Crónicas de New York
Todo el sexo que un billete de dólar puede comprar (¡se sorprenderá!).
Patricio Navia
© Copyright Patricio Navia 1996
¿Qué se hace despues de salir del trabajo en New York? Si uno va a los restaurants pensará que ahí está toda la gente, es difícil encontrar asiento y generalmente cuando le traen la comida, le traen también la cuenta. Si en cambio se va al metro, la calor, el sudor de la gente y lo inútil que resulta el aire acondicionado de los carros cuando la gente se amontona como sardina hacen pensar que es ahí donde están los casi dos millones de personas que trabajan en Manhattan. Ir a la estación de buses interurbanos es lo mismo. Entrar al Grand Central Station es encontrarse con gente en carreras desesperadas a tomar los trenes que los llevaran a New Jersey, Connecticut y la parte insular del estado de New York. O bien podría pensar uno que la gente está en los puentes, en los túneles, en las carreteras, en unas congestiones de tráfico increíbles (al grado que los vendedores de períodicos vespertinos se pasean entre los autos ofreciendo sus productos, cuando se supone que uno no podría leer, porque tiene que ir manejando.
Pero no todos están ahí. Muchos están todavía en las oficinas, otros se fueron antes, muchos salieron de compras. Y para comprar, se va o a la Quinta Avenida o a Broadway a la altura de Times Square. En ambos lugares uno consigue más o menos lo mismo. Pero en la Quinta Avenida las cosas valen mucho más caro, y en Times Square, quién sabe cómo, parece que el tercer mundo y el viejo y gastado truco del regateo todavía se imponen. Y a Times Square fui, y entre turistas que tomaban fotos y miraban las obras de Broadway (los carteles más bien, porque las entradas a las obras cuestan caro --30 dólares galería si se compra el mismo día--) busqué entre las tiendas que tienen esos eternos letreros "going out of business", "must sell". Los letreros que dicen que la tienda acaba de quebrar y que deben liquidarlo todo al comienzo impresionan y uno se acerca a mirar las ofertas, las voces grabadas, con marcado acento árabe (a los que en Chile llamaríamos turcos), diciendo que el negocio cierra en una semana, que deben venderlo todo. Y los negocios, según cuentan los que más tiempo han vivido aquí, jamás cierran, siempre tienen los mismos letreros. Yo, al menos, doy testimonio que compré un modem en una de esas tiendas, que iba a cerrar en una semana, hace más de un mes.
Y entre tiendas y eso andaba cuando un tipo de aquellos que extienden la mano para pasar papeles que anuncian cosas, me extendió la mano, yo le recibí la hoja --siempre recibo lo que me dan, pues me contó una vez un tipo que lo que pasa es que a ellos le pagan por papeles entregados y no por hora, pero como hay tanta gente haciendo eso, es difícil distribuir los volantes, porque ya nadie los quiere recibir. Yo he juntado hasta 20 en un solo día.
El volante en cuestión decía, "Women, women, women" con letras rojas, como reflejando una desesperación, de esas del tipo "agua, agua, agua". Era, aparentemente un "multi-center sex place" (o cómo se le pueda decir). Pero el panfletito aseguraba que allí uno podría optar entre ver películas en cine, ver videos en pequeñas casetas privadas, ver mujeres bailando desde casetas privadas por sólo 25 centavos, ver mujeres bailando en bar, ver mujeres bailando en shows especiales, habar con alguna mujer directamente sobre lo que uno quisiera, leer revistas porno, comprar videos y materiales varios, revisar literatura en general, era como un centro de estudios, como una biblioteca, un museo, un zoológico, algo diferente.
¿Ir o no ir? ¡he ahí el dilema! ¡era gratis! Para los que piensan que dije no y no fui, aquí termina la crónica.
Para los que creen que fui, sigan leyendo. El local estaba al frente, tenía gigantescos letreros multicolores, luces de neón que prendían y apagaban, fotos, guardias con sombrero de copa a la entrada y yo caminé hacia el local y cuando iba a entrar, seguí derecho. ¡Ni huevón que estuviera!, pensé. ¿Y si me ven?
Al final, con la bala pasada y más por curiosidad y amor propio que nada, volví después de la vuelta a la manzana, agaché la cabeza y entré rápido. El tipo del sombrero de copa me abrió la puerta como si nada y cuando entraba vi a una familia entera que pasaba por fuera, vestían de turistas y miraban asombrados el local.
Una vez dentro, luces opacas, alfombra roja oscura y una escalera hacia el subsuelo. Bajé, dos guardias en la puerta me miraron. El sujeto, yo, vestía traje azul, corbata roja oscura, zapatos de buena calidad, sin duda un tipo decente. Me dejaron pasar. Una vez dentro me di cuenta que la gran mayoría de los presentes, sino todos, vestían trajes azules, corbatas oscuras, zapatos de buena calidad. Era el mundo ejecutivo de New York City. Aquí es donde se viene toda la gente después del trabajo, pensé. Por eso que por las tardes siempre me admira la cantidad de mujeres atractivas que se suben al metro, mucho más que hombres. Todos los hombres se vienen a tomar un traguito, o al menos varios.
Me senté en un rincón del bar, discretamente, lo suficientemente lejos del "stage" de baile para no verme envuelto en situaciones embarazosas, lo suficientemente cerca para poder ver.
Se me acercó una mecera que vestía una malla negra y tenía una colita de conejita, debía tener más de 30 años y se veía visiblemente cansada y con un muy seco saludo me preguntó qué quería tomar. Le pregunté cuánto costaban las cervezas. Diez dólares las nacionales, quince las importadas, me dijo como si nada. ¡Yo quiero una sola, no un paquete de seis!, le iba a decir, pero me imaginé que el precio era por una sola. Le pedí una Coca-cola porque pensé que serían más baratas, y lo eran, 8 dólares un vasito del porte de un diskette de 3 1/2. Andaba con una caja de diskettes y los comparé, el mismo tamaño, 3 1/2 pulgadas. 2 pulgadas de diámetro, y más encima tenía hielo hasta el tope. Le pasé ocho dolares más impresionado que molesto porque jamás había visto vasos tan chicos ni con tanto hielo (claro la entrada era gratis, ¡pero 8 dólares por esa cocacola!). La galla los recibe, los cuenta y me dice, casi gritando, aquí se dan propinas, ¿sabías?
Si, le dije, más impresionado aún (toda la imagen que por unos segundos tuve de mujeres hermosas bailando, a torso desnudo, ritmos árabes se desvaneció y apareció esta mujer con rostro de ogro dispuesta a quitarme hasta el último centavo que tenía), ¡pero se dan generalmente antes de que uno se vaya! Me expliqué. ¡Aquí no!, me cuasi gritó. Metí la mano al bolsillo y saqué los dos dólares, así al menos podría decir que la idea me costó diez dólares redondos. La actitud de la mujer cambió radicalmente, ¡thank you honey! me dijo y me sobó el pelo como si realmente me conociera y me apreciara (mujer ogra, pensé).
Y sacando un pedacito de hielo, pero sin tocar el líquido vital (bien vital, si se consideraba el costo) lo empecé a chupar mientras recorría con la vista el lugar. Había dos plataformas de baile y tres mújeres por plataforma (las tres blancas, noté enseguida, affirmative action). Bailaban lento al ritmo de la música y las luces de colores. Las tres vestían reducidos monokinis y para todos los efectos prácticos bien pudieran haberse quedado paradas sobre las plataformas y a la mayoría de la gente no les habría importado. No había ninguna mujer entre los concurrentes y la mayoría de la gente venía en grupos de tres, ¿por qué no vendrán en parejas?
Algunas muchachas caminaban con vestidos ajustados o bikinis por entre las mesas y se ofrecían para bailar sobre las mesas. Vi que un tipo le pasaba dos billetes de veinte a una que después se subió a la mesa, se quitó una polera del tipo tank y bailó por 5 minutos (anoté el tiempo). Luego se volvió a poner la polera, los tipos le pusieron algunos billetes de dólar en un cinto elástico que tenía en uno de sus muslos y se fue a otra mesa y así. Luego pasaron otras y mientras tanto las tres de la plataforma seguían bailando, lo hicieron al menos por quince minutos, luego las que habían estado yendo de mesa en mesa se iban a la plataforma y así cambiaban de turno.
Los mujeres estaban evidentemente aburridas. Se sacaban la ropa como quien lo hace cuando llega del trabajo, cansado. Luego se ponían a mirar el techo y se afirmaban contra los postes del centro. De rato en rato buscaban con la vista a los hombres sentados en el bar y en las mesas y dejaban la vista fija en uno, le hacían señas y el hombre iba a dejarles algunos billetes de dólar en un lazo en la entrepierna. Las mujeres eran jóvenes, todas en sus veintes supongo, y probablemente vivían de eso. Evidentemente estas mujeres no estaban obligadas a hacerlo o coartadas, como muchas prostitutas de la calle lo están por sus "pimps". Que sé yo, tal vez estudiantes, tal vez lo hacían para obtener algún ingreso adicional, a lo mejor se iban a casar, a lo mejor no tenían trabajo, a lo mejor no querían buscar otro trabajo. Me pasé unos minutos pensando por qué alguien trabajaría como bailarín erótico (y esto definitivamente no era erótico, era más bien patético) en algún lugar así, pero la verdad es que andaba totalmente perdido tratando de entender la lógica de todo esto.
Las meceras en tanto, pasaban a cada momento revisando si uno se había tomado lo que había ordenado. Yo no había probado mi cocacola cuando una trató de quitármela. La defendí como a mi propia vida, ni la he probado le dije, ¡perdón!, me dijo y siguió.
En una esquina había una mujer con una cámara polaroid tomando fotos a los clientes que posaban junto a las bailarinas topless, quince dólares la polaroid instantánea, decía un cartelito, bailarina a elección.
Al final me tomé la coca cola y decidí aventurarme por el lugar. Salí del bar y me metí en la "librería". Vendían todo tipo de revistas en todos los idiomas y temas posibles. Los estantes decían español, chino, portugués, italiano, francés, alemán, yidish, creole, ruso, entre otros. Luego algunos otros estantes estaban divididos temáticamente, mujeres, mujeres latinas, mujeres blancas, mujeres negras, mujeres asiáticas, mujeres indias, mujeres con hombres, mujeres con mujeres, mujer-mujer-hombre, mujer-mujer-otros, grupos, mujeres que en realidad son hombres, inter-raza, narrativas, sólo fotos, sólo dibujos, sólo chistes. Pensé que la clasificación era de la Biblioteca del Congreso, lo cubría todo. Luego estaban las revistas más famosas, por orden alfabético. Busqué Playboy, no estaba, tampoco la Penthouse, empezaban con la Hustler. Supongo que las otras eran muy "mainstream" ya que se pueden comprar en aeropuertos y librerías en general.
Entré a otra sala, los videos. La clasificación era más o menos similar, pero incluía memorabilia. Gigantescos posters de órganos sexuales, órganos sexuales de goma, todo tipo de utensilios, cadenas, pañuelos, amarras, ligas, gorros, espejos, etc.
Salí de ahí y fui al segundo piso. Entré a la sección de casetas privadas de video y leí las instrucciones. Inglés claro y simple: "deposite 25 C y elija el canal." Había 26 canales con películas diferentes que las repetían en cada canal. Puse mis 25 centavos y elegí el canal 7 (ABC, pensé). Le tomé el tiempo. La moneda de 25 centavos duró exactamente 45 segundos. Calculé que para una película de una hora se necesitarían 80 monedas de 25 centavos, o 20 dólares.
Salí de ahí y entré a los otros compartimentos personales, otra monedita de 25 centavos, y esta vez se elevó una cortina y adentro había una mujer, de raza negra, bailando completamente desnuda. En realidad la mujer no bailaba, estaba como apoyada contra una columna de metal en el centro y movía los brazos cansada, pero más que nada aburrida, llevaba un reloj en la muñeca. Comencé a contar la cantidad de ventanitas que tenían acceso a esa pieza y no alcancé a terminar, después de 30 segundos se bajó la cortinita. Ya llevaba gastados $10.50 en la aventura (el Museo Metropolitano de Arte me costó $5) así que decidí seguir avanzando y quedar para siempre con la incógnita de cuántas ventanitas había por pieza de baile.
Después pasé por el lado de unos tipos que venían saliendo de otros cubículos individuales donde podían conversar, por lo que decían, directamente con una mujer desnuda al otro lado de la ventana. Los tipos, todos de corbata y de unos 30 años de edad se reían porque aparentemente uno le había dicho a la mujer que se masturbara y la mujer lo estaba haciendo. $10 dolares costaban los cinco minutos en el cubículo, había diez mujeres diferentes para elegir.
Volví a bajar y una de las bailarinas del bar venía saliendo, totalmente vestida, con jeans y una polera, se despidió del guardia como quien se va del trabajo y se fue caminando con un tipo, también de jeans, Broadway arriba.
Miré al tipo de la puerta, un negro, de unos 50 años, se secaba el sudor debajo de su sombrero de copa. Entraron dos mujeres más, pensé serían bailarinas. Yo, después de volver a cruzar las miradas con el guardia, me dirigí a la puerta, salí. La noche en Broadway estaba relativamente fresca, había muchos turistas por todas partes y las luces de los teatros y los letreros luminosos de Times Square alumbraban la noche mágica de New York. Yo me fui a sentar al frente, a mirar como unos tipos jugaban ajedrez sobre un tablero de cartón, era el verano de NY.
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