, el primer paso de este gran programa participativo, el gran programa que toma en serio lo que la gente quiere, que defiende a brazo partido la democracia y la mayor participación en la toma de decisiones por parte de los afectador, una lastima que el gran programa democratizador y progresista del proximo siglo no haya partido por un gran diálogo que diera como resultado la elección del candidato de este gran conglomerado de izquierda. De haber sido así el debate hubiera mejorado, hubiera quedado más claro y probablemente, y de eso hasta podría dar fe, el candidato progresista de la Concertación hubiera sido el mismo.
El Play Boy
El Año Nuevo en el Mar
Puerto Saavedra (Crónica de Erika)
Te vi primero que a nadie. Ahí venías, con la sonrisa espontánea, con la alegría inevitable que se tiene cuando uno va a buscar a alguien al aeropuerto, aún a alguien que uno apenas conoce, y cuya presencia poco importa. Es la alegría del reencuentro, el vencer la distancia lo que nos hace sentir esa solidaridad con los que llegan, con los que se encuentran después de tanto.
Lo cierto es que de no haber mediado el jueguito aquel en Bellavista, este asunto no hubiera pasado del aeropuerto o de la necesaria e inevitable invitación a comer algo cuando llegamos al centro de Santiago.
Que hayamos terminado en Providencia fue accidental y en parte fue porque yo tenía que hacer algo al mediodía. la confusión de Barros Luco con Barros Jarpa hubiera también podido pasar al olvido de no ser, de nuevo, porque en Bellavista empezamos esa discusión sobre el pelo suelto y el pelo tomado.
Todo, de hecho, hubiera quedado en el consabido olvido de no ser porque me puse a leerte en Bellavista esos poemas de Ernesto Cardenal. Ajora miro el libro en mi estante, allí está, con la estampa del poeta, dormido, como la ciudad, y lo repaso, no siento la misma magia que al leerlo al aire libre, ese sábado en la noche, en Bellavista.
Yo me suelto el pelo cuando quiero y si me lo suelto no es porque tu me lo hayas pedido. Del mismo modo, si me lo dejo tomado tampoco es porque tu hayas dicho algo. Lo que tu digas no tiene absolutamente nada que ver con lo que yo haga con mi pelo. Que te quede claro, si me lo dejo tomado no es para llevarte la contra, es lisa y llanamente porque a mi se me antojo.
Me fascinan las muchachas peleadoras, le dije. No sé si me habrá alcanzado a escuchar, se fue a mirar unos aretes que quería comprar y que al final nunca llegó a comprar. En un momento de descuido, y aquí debo reconocer que no hubo ni un ápice de coquetería de su parte, logré hacerme de su bandita elástica con que en ocasiones se tomaba el pelo. Ahora me la dejo, le dije, y me la dejé, más por joder que por nada.
Pensándolo bien, hasta esa noche en Bellavista pudiera haber sido perfectamente olvidable de no haber sido por el incidente del pelo suelto.
Erika, 20 años, soltera, residente en Santiago, delgada, flaca diría ella, anémica si se quiere, pelo castaño claro, largo, liso, desordenado. Yo no me arreglo cuando salgo, dice. Se nota, le replico. No importa poh, dice. Claro que no. Ya, po. Ya. ¿Quieres ver tus aretes entonces?
Tu andai aburrido, me dice, sorprendiendo. Si querís nos vamos.
No, no estoy aburrido. Estar aquí en Bellavista, contigo, peleando, es de lo mas entretenido que me pudiera imaginar. Jamás pensé que sería tan complicado encontrar unos aretes. Me estoy educando.
Oye, pero no estís aburrido, viste que nos vas a hacer senti mal!
Bueno, entonces nos vamos al sur el jueves. Bueno.
Te acompaís aburrido, viste que nos vas a hacer senti mal!
Bueno, entonces nos vamos al sur el jueves. Bueno.
Te acompañe al taxi. Te aburriste, me dices. El jueves hablamos, le contesto.
Y al final no te fuiste conmigo. Ese día me fui solo al sur. Pero no importa. Ya no te hablo mas, te dije. Olvidate que nos volvemos a hablar en la vida.
Ay, si, se enojó, dices, burlándote. ¡Oye! Si voy a ir, sólo que no contigo. Me voy el sábado. Es lo mismo. No te pongai.
Chao no más.
caho po.
Te sorprendiste cuando al bajarte del bus me viste esperándote. Y mi hermana. Se fue, te digo. Nadie te vino a buscar, salvo yo. Vamos. ¿En serio? Si, si me pidió que te viniera a buscar.
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Las elecciones del 93 lo vieron intentar, en serio, una candidatura presidencial por la Concertación. Pero ese tampoco sería su momento. El motor de la DC y la fuerza electoral de Eduardo Frei pudieron más que los esfuerzos combinados de Laguistas e izquierdistas concertacionistas en general. Lagos no sería candidato, hubo primarias y las perdió, pero Frei se sentía en deuda y así lo evidenció cuando nombró a Lagos al ministerio más popular, Obras Públicas. Los puentes, los caminos no se van a huelga. Los caminos no se despiden, sólo se construyen y se renuevan. La mejor plataforma electoral posible para Lagos. Bueno, la segunda mejor, la mejor sería desde el Senado, como líder de la Concertación, habiendo obtenido una gran mayoría electoral en su distrito. Así se presentó Frei, eso lo terminó de impulsar después del 89.
Y ahora es febrero del 97 y hay elecciones de senadores a final de año, Santiago de nuevo. Y Lagos está allí pensando. El hombre que no tuvo miedo de apuntar directamente a la cámara y decirle a Pinochet que era un mentiroso cuando en Chile todavía reinaba la dictadura, ahora duda. Lagos no sabe si irá de candidato a senador por Santiago. La razón, miedo. ¿Y si Lagos pierde?
El que no tuvo temor de mirar la cámara y hablarle directamente al general, representando con ese gesto el sentir de millones de chilenos, tiene miedo de enfrentar al pueblo en las urnas. Y si Lagos pierde, me dijo un miembro del PS. ¿Y si Lagos pierde? me dijo un miembro del gobierno. Es mejor que no se presente, porque puede perder.
Independientemente de lo que pase en diciembre, con una campaña senatorial con o sin Ricardo Lagos, lo cierto es que la permanencia de la Concertación pasa, necesariamente, por la alternancia de poder entre la DC y la izquierda. Si Lagos no es el candidato, entonces ya no hay Concertación, así de simple. Eso lo sabe un sector importante de la DC y de eso está convencido el sector PPD-PS. O Lagos o nada. Y Lagos es el candidato indiscutido de la izquierda concertacionista. Podrían haber otros, pero eso está fuera de discusión. Lagos o nadie.
Y no sé hasta qué grado esta falta de diálogo dentro de la misma izquierda concertacionista le ha hecho bien o mal a las posibilidades de la izquierda dentro de la Concertación o al mismo Lagos. Pero lo cierto es que dentro del mundo izquierdista, o progresista como prefiero llamarlo, de la Concertación hay un solo candidato: Ricardo Lagos.
Y si no es Lagos el 99, entonces no hay Concertación. Por esas razones y otras que huelga mencionar aquí es muy posible que Lagos sea el candidato de la Concertación. En todo caso la gran pregunta no es tanto si Lagos será o no el candidato, lo que aquí cabe es saber ¿qué hará Lagos si sale electo presidente?
La situación actual del país es de estabilidad. Tanta estabilidad que parece aburrimiento. Estabilidad económica que hace muy bien, inflación bajo control, tasas de crecimiento estables y altas. Claro, falta mejor el aspecto de la distribución, pero no es mucho lo que el gobierno puede hacer a corto plazo. Aquí todas las políticas pasan son de mediano y largo plazo. Está la necesidad de hacer la reforma educacional y la reforma de salud. Pero esas son iniciativas que ya comenzó el presidente Frei y que seguramente serán el tema de sus tres últimos años en el poder.
Está la necesidad de democratizar al país, por el lado de la participación y de la institucionalidad. La segunda la acaba de retomar, como agenda de trabajo, Eduardo Frei y su éxito va a depender de la habilidad negociadora que pueda demostrar el presidente en este año crucial en que el general Pinochet pasa a retiro, y simbólicamente se termina el proceso de transición, y se acaba el periodo de los senadores designados. Y ojalá que pase la reforma constitucional este año, porque de no pasar, entonces mucho menos pasará con un socialista de presidente.
Por el lado de la participación, ahí hay mucho que hacer y la Concertación, y la DC en particular, se han caracterizado por intentar reducir el nivel de participación popular en la vida política nacional. Las celebraciones en masas, los grandes actos y la participación ciudadana, y hasta partidaria, en la toma de decisiones es algo que no gusta mucho en la DC. Los acuerdos negociados por las grandes cúpulas parecen ser el formato preferido de la DC de los 90. Lagos podría ser diferente. De hecho, sugeriré que bajo un gobierno Lagos las cosas tendrían que ser diferentes.
O sea, dado que la reforma educacional y la de salud serán éxito o fracaso con Frei, pero de todos modos ya son iniciativas Freistas, y dado que la reforma constitucional es una iniciativa concertacionista que data ya de 1989, la marca de un gobierno de Lagos tiene necesariamente que pasar por otra parte. Más aún, si "Lagos" es en realidad una proxy para decir "progresismo" o "izquierda renovada", entonces tiene que haber un programa claro y definido de cuáles serán los objetivos a lograr en un gobierno de Lagos.
Aquí está en juego una gamma amplia de intereses. Está desde la misión histórica encomendada en su momento, y pareciera que en otro mundo, por Allende el 11 de septiembre, la de las grandes alamedas, y está también el país del futuro, el del libre mercado, el de las exportaciones y la inserción en una economía global en la era del GATT, NAFTA e Internet. ¿Cómo conciliar ambas cosas?
¿Cómo concilar el discurso de Schaulson que pide privatizar Codelco, en aras de la modernidad y la eficiencia con el de Camilo Escalona que pide mayor participación del estado en areas económicas claves?
Pero es más que eso, ¿cómo se plantea claramente la diferencia entre la DC y la izquierda de la Concertación que no sólo justifiquen, sino que hagan imperativo, un cambio en el timón de mando del gobierno concertacionista?
Aquí, a mi modo de ver, las cosas pasan por lo laico y lo clerical. El gobierno de Lagos, a diferencia de los gobiernos concertacionistas de la iglesia católica, será un gobierno laico. Las grandes discusiones sobre la ley de divorcio, la censura en la televisón y el cine, en internet, la libertad de prensa, el uniforme en las escuelas, las atribuciones de la policía y la seguridad ciudadana, la reforma del sistema judicial y en general los valores morales (y su interacción con los económicos) tienen que pasar a ser los grandes temas que diferencien la opción Lagos de la opción DC dentro de la Concertación.
Es iluso entrar a discutir el modelo económico vigente, en particular porque ha producido 10 años de crecimiento continuo. Podemos, y debemos, discutir las políticas de redistribución de la riqueza, las acciones que ayudaran a que todos disfruten de esa riqueza generada. Y eso lo hace la Concertación y Lagos, de llegar a ser presidente, debería hacerlo con más fuerza.
Pero insisto, la diferencia vital entre Lagos y la DC, entre el progresismo y la DC dentro de la Concertación será el grado de libertades individuales en lo no económico que ambas ofrezcan. Sobra decir que la derecha aparentemente restringe la inteligencia del individuo al espectro económico, porque fuera de las AFP, ISAPRE y la bolsa, la derecha cree que los chilenos no son confiables, y hay que ponerles a alguien que los frene en el senado, en la Corte Suprema, hay que guardar a los militares y tenerlos listos por si acaso, hay que determinar qué ve y qué no ven. La derecha en materia de libertad es miope.
La DC, en cambio, es más consistente, lisa y llanamente no confía en que la gente pueda tener la inteligencia para decidir lo que es bueno para ellos. La DC necesita siempre, precisa y requiere de la guía de la iglesia, de que los más iluminados enseñen el camino. Ya sea para elegir al presidente del partido, a los candidatos o para determinar si corresponde o no el divorcio, el modelo de representación popular de la DC es jerárquico y va en dirección equivocada, de arriba para abajo.
La gran opción la tiene la izquierda, porque puede plantear un modelo de representación democrática de abajo hacia arriba, algo que se fundamente y base en las opinones de los ciudadanos como votantes, electores, padres, dueños de sus televisores, de sus vientres y de sus vidas. Una sociedad donde el estado sirva a los electores y donde el partido en el poder represente los intereses de los votantes y no se crea el educador, el déspota ilustrado.
Claro, ese el gran desafío de la izquierda para el 97. Y en la medida que lo logre se planteará una alternativa válida, convincente y saludable para el país. Para eso el 99 necesitamos un presidente progresista. Una lástima que, en todo caso, el primer paso de este gran programa participativo, el gran programa que toma en serio lo que la gente quiere, que defiende a brazo partido la democracia y la mayor participación en la toma de decisiones por parte de los afectador, una lastima que el gran programa democratizador y progresista del proximo siglo no haya partido por un gran diálogo que diera como resultado la elección del candidato de este gran conglomerado de izquierda. De haber sido así el debate hubiera mejorado, hubiera quedado más claro y probablemente, y de eso hasta podría dar fe, el candidato progresista de la Concertación hubiera sido el mismo.
El Play Boy
El Año Nuevo en el Mar
Puerto Saavedra (Crónica de Erika)
Te vi primero que a nadie. Ahí venías, con la sonrisa espontánea, con la alegría inevitable que se tiene cuando uno va a buscar a alguien al aeropuerto, aún a alguien que uno apenas conoce, y cuya presencia poco importa. Es la alegría del reencuentro, el vencer la distancia lo que nos hace sentir esa solidaridad con los que llegan, con los que se encuentran después de tanto.
Lo cierto es que de no haber mediado el jueguito aquel en Bellavista, este asunto no hubiera pasado del aeropuerto o de la necesaria e inevitable invitación a comer algo cuando llegamos al centro de Santiago.
Que hayamos terminado en Providencia fue accidental y en parte fue porque yo tenía que hacer algo al mediodía. la confusión de Barros Luco con Barros Jarpa hubiera también podido pasar al olvido de no ser, de nuevo, porque en Bellavista empezamos esa discusión sobre el pelo suelto y el pelo tomado.
Todo, de hecho, hubiera quedado en el consabido olvido de no ser porque me puse a leerte en Bellavista esos poemas de Ernesto Cardenal. Ajora miro el libro en mi estante, allí está, con la estampa del poeta, dormido, como la ciudad, y lo repaso, no siento la misma magia que al leerlo al aire libre, ese sábado en la noche, en Bellavista.
Yo me suelto el pelo cuando quiero y si me lo suelto no es porque tu me lo hayas pedido. Del mismo modo, si me lo dejo tomado tampoco es porque tu hayas dicho algo. Lo que tu digas no tiene absolutamente nada que ver con lo que yo haga con mi pelo. Que te quede claro, si me lo dejo tomado no es para llevarte la contra, es lisa y llanamente porque a mi se me antojo.
Me fascinan las muchachas peleadoras, le dije. No sé si me habrá alcanzado a escuchar, se fue a mirar unos aretes que quería comprar y que al final nunca llegó a comprar. En un momento de descuido, y aquí debo reconocer que no hubo ni un ápice de coquetería de su parte, logré hacerme de su bandita elástica con que en ocasiones se tomaba el pelo. Ahora me la dejo, le dije, y me la dejé, más por joder que por nada.
Pensándolo bien, hasta esa noche en Bellavista pudiera haber sido perfectamente olvidable de no haber sido por el incidente del pelo suelto.
Erika, 20 años, soltera, residente en Santiago, delgada, flaca diría ella, anémica si se quiere, pelo castaño claro, largo, liso, desordenado. Yo no me arreglo cuando salgo, dice. Se nota, le replico. No importa poh, dice. Claro que no. Ya, po. Ya. ¿Quieres ver tus aretes entonces?
Tu andai aburrido, me dice, sorprendiendo. Si querís nos vamos.
No, no estoy aburrido. Estar aquí en Bellavista, contigo, peleando, es de lo mas entretenido que me pudiera imaginar. Jamás pensé que sería tan complicado encontrar unos aretes. Me estoy educando.
Oye, pero no estís aburrido, viste que nos vas a hacer senti mal!
Bueno, entonces nos vamos al sur el jueves. Bueno.
Te acompaís aburrido, viste que nos vas a hacer senti mal!
Bueno, entonces nos vamos al sur el jueves. Bueno.
Te acompañe al taxi. Te aburriste, me dices. El jueves hablamos, le contesto.
Y al final no te fuiste conmigo. Ese día me fui solo al sur. Pero no importa. Ya no te hablo mas, te dije. Olvidate que nos volvemos a hablar en la vida.
Ay, si, se enojó, dices, burlándote. ¡Oye! Si voy a ir, sólo que no contigo. Me voy el sábado. Es lo mismo. No te pongai.
Chao no más.
caho po.
Te sorprendiste cuando al bajarte del bus me viste esperándote. Y mi hermana. Se fue, te digo. Nadie te vino a buscar, salvo yo. Vamos. ¿En serio? Si, si me pidió que te viniera a buscar.
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