Crónicas de Nueva York (II)

Patricio Navia

© Copyright Patricio Navia 1996

 

Luciano Pavarotti en el Central Park

Luciano Pavarotti cantó en el Central Park el sábado por la noche. El Central Park es uno de los mejores escenarios al aire libre que existen. Ubicado en el centro del parque, en un gran área verde que usualmente sirve como canchas de béisbol y fútbol, la ciudad monta un escenario que no necesita mucha ayuda, porque los rascacielos de Nueva York le sirven de adorno.

El Grand Lawn de Central Park se llena de gente mirando al sur, al escenario, y al otro espectáculo, el de las luces de la ciudad, los edificios de Manhattan. El aire es fresco, la noche está nublada, el día estuvo caluroso, hoy lunes, sentado con tantos otros en el parque escucho la Orquesta Filarmónica de Nueva York acompañar la puesta de sol y la coronación de luces en la noche de la ciudad. Dejo mis zapatos, corbata y saco sobre el césped y miro y escucho la música de la filarmónica y la música de la ciudad.

La ciudad es instrumentos de viento y cuerda que tocan solos y nosotros somos malos directores tratando de organizarlo todo. Miro el cielo y pienso que va a llover. La gente trae comida, bicicletas, patines, hijos, la gente trae globos que dejan volar libres en la mitad del concierto. Miro como se van los globos por el cielo de Manhattan y el concierto de pronto se convierte en canto fúnebre para los globos.

Yo soy un globo que vuelo hacia el sur, hacia el edificio de Citibank, viento norte, va a llover, luego me devuelvo y me voy al Bronx, viento sur, no llueve. La gente trae sus mascotas y yo, globo, miro todo desde arriba.

Pavarotti cantó el sabado aquí mismo, yo quería venir. De hecho, aunque tarde, llegué. Perdí el tren de las 6 pm en Jefferson City, en Long Island, porque la conversación con Sergio Mendoza, su esposa Daniela, Valeria (hermana de Daniela) y José Manuel (aunque José Manuel no habló nada), algunos amigos de la familia Mendoza, mis co-viajeros Pancho y Gabriela Ramírez, y mi hermano Benjamin, estuvo muy interesante y no nos dimos cuenta cómo se pasaba el tiempo. O sea, Sergio Mendoza es completamente responsable de lo que pasó después.

Llegamos a Penn Station después de las 9 p.m. y de allí nos fuimos rápido a Central Park. Al acercarnos nos encontramos con las camisetas de Pavarotti a $5 cada una, con los posters, las tarjetas, las bebidas y los vendedores ambulantes. Los autos que pasaban iban con ventanas abiertas y por todos lados se escuchaba la voz poderosa de Pavarotti cantando en el Parque.

Cuando por fin llegamos al Parque, a la entrada de la calle 82, nos encontramos con toda la multitud que venía saliendo. El concierto acababa de terminar y todos se dirigían a sus casas, o al menos huían de la calor y la multitud de Central Park.

Nos quedamos parados, respirando profundo, cansados, recordando el asado de la tarde y la conversación, el regreso en tren y la carrera en metro y a pie hasta Central Park. La ciudad estaba llena de letreros luminosos, de luces de edificios, luces de autos y recuerdos de Pavarotti.

Nos perdimos a Pavarotti, pude haber dicho, o tal vez no dije nada, tal vez lo dijo mi hermano. Lo cierto es que al cabo de unos minutos, cuando la multitud crecía aún más, nos unimos a la corriente y nos comenzamos a alejar de Central Park, era la noche de New York.

 

 

Las fiestas patrias gringas

A Roberto, Silvana, Claudio y Raquel.

 

Y después del abrazo, vino el tren, luego la media vuelta y el regreso a los ruidos de la ciudad. Por la noche, con calor, sin poder dormir por los ruidos de una ciudad que se ha ensañado contra mi, quise comenzar a contar la historia de un 4 de Julio al revés.

"Una carreta enflorá, se detiene en la capilla, el cura salió a la entrá, diciendo qué maravilla, diciendo qué maravilla, el cura salió a la entrá, se detiene en la capilla una carreta enflorá."

¿Puedes repetir los nombres de los 50 estados? ¿sabes todas las capitales? ¿te sabes el Star Spangled Banner? ¿Comes tofu? ¿Sientes una cosita extraña en al alma cuando alguien canta "or the land of the free and the home of the brave"? O, en otras palabras, ¿cómo se sabe cuando celebrar el 4 de julio y ya no el 18 de septiembre?

Viajar en la noche tiene un cierto poder terapéutico, o tal vez es simplemente mágico, y uno no sabe si retraerse y mirar las estrellas, buscar formas en las sombras, sentir el airecito helado o acordarse de esos otros viajes, cuando uno no se tenía que preocupar de los pasajes, ni de las maletas, ni de los destinos.

Pero cambia el paisaje, y cambian los trenes, y cambia la moneda, y parece que lo único que siempre es igual son las sombras oscuras que asustan desde el otro lado de la ventana y que nos hacen acurrucarnos contra la ventana pero sin mirar la ventana, y cerrar los ojos bien apretados y esconderse bien adentro de uno para que no le de miedo.

Y después termina el viaje y las sombras se convierten en viento caliente que da en la cara y despierta cuando, de noche todavía, llegamos a la estación correspondiente y miramos para todas partes, como si hubiéramos efectivamente conquistado un nuevo lugar, tomado posesión de una nueva tierra desconocida hasta entonces.

Luego vienen lo abrazos, los saludos de rigor durante el nuevo viaje hasta la casa, el ¿comieron algo?, el vasito de agua, los comentarios sobre el living, las pinturas (¡ese estilo es propio de Siqueiros!, ¿de por casualidad no sabes si la pintora gusta de Siqueiros?), eventualmente los bostezos, algunos que desaparecen, otros adelantados que se apresuran al baño y eventualmente por una combinación de presión externa y cansancio propio, dejamos el living vacío para los que iban a dormir ahí puedan por fin hacer sus camas.

Nos vemos mañana entonces es el slogan, pero algunos porfiados insisten en seguir la conversación en pieza vecina, en revisar libros de la biblioteca mientras esperan el baño.

Y los últimos en despertarse son siempre los que llegaron al final la noche anterior. ¿Qué es lo que hacen los que se despiertan primero? ¿quién toma el liderazgo en entrar al baño cuando varios ya comienzan a sentir el ruido de los pájaros, las alarmas o las patadas de los vecinos?

A veces quisiera poder observar a los que se levantan primero y ver que hacen, poder descifrar por fin el misterio aquel. ¿Cómo se empiezan a hacer los desayunos en las mañanas? ¿qué es lo primero que se dice? ¿cuál es la impresion que causamos nosotros, los que nos levantamos al final, cuando ya todos están en la mesa, tomando desayuno?

Feliz día de la independencia compañero, me dice mi hermano para despertarme. Feliz día, huevón, le digo yo, sintiendo mis derechos ultrajados y renovando la promesa de luchar para incluir en la declaración de derechos humanos el derecho a dormir sábados, domingos y festivos, hasta pasado el mediodía sin que haya llamadas telefónicas, sirenas, visitas, cabros chicos, giles grandes, cualquier potencial peligro al descanso integral y absoluto de fin de semana.

Así me gustan los desayunos, diría después alguno, bien conversados, hasta tarde, con mucho café y pan, esos si son desayunos. Y creo que tiene razón, los desayunos debieran ser, al menos los domingos y festivos, un evento simbólico del triunfo del hombre sobre el horario. Ciertamente no de la mujer, porque mientras más delicioso el desayuno, más el trabajo de la mujer, y no tanto por prepararlo, sino porque después que se lava toda la loza, alguien vuelve a ensuciar, y de vuelta a lavar.

Y así se pasa, de desayuno a almuerzo sin mayor aviso. Tal vez un viaje relativamente corto a alguna tienda, a alguna librería a revisar libros, a comprar otros que nunca se van a leer. Los Cuatro de Julio en Estados Unidos son terriblemente conflictivos. Nadie en realidad sabe muy bien qué hacer. Algunos aventuran al parque a hacer algun asado, otros participan en paradas, marchas, concentraciones, muchos se van a la playa y unos pocos, y al menos 10 personas en Filadelfia, nos juntamos a comer y conversar.

Originalmente la idea era un asado al aire libre, pero el calor excesivo nos obligó a quedarnos adentro, con ventiladores, sombra y una casa mucho más fresca, the home of the free.

Y a varios, no sé por qué, les dio con que era una celebración dieciochera. Algunos preguntaron por las empanadas para que se diera el eterno debate de si es difícil o fácil hacerlas. Las humitas, picarones pasados y sandías de Paine, siguieron en la discusión mientras comíamos tofu, ensaladas surtidas, choclos, lentejas y alguna sopa española que se asiló en alguna receta redescubierta después de algunos años y traida de nuevo a la vida en una celebración híbrida de un día de verano.

Y después de la comida, apareció una guitarra y algunos cantores, los viejos cancioneros de siempre y las notas que trajeron los recuerdos de antes, de cómo se celebraba el dieciocho en Chile. Y alguien por ahí pregunta cómo es y te explayas en detalles minúsculos, y te desesperas al no poder entregar la esencia de algo tan simple, una ramada, la comida, la visita familiar, la lluvia tal vez, la cumbia aquella, la muchacha que conociste. Y mientras explicas, se te llena la cabeza de recuerdos y reaparecen detalles que increíblemente no pasaron al olvido después de todos estos años y la explicación se hace nostalgia y autoanálisis, de por qué me vine, de cómo pasó tanto tiempo, que si alguna vez voy a volver en realidad. Y a los cantores no los para nadie, una carreta enflorá, se detiene en la capilla, el cura salió a la entrá, diciendo que maravilla, diciendo que maravilla, el cura salió a la entrá, se detiene en la capilla, una carreta enflorá.

Y uno se llena de rabia y pena por dentro, y el calor incrementa la rabia y los otros que terminan cantando "para hacer esta muralla, traíganme todas las manos..." Y uno se llena más de rabia todavía, aunque en realidad no es rabia, es más bien desesperación ante el paso del tiempo, es un poco de nostalgia y la nostalgia en realidad no es sino rabia por un pasado que se fue y que no pudimos retener para siempre. Y en eso estamos cuando los cantantes, en todo su fervor, se entusiasman mucho y dicen "que viva el Santo Padre que vive en Roma, que le están degollando a su paloma", y se dan cuenta del error y se cagan de la risa junto a unos pocos que estaban escuchando y los demás no cachamos muy bien, pero al menos se nos fue la nostalgia y después de eso se guardan las guitarras, se guarda la comida y nos vamos todos a mirar los fuegos artficiales.

Los recuerdos de fuegos artificiales de 4 de julio se van sumando y amontonando en la cabeza al grado que se empiezan a confundir y cada vez se hace más difícil recordar cada uno de los lugares donde uno ha pasado los 4 de julio, y se pone a contar todos los presidentes que han pasado y como que empieza a dar rabia de nuevo. Pero luego se mira a la gente, se matan mosquitos, se escucha la música, se mueven los pies al compás, se va dando uno cuenta como han cambiado los gustos y al final termina viendo en silencio, como todos, los fuegos artificiales.

Luego es el regreso a casa, lento, en el mar de gente que se devuelve, algunos comentarios aislados, pero el cansancio asoma y los temas de conversación se diversifican.

Es un 4 de julio más, "que se va...algunos se quedaron, igual que tu... a ellos se les acabaron, los fuegos, los doce fuegos, úneta al baile, de los que sobran..."

Y la mañana del cinco es el regreso, nuevamente el tren, los abrazos, las despedidas, las promesas, los buenos deseos, los agradecimientos. Un par de horas después y es la entrada a New York. El ruido, las bocinas de los autos, la gente empujando, la suciedad de las calles, el gris de las paredes y el calor de los edificios.

Y ahora en la noche es el repaso de todo, sigue el calor y siguen los ruidos --repaso más bien obligado, por no poder dormir--. Ojalá tuviera una guitarra, para poner un poco de resistencia musical a los ruidos de la ciudad. Pero aquí estoy en la ciudad, sin guitarra y con la rabia creciendo, sólo el ¡Viva Chile! natural de Raquel, después de los fuegos artificiales de anoche, 4 de julio de 1993, me hace reir y lo que podría haber sido una crónica patriótica, del exilio, de la distancia, inexorablemente se ha convertido en una crónica de New York, elaborada y escrita en una noche de verano, a la luz de Manhattan y con serenata de sirenas de ambulancias.

 

 

La noche del Fucking Hot

Cuando vi las noticias anoche en realidad no esperaba ninguna sorpresa. Había hecho calor todo el día y la gente parecía querer ver las noticias para cerciorarse que todo el sudor y la molestia del calor fueron un asunto compartido y, más que nada, para ver si colectivamente, como ciudad, habíamos logrado batir un nuevo récord de temperaturas altas para un día 7 de julio.

El récord no lo batimos, sólo lo empatamos. 98 grados F (38.6 C) en el aeropuerto de La Guardia. Aclaron, en todo caso los eficientes comentaristas, que en el centro de New York la temperatura era mucho más alta, tal vez 42 C, y en el Subway, a la hora de mayor tráfico, se llegó a los 46 C. El problema, dijeron es que los carros del subway tienen aire acondicionado pero los motores echan el aire caliente en las galerías de espera por lo que estar esperando el subway se convierte en una pasada por el sauna, o si se quiere por el infierno.

Tal vez por eso es que hoy decidí quedarme en la oficina y escribir esta crónica en vez de volver a aventurarme a la calle antes que oscurezca. Al menos aquí hay aire acondicionado, aunque ni tanto, porque la compañía de electricidad, dada la alta demanda, ha disminuido el voltaje en ciertas zonas, incluida la zona del centro para dar lugar a que las zonas residenciales esta noche puedan tener más energía para mantener los aire acondicionado andando.

El aire acondicionado en una noche de verano de New York es un artículo de primera necesidad.

Y los que avanzamos por el mundo sin él, los pobres, los estudiantes, la gente común que no puede comprar o que no se atreve a arriesgar el alto costo de la electricidad, nos quedamos o con los grifos de agua en las esquinas, con las tiendas donde ir a pelear el calor o nos enfrentamos al calor de las piezas, de las camas, de los mosquitos que revolotean sobre el asfalto pegajoso de Manhattan, Harlem, Bronx, Queens y Brooklyn.

Y dicen que no va a parar en varios días, que el fin de semana va a estar peor, que traten de tomar harto líquido, que traten de no hacer ejercios al aire libre, que traten de estar en lugares donde hay aire acondicionado, porque allí el calor no se siente tanto (recomendación del diario el día de hoy, bajo el título "tips to cope with the heat wave") O bien, como yo, que se queden hasta tarde en la oficina para aprovechar el aire acondicionado gratis, pueden leer, hacer cosas privadas, contestar cartas, ponerse al día con los amigos, revisar las cuentas, escribir cheques, ordenar las cosas, etc. Hay tanto que hacer una tarde en la oficina cuando afuera hace un calor de matar gente.

De hecho, una mujer murió ayer en la tarde. La mujer, no vidente, iba con su perro guía en la estación del subway de Penn Station (34th Street en Manhattan) y aparentemente resbaló sobre la loza, cayó sobre los rieles momentos antes que pasara el tren, pereciendo al instante del impacto. El perro, dicen, pudo haber estado demasiado inquieto por la calor. Yo prefiero estar adentro, mirar la gente pasar, leer un poco. No es que se puedan hacer muchas cosas en New York cuando la calor mata.

Durante los ultimos tres días ha habido tres situaciones de agresiones sexuales en diferentes piscinas del Bronx. El domingo un grupo de muchachos pandilleros formaron una cadena humana y atraparon a una muchacha de 14 años, le rompieron el traje de baño, la manosearon y molestaron física y verbalmente, testigos dicen que los muchachos cantaban una canción de rap. Uno fue arrestado y acusado de "violencia sexual". El lunes, un hombre de unos 35 años fue arrestado en una piscina después que varias mujeres y adolescentes reclamaron a los guardias, el hombre nadaba por debajo del agua y emergía junto a las mujeres agarrando con sus manos las piernas, senos y otras partes del cuerpo de estas. Situación similar ocurrió ayer en otra piscina, pero esta vez fueron dos los muchachos arrestados. Algunas personas dicen que eso siempre ha pasado, pero en este nuevo tiempo las mujeres no aceptarán eso. Los hombres son unos perros, dijo una joven puertoriqueña al New York Times, ven a una mujer en traje de baño y piensan que está desnuda.

El calor en la ciudad tiene efectos extraños. Los grifos de agua han obligado a los bomberos a salir a la calle a cerrarlos, en una zona del Harlem Latino no pudieron acercarse a los grifos hasta que llegó la policia, porque la gente les estaba tirando agua. Las pistolas de agua, ventiladores y aires acondicionados venden más que los tabloides en estos días, y según un reporte de la radio algunos café topless indicaron que estas ondas de calor representarían pérdidas en sus ingresos, cuando hay mucha calor, dijeron, lo último que uno quiere es ver gente desnuda cuando uno está con ropa.

Y el calor mata, mata de verdad. Mata hasta las ganas de comer, algunos restaurantes indicaron que solo abrirían después de las 6 p.m., porque no llegaba nadie antes y no querían gastar tanto dinero en aire acondicionado.

Yo, anoche, luchando contra el ruido de la calle y la calor agobiante, martirizándome por no haber comprado otro ventilador, en un momento, tipo 3 a.m., me fui al baño a mojarme la espalda, el cuello, que sé yo. Al entrar al baño del piso 7 del edificio John Jay en Columbia University descubrí a un tipo que tenía toda la cabeza metida en el lavamanos, completamente sumergida en el agua. Esperé unos segundos, minutos tal vez. El tipo no salía, no sabía yo si el compadre tenía mucha calor o estaba cometiendo suicidio, a las 3 a.m., hora de mayor melancolía y tristeza.

Después de un rato, que bien pudieron haber sido minutos, el tipo sacó su cabeza violentamente del agua, la agitó contra los cuatro vientos y su peinada raftafariana envió gotas de agua al piso, ventanas, espejos, demás lavamanos y por supuesto a mi que todavía estaba mirando. ¡It's fucking hot!, gritó. Y después me vio. Me miró, mojado, y notó mi mirada extrañada, I am sorry man, but It's fucking hot, dijo y volvió a meter la cabeza. Minutos después, yo haría lo mismo.

 

 

El único subway sin aire acondicionado de la ciudad

Viernes de tarde, 6 p.m., la ciudad hierve, es el tercer día de temperaturas sobre los 95 F (35 C) y a las 6 p.m. en la estación de Times Square la temperatura se siente al menos 5 C más alta que en la calle, que a su vez debe estar al menos 5 C más alta que la temperatura oficial registrada a la sombra, en Central Park.

Me saco la chaqueta o no me saco la chaqueta, al final antes de subirme al subway me la saco, cuando me bajo para transferirme al 1 o al 9 en Times Square me saco también la corbata, que ya la tenía suelta hacía rato. No me puedo seguir sacando ropa sin arriesgar ser arrestado. Paro, me apoyo contra una de las húmedas columnas del subway y me quito el sudor de la frente con un pañuelo. La plataforma está llena, repleta, hay cientos de personas esperando el tren y el calor, la calor, mata. Me pongo a pensar cuál debe ser la forma correcta de decirlo, el calor o la calor y en eso estoy cinco minutos hasta que finalmente pasa el subway. Viene repleto, pero me subo igual, empujando, empujando, siendo empujando, empujando todavía más. Siento el sudor, el olor de la gente tratando de entrar y allí estoy yo, con mi sudor, mi olor contribuyendo a eliminar cualquier posible efecto que el aire acondicionado de ese carro pudiera tener. El aire se escucha, se oyen los motores, pero no se siente nada. Es viernes en la tarde en NYC y yo estoy que me muero de calor.

Después de Times Square, si se toma el tren local, se pasa por la 50, la 59 (Columbus Circle, la entrada a Central Park), la 66, la 72 (donde se puede transferir a los expresos), la 79, la 86, la 93 (de nuevo se puede tranferir), la 103, la 110 y la 116 (Columbia University). Estábamos entre la 79 y la 86 y yo contaba las que faltaban para poder llegar bajarme por fin del subway, para poder ir a tirarme sobre alguno de los prados de Columbia y sentir el aire tibio y el calor apremiante. Pero en la 86, el tren no partió. Despues de como dos minutos de espera, se oyó la voz del conductor diciendo, rrhrhrhrhrhrhr, rhrhrhrhrhrh, el tren se ha detenido rhrhrhrhrh, rhrhrhrhrhrhr, alguien tiró la palanca del freno automático, rhrhrhrhr, nos tenemos que quedar aquí, rhrhrhrhhr, hasta que encontremos en qué carro ocurrió.

Y allí estuvimos, paseándonos entre la plataforma caliente y los carros calientes por quince minutos, hasta que finalmente cerraron la puertas rápidamente, algunos no alcanzaron a subirse, y el tren se fue. Eventualmente llegue mi estación, más mojado que de costumbre, y salí a la superficie, a los 96 F, feliz al menos de no seguir ya en el Subway. La próxima vez me vengo en micro, pensé, pero en realidad no creo que lo haga, las micros tambien parecen hornitos con ruedas.

¡Cuándo acepto un trabajo de verano en New York de nuevo! me recriminé al entrar en mi pieza después y verme la cara sudorosa en el espejo.

 

 

Harlem, una noche de verano

Si uno camina por la Amsterdam Avenue más al norte de Columbia University, baja la calle que recuerda un poco algunas de las avenidas de Santiago, pasa los altos complejos habitacionales color ladrillo de departamentos para personas de bajos ingresos, uno se va encontrar con la calle 125, llamada también Martin Luther King. Doblar allí a la derecha le permite a uno adentrarse en el corazón del Harlem negro (aunque seguir por la Amsterdam hacia el norte o doblar a la izquierda) resultan en lo mismo, entrar al corazón de Harlem.

Pero me decidí a doblar a la derecha porque hacia allá vi dos grifos de agua abiertos y quería sentir sobre mi rostro un poco del agua que el viento distribuía a la gente que, de pie junto al grifo, miraban como el agua emanaba con fuerza. Eran las 8 p.m. de ese día viernes, el tercer día de calores agobiantes de la ciudad de New York. Dijeron que habría que esperar al menos hasta el martes para que la temperatura bajara de los 25 C. Era viernes, toda una vida hasta el martes.

Otra de las razones que me hizo decidir doblar a la derecha fue que logré divisar a la distancia el Teatro Apollo, y quise pasar a verlo. Eventualmente habría de llegar por la 125 hasta el Triborough Bridge, pero la noche y un poco el miedo me iban a obligarían a devolverme, caminando, por Harlem de regreso a Columbia University.

En Harlem uno se encuentra gente que no sabe si quieren pedirle ayuda, contarle sus penas, mostrar un sentimiento de solidaridad, o simplemente quieren robarle, matarlo. Harlem es, en ese sentido, como cualquier otro lugar del mundo. El calor y el hacinamiento hacen que la basura acumulada en las aceras, en las calles, el asfalto blando de las calles y los neumáticos botados en las esquinas parecieran todos ser fuente de aún más calor, y del olor repelente que emanan las calles de Harlem.

Harlem es negro, pero las tiendas son de árabes y coreanos, algunas tiendas de negros exhiben letreros, en negro, que dicen "compre negro". Las tiendas coreanas no exhiben nada, algunas tienen aire acondicionado, pero en general recuerdan los emporios de las poblaciones al sur de Chile. Avisos respecto a cámaras de seguridad, conexiones directas a la policía y sobre la capacidad de defensa armada de los dueños del local sirven de recuerdo que no estamos en el sur de Chile, aunque los posters de la publicidad de productos sean tan viejos como los de allá.

Harlem es, para todos los efectos prácticos, negro. Pero en realidad la población latina, dominicana, puertoriqueña, y la población negra caribeña, jamaiquinos, haitianos, etc, ha crecido considerablemente en los últimos años. Harlem es, entonces, tan negro casi como Latino, y hay tanto español y creole como inglés.

En Harlem uno no sabe si tener pena o rabia. Hay letreros de todos, Patty Labelle estará en el Apollo a fin de mes, los posters de raperos llenan las paredes y las que no, ésas estan cubiertas de signos de pandillas y grafitti de todo tipo. Algunos letreros Dinkins'93 recuerdan que es año de elecciones municipales. Algunos murales pintados en paredes de Bancos y supermercados recuerdan Black is Beautiful, Black Power. Malcom X está mucho más presente que Luther King, y en cierto modo la mirada de rencor, de odio tal vez, de Malcom encuentran mejor ambiente aquí que la pacífica y calmada mirada del reverendo.

Pero como una golondrina no hace verano, algunos murales llamando al poder y la unidad negras no hacen revolución. La gente mira desde sus ventanas, se pasean en las esquinas, nadie recoje la basura pero muchos tiran más al piso. Hay cuatro prostitutas en una esquina conversando con algunos tipos, paran algunos autos y las invitan, se van rápido. Luego pasa la policía, dos oficiales negros en su auto celeste, no respetan la luz roja, avanzan. Hay algunas limosinas paradas fuera de ciertas tiendas, bars, clubs.

Y yo camino por las calles de Harlem pensando que de haber algo, tendrían que haber movimientos solidarios para limpiar las calles, plantar árboles, comprar un aire acondicionado gigantesco para que todo Harlem pudiera tener aire frío.

El odio se siente en las miradas, pero también se siente la decepción, la falta de ganas de hacer algo, se siente la resignación y el conformismo. En los Estados Unidos la principal causa de muerte para los negros jóvenes entre 16 y 30 años son las muertes violentas, después viene el sida. Para los latinos de la misma edad es al revés. Pero los negros son los que tienen la tasa de mortalidad más alta para los hombres de entre 16 y 30 años. Una negra de treinta años va a tener muchos más problemas para encontrar un negro soltero de su edad que una latina o una blanca. Los hombres negros se están matando entre ellos. Y los "fight the real enemy" parecen no tener sentido.

Los raperos, que hace 7 años eran visto como motores de una potencial liberación cultural e ideológica, ahora no son sino promotores de la transformación de la mujer negra en un objeto sexual. No puede haber una liberación de los negros sin una liberación primero de la mujer negra, o al menos eso es lo que me dijo Cassandra, que estudia ese asunto, y que es negra.

Pero después de pasearme por Harlem, comprar una polera de colores roja, verde y negro que dice "Colours is good" y que tiene la cara de Bob Marley, no le veo muchas perspectivas a una potencial liberación de los negros. Lo que si puede haber, y ocurre a menudo, es que se producen estallidos de protesta, donde se destruye lo poco que se ha construído, pero que no llevan a ningún cambio real, profundo, de estrucuturas.

Y yo, sigo caminando por Harlem, y están las paredes pintadas de la televisión, las canchas de baloncesto con sus aros y sus redes de cadenas, el típico ruido de un buen juego de básquetbol, los autos botados en las calles, abandonados, los autos vandalizados, las señoras de edad mirando desde sus ventanas, los niños tratando de jugar en las calles, las familias que van a las iglesia (¡qué manera de haber iglesias en Harlem!) con los papás de corbata y saco pese a la increíble calor, la mamá con sombrero y los hijos bien arregladitos, peinaditos, yendo a una iglesia a cantar, a participar. Entro a una iglesia, pero salgo antes de llegar a la nave, el calor es insoportable dentro, la iglesia parece estar llena.

Hay gimnasios de boxeo y éstos, también calientes, están llenos. Hay fotos de Jannette Jackson por todos lados, pero no de Michael. Y de vez en cuando oigo un par de negros hablar en español y noto que son Dominicanos o Puertorriqueños.

La mejor vista del centro de Manhattan está en la esquina de Malcom X con Martin Luther King. Fotos no tomé, porque aunque entré a Harlem sin temor y salí sin un rasguño, no quise arriesgar la suerte de mi cámara. Harlem no es para tomar fotos, no es para vivir allí tampoco, Harlem es para ir a pasear a pie y sin guía turístico y conocer la otra cara de New York. Harlem es para entender la magnitud de las injusticias y para desechar las ideas de soluciones simplistas. Harlem es como un letrero que diga: Bienvenido al mundo, ¿alguna solución?

Pero poco a poco Harlem empieza a cambiar. Las tres chicas latinas de Budweiser, la más fría, hacen su aparicion en los paraderos de los buses. Después de vivir un mes con esas tres chicas y verlas a cada momento, debo reconocer que me parece que la sonrisa de la de la derecha es sumamente seductora, ella probablemente es una persona honesta. La de la izquierda en cambio es de lo más cínica, ella debe ser imposible de soportar. La chica de atrás, la que aparece más pequeña en la foto desesperadamente trata de llamar la atención, pobre mujer, que no daría ella para salir de cuerpo completo en primera plana, que no darían algunos para poder refregarse contra ella en el paradero del bus, esto es, la guagua, como lo hacen contra las otras dos chicas, símbolos sexuales latinos de New York. Y ya en la Tercera Avenida en Harlem, cien por ciento latino, casi completamente dominicano. Las tiendas tienen la ropa de venta afuera, se anuncian los conciertos respectivos, los diarios de siempre, las radios. Son los rostros de Thalía, Luis Miguel, Ednita Nazario, Juan Luis Guerra y otros los que aparecen. Univisión, donde está toda la acción, pelea con los letreros de Telemundo, su mundo.

En New York hay dos diarios latinos y llegan diariamente los diarios de casi todos los otros países de América Latina, sí, incluído Chile. Es cuestión de saber dónde llegan, es cuestión de preguntar, en español por supuesto. Es Nueva York.

Y en la 130 con la 3ra Avenida decido devolverme, son pasada las 9 pm, sigue el calor y los grifos siguen botando agua a borbotones. El asfalto de la ciudad de New York está hecho con vidrio molido, así que las luces de la calle y de los autos se reflejan sobre el piso caliente, todo está caliente en Harlem. En East Harlem, este viernes de noche, mi corazón late rápido cuando paso debajo del Subway 4,5,6. Quién me manda a meterme aquí a esta hora, pienso, y sin plata para tomar el metro (dejé la billetera en la casa como medida de seguridad) y con ese pensamiento camino rápido, pese a la calor, hasta llegar de nuevo a la Amsterdam, cerca de las 10 p.m.

De regreso, a salvo, en mi pieza, siento aún la calor, y miro por la ventana, es otro el New York que veo, mucho más triste, mucho más metido en una crisis de la que no veo como podrá salir, la calor, en todo caso, es la misma.

 

 

Nguillatun en en Central Park una tarde de verano

El Central Park se llena todos los domingos. Dicen algunos que en los inviernos en Central Park neva y todo es blanco, terriblemente blanco y frío. Este sábado en particular, el día más caluroso de este verano --hasta ahora-- el sólo pensar que el Central Park pudiera tener nieve con todo el calor que hacia parecía tan increíble como algunas de las personas que se paseaban por el parque.

Yo, mochila al hombro, caminaba los senderos del parque, tomando fotos, tomando agua, mirando a la gente. Me encontré con uno de los conciertos al aire libre patrocinados por la ciudad y con los enormes anuncios comerciales de las cervezas. Era gratis, entré, estaban por tocar los Ohio Players, así que me quede a esperar.

El lugar estaba bastante lleno, y hacía bastante calor, aunque era al aire libre. Mientras afinaban los instrumentos, pusieron música para rellenar y así fuimos de Gloria Estefan a Michael Jackson, hasta que de pronto salió la canción We Want the Funk y toda la gente empezó a corear con una fuerza increíble. Las manos alzadas y los movimientos en forma ordenada de la multitud me hicieron recordar los nguillatunes que aún se hacen en el sur para pedir lluvia. Pensé, estamos en un nguillatun.

Y de pronto empezó a soplar el viento --o tal vez primero sopló el viento y luego pensé lo del nguillatun--, la gente casi se vuelve loca. Es la lluvia, es la lluvia, decían a viva voz, es la lluvia que viene. Y todos cantaban We Want the Funk, We Need The Funk.

Y de pronto la lluvia comenzó a caer, gotas tímidas primero y luego una llovizna clara, distinguible que por algunos segundos se convirtió en lluvia hecha y derecha. La gente alzaba los brazos para recibir el "preciado elemento" y todos gritaban, adoraban los dioses de la lluvia, el dios Funk. No faltaron aquellos que derramaron lágrimas de agradecimiento o los que comenzaron a abrazar a los que estaban a su alredor. Todos los sobrevivientes de la ola de calor Neoyorquina nos sentíamos como llegando por fin al final de la jornada.

La lluvia duró poco, tal vez poco más de lo que duró la canción misma. Después vinieron los Ohio Players, más baile, más cerveza para todos (todos los que quisieran pagar los excesivos precios que cobraban los puestos del lugar) y aunque la lluvia no volvió, la temperatura descendió vertiginosamente a causa de la lluvia y de la brisa que sí continuó.

Ahora ya todo es historia, pero ni yo, ni la gente del lugar, ni los Ohio Players pueden negar que algo extraño sucedió ayer en el Central Park. Bueno, no tan extraño, la deidad Pillán encontró nueva casa en New York. We Want the Funk.

 

Los Peces de Cuatro Cabezas y Chinatown.

¡Vamos a la playa el sábado!, me mandó a decir en un mensaje el Pancho Ramirez. Y fuimos. Pero me anduve perdiendo en la estación del metro Times Square, podía encontrar el 2,3,9, el N, el R, el A, C, E, el S, pero no podía dar el con el 7. Al final, bajando por escaleras a dominios antes no conocidos para mi en esta ciudad que se extiende en escaleras hasta las profundidades del Seol, di con el número 7.

Cuando nos juntamos con el Pancho --el último carro, estación 5a avenida-- nos fuimos en el Q hasta la playa más popular de NY, y la mas accesible, Conney Island.

Ubicada al sur de Brooklyn, la playa se llena de la gente más diversa. En su mayoría Neoyorquinos que no pueden ir a otra parte (la playa es gratis y queda a una cuadra de la estación del Subway), van familias, parejas, personas obesas, increíblemente obesas, y jubilados de muchos años. Todos mezclados en una playa donde casi no hay olas, donde no hay olor a mar y donde la arena es negra.

Sólo pasamos tres horas en Conney Island. Después nos dimos cuenta que estábamos completamente rojos, quemados (y eso que habíamos estado tres horas solamente), así que decidimos ir a probar el agua y luego irnos.

El agua del océano atlántico en New York es terriblemente helada. No hay olas y no sabe salada, más bien sabe a algo así como aceite, o acetato de algo, quién sabe me recordó no sé por qué el olor de las lavanderías de los hospitales. Las playas de New York algún día estarán descontaminadas, mientras tanto, habrás que acostumbrarse a ver las olitas llegar a la playa un poco oscuras y con algo de algas, pero no mucha sal.

Y bajo el liderazgo del Pancho, que probó ser muy sabido de los secretos neoyorquinos, nos devolvimos en otro metro, comentando lo mucho que ahora quema el sol, aunque uno esté solo un ratito, y así llegamos a Manhattan.

En Manhattan yo creía haber visto las paredes de los metros con la mayor cantidad de graffiti del mundo. Pero no, la mayor cantidad de Graffitti está en Brooklyn. Al grado que, aparentemente, algunas pandillas pintan las paredes del color natural para después poder poner sus propios signos. Y si bien es cierto ahora los carros del metro ya no están pintados y lucen su color natural gris plateado, las estaciones del sur de Brooklyn tienen graffiti hasta en el piso, y los rostros de Harrison Ford y Janet Jackson (Poetic Justice) son lugares favoritos para los signos y letreros justicieros de las pandillas. El grafitti, ciertamente, no es nada nuevo. El bien conocido Zorro lo usaba muy a menudo para dejar constancia de su presencia. Los israelitas lo usaron cuando cruzaban el desierto, según el testimonio bíblico (claro que ellos hacían montoncitos de piedra), los indígenas del norte de Chile hicieron graffiti futurista que sólo se puede ver desde las alturas y el graffiti en Chile toma forma de tallados en la madera de los árboles y asientos de la plaza y ejemplifica el personalismo del chileno: ¡aquí estuvo Pepe Pérez!; ¡Te amo Claudia, Miguel! ¡Jose Paredes, 1986!

Ya en Manhattan, en el Washington Square, Pancho sugirió fuéramos a comer a un restaurant mexicano, o tal vez cubano, que quedaba por ahí cerca. Fuimos, discutimos por un largo rato la naturaleza del arroz amarillo, los porotos rojos y la carne. ¡Bien pudo haber sido comida chilena!

Después nos fuimos a Chinatown. Los letreros en cantonés y la cantidad de gente que habla cantonés contrastaban terriblemente con lo que ocurría al otro lado de la calle: Little Italy. Es la calle la que separa los dos barrios tradicionales. Aunque al parecer los italianos se están yendo del lugar y son los chinos los que se están apropiando de todo el sector este del sur de Manhattan. Las tiendas chinas venden de todo, desde pescado hasta asuntos eléctricos. Nunca estuve en Taiwan, o Hong Kong, pero de haber estado seguramente habría dicho que ese barrio en New York, con las tiendas expandiendo sus productos a las estrechas veredas y los autos y camionetas tratando de avanzar por las angostas calles conformaban una sinfonía de bocinazos, insultos en Chino (por la expresión facial de los interlocutores), empujones y ofertas diversas de los vendedores del lugar.

Es como el mercado persa de Valparaíso, pero en cantonés. Hay un Citibank que tiene unas letras en cantonés al lado del Citibank, supongo que dirán Citibank. Las calles tienen los nombres en cantonés y en inglés y hay un monumento a un intelectual chino en una pequeña plaza. La mayoría de los letreros están en cantonés y para todos los efectos prácticos no se necesita hablar inglés.

Mi hermano, muy televisivo, andaba comentando sobre la cantidad de limosinas que estaban estacionadas en el sector y la pinta de mafiosos de algunos tipos conversando conspicuamente en alguna esquina. Algunos vendedores estaban sentados junto a su mercancía y simplemente miraban, esperando que alguien pasara a comprar.

Entramos a una librería de productos en cantones y me llamo la atencion que lo único que parecía haber en inglés allí era una revista titulada Playboy. El título era lo único que había en inglés (y el precio $10 dólares), era la edición china, hecha en Taiwan, y las mujeres de las portadas eran chinas, con la excepción de un número, que tenía una foto de Sharon Stone, de Basic Instinct.

Después de un rato volvimos a Washington Square. Había un grupo amontonado en una esquina de la plazoleta central, no acercamos a mirar, era un show callejero. Lo hicieron bien, comentó más tarde el Pancho, pero qué manera de juntar plata, por lo menos unos 200 dólares en esa sola ronda.

Aquí termina la crónica, el Pancho y el Mincho esperan, tenemos que ir a practicar un número que eventualmente presentaremos en Washington Square. Después de todo, hasta el Hugo Moraga (Hay algo de ti, Madre, Niño del Guerra, etc.) canta en las estaciones del metro del lugar (el Pancho lo ha visto).

 

 

El café equivocado, y el dibujante del metro.

¡Vamos a tomarnos un café!, me sugirió el Mincho, mi hermano, y nos pusimos a buscar uno por el Village. Pero no había nada, todos los lugares estaban llenos a reventar y lo único que había disponible eran restaurantes, pero nosotros queríamos un café.

Después de un rato de buscar nos paramos frente a uno que parecía tener mesas disponibles y estábamos en la duda cuando, desde atrás de nosotros, salta una mujer que nos dice, ¡hola!, pasen, yo soy la recepcionista, pero estaba por allá afuera, ¡pero pasen!

Sorprendidos por el ataque de la mujer que de comienzos debo decir me asustó, entramos al lugar muertos de la risa. Nos sentamos y cuando nos dimos cuenta, en realidad cuando el fornido tipo de bigostes gruesos y 1 metro 85 de altura nos puso los dos vasos de agua en la mesa, nos dimos cuenta que habíamos entrado a un cafe gay, el Mincho y yo, linda pareja.

Al cabo de un rato pedimos nuestros cafés respectivos y nos pusimos a conversar y observar el ambiente. No éramos los únicos no gays del lugar, aparentemente. Había algunas otras parejas y algunos grupos de amigos con representantes de ambos sexos, eso nos dio un cierto sentido de calma, aunque en ningún momento podría decirse que la habíamos perdido.

Lo que más le impactó al Mincho fue una pareja que llegó después de un rato. El Mincho, que estaba mirando a la entrada del local, me indicó la pareja. Eran dos tipos, uno venía con un tremendo ramo de flores, lo lucía orgulloso y cuando el garzón llegó a antederlos, se saludaron con un tremendo abrazo y comentaron lo hermoso del arreglo floral, regalo del amigo, que lucía una sonrisa orgullosa, satisfecho de haber elegido el ramo de flores más bonito.

Un rato más tarde, ya en el metro, me llamó la atención una pareja que entró y se sentó al frente. El tipo vestía completamente de negro y traía algunos mechones de colores, su amiga traía también algunos mechones de colores, también vestía de negro y cuero. Debían tener alrededor de veinte años y cuando se sentaron, el tipo sacó un cuaderno de dibujos y se puso a revisarlo. Eran monstruos, luchadores, gladiadores, escenas diversas de luchadores contra animales gigantescos, dragones, dinosaurios si se quiere. Y se puso a dibujar otro más, tranquilo, sin preocuparse de la otra gente extraña del carro, de los mendigos que pasaban y de los muchachos que hacían escándalo en el otro lado del carro.

Después de un rato subieron dos tipos latinos, neoriqueños tal vez y se sentaron al lado del dibujante. No sé cómo ni cuándo, se pusieron a hablar. Realmente me di cuenta solo cuando escuché el ruido de una hoja que era arrancada del cuaderno de dibujos. El dibujante le estaba dando una de sus obras a uno de los puertoriqueños --tuve que suspender la narración por un momento porque acababa de entrar por la ventana un gigantesco insecto azul, de tal vez unos 5 centímetros y unas enormes alas, no sabía si tratar de echarlo o escapar yo, pero ya se fue--. Los miré con atencion, el dibujante explicaba su obra y después de un rato, en realidad hasta que nosotros nos bajamos en la 116 y Broadway, ya le había regalado tres de sus creaciones al entusiasta admirador que había encontrado en la eterna galeria de arte moderno que es el Subway de New York.

 

Los homeless de Nueva York

Lo hay por miles, "los homeless no se fueron, merodean por nuestra ciudad, los homeless, muevan a los homeless. Los homeless, muevan a los homeless."

Hay uno en cada esquina, uno en caba banco del Central Park, uno en cada estación del metro y uno en cada carro del metro en cada momento de la ciudad de Nueva York.

Son de todos los tipos, los enfermos de sida, las madres con sus hijos, los veteranos, los ancianos, la gente relativamente joven, aquellos que cuentan historias, aquellos que dicen vivir en refugios y andar buscando trabajo. Según el censo de 1990 son mas de 100 mil los que viven en las calles de New York. El mismo censo dice que en New York más de 1 millon de personas viven solas. En New York el problema de la gente sin hogar llega a niveles críticos, hasta irrisorios en veces, es como una tragicomedia, un teatro del absurdo.

En el metro hay un acuerdo de honorables, en ningún momento se ve a dos personas pidiendo dinero en el mismo carro a la vez. Lo que hay es un desfile interminable de gente que pasa de carro en carro contando sus historias. Soy veterano de la Guerra de Vietnam, acabo de salir de la cárcel, perdí mi trabajo, tengo cuatro hijos, me echaron porque me acusaron de robar, soy un drogadicto que se está recuperando, acabo de salir del hospital, lo perdí todo en un incendio, no quiero su dinero sólo quiero un trabajo, deme dinero por favor, ¿tiene sencillo?, quiero comer, soy drogadicto y necesito comprar drogras soy honesto, por favor, por amor de Dios. Y pasan las manos sucias, generalmente manos de color, pero no exclusivamente manos de color. Pasan los vasitos que lo hacen aún más tragicómico, y que probablemente tiene ese objetivo: "I love New York".

En las noches frías de invierno duermen en el subway y en los refugios, las calles matan. En las noches calientes de verano duermen en los parques y los refugios. Caminar por el Central Park una noche de verano es ver un campamento inmenso, un campo de guerra donde los sobrevivientes tratan de pasar la noche, en medio de Manhattan. Y si uno no se atreve a entrar al parque, entonces caminar por la Central Park West o la Central Park East será suficiente para ver que cada uno de los bancos de las calles están ocupados por personas que han decidido pasar la noche allí.

Una noche, en algo más de 20 cuadras conté más de treinta en treintaicinco bancos. Era de noche y la gran mayoría dormía, a excepción de algunos que pedían dinero aún y de uno que me llamó mucho la atención: el tipo estaba leyendo un libro.

Hace algunas semanas, un viernes, cuando llovía, esperábamos debajo de un techo que amainara y se acercó un hombre a pedir dinero. Mi hermano, que se las quiso dar de sabio, hizo señales diciendo que no hablaba inglés. El tipo me preguntó de dónde era este hombre --mi hermano-- que no hablaba ingles. Le dije, muy cortante, que era de Chile. Oh, Chile, ese largo y angosto país de sudamérica, dijo el tipo. Chile debe ser un país muy bello y hermoso. ¿Allí hablan español no? Mi hermano, que supuestamente no sabía inglés, y yo lo miramos más que sorprendidos. Al final le dimos casi todo el cambio que teníamos. Se alejó diciendo, si Chile, lindo país.

En un restaurant del village, mientras comíamos una noche de viernes se acercó un tipo pidiendo dinero. Estábamos en unas mesas al aire libre, en la vereda, y deliberadamente el hombre se acercó a la mesa de al lado, donde había cuatro muchachas de unos 18 años que parecían venir de algunos de los suburbios del area. Se presentó, les contó su situación y les pidió dinero. Ellas, como disfrutando la aventura de una noche en New York, dijeron no tener nada. ¿Ni siquiera cambio? preguntó el tipo. No tengo cambio para un "vago" dijo la muchacha en un modismo inglés. ¿Un "vago"?, dijo el tipo. ¿Sabías que esa palabra ni siquiera aparece en el diccionario? No, no sabía dijo la muchacha media avergonzada y visiblemente incómoda. Pues, no, no existe, replicó el tipo, me hubieras llamado persona-sin-hogar o indigente inclusive, pero no "vago", porque esa palabra no existe, deberías comenzar a leer tu diccionario un poco, linda muchacha. Luego se alejó, unas mesas más allá comenzo su nueva oratoria ante otras personas, esta vez tuvo mejor suerte.

Y hace un par de días, mientras caminaba hacia la Universidad de Columbia, por Broadway, me detuve a mirar algunos libros y revistas que un tipo estaba vendiendo en la calle. No debieron haber sido más de 15 libros y diez revistas que tenía desplegados junto a una tostadora eléctrica y un pequeño mueble. Me llamó la atención uno de tapa roja y letras blancas, y el rostro de Allende. The Last Two Years of Salvador Allende, de Nathaniel Davis (embajador de USA en Chile 1971-73). Lo miré, lo recogí y lo revisé, estaba nuevo, nadie nunca lo había leído. Le pregunté al tipo cuánto costaba. Me lo pidió y lo miró.

¿Sabes quién fue Allende? me preguntó. Asentí.

¿Sabes que el hombre que mato Allende aún está vivo? Asentí de nuevo.

¿Sabes que el gobierno de USA ordenó la ejecución de Allende, quien había sido electo democráticamente presidente? de nuevo asentí.

¿Sabes que Allende fue uno de los revolucionarios más grandes? Mira, Fidel es el único tan grande como Allende y Fidel sigue allí fuerte, oh, si yo pudiera iría a pelear para defender la causa de Fidel.

¿Cuánto cuesta el libro?

¿Para qué lo quieres?

Para leerlo.

¿Quieres aprender de Allende?

No, la verdad es que de Allende ya sé. Lo que quisiera es saber que es lo que tiene que decir Nathaniel Davis sobre Allende. Y tu, ¿sabes quien fue Nathaniel Davis? le pregunté tomando la iniciativa.

No, no. ¿Quién fue?

El era embajador de USA en Chile cuando murió Allende.

¡Oh, cerdo!, él lo mando a matar y después gana dinero escribiendo un libro. Si pudiera me iría a la revolución, pero ¡ya me ves!

¿Y cómo consigue los libros?

¡Los libros! Por ahí, por todas partes --después descubriría que este libro en particular perteneció a Saint Hilda's and Saint Hugh School --

¿Cuánto es entonces?

Digamos, es tapa dura, está nuevo, nadie lo ha leido. Debe costar unos 25 dólares, pero la tapa blanda debe costar como diez, te lo dejo en 7.

Revisé la billetera, cinco dólares.

No.

¡Cinco dólares y un token para el subway!

Está bien.

Y pasando los cinco dólares y el token (que cuesta 1.25), recibí el libro.

Antes de alejarme, el tipo me dijo: yo estoy aquí siempre, cuando lo termines tráelo, que me gustaría leerlo.

Caballerosamente le dije que bueno, que lo haria. Hace dos noches pase por alli de nuevo, estaba el tipo con libros nuevos, me detuve a mirar (nada interesante), me reconoció ¿terminaste el libro de Allende?

No todavía, le dije, sorprendido, pero cuando lo termine se lo traigo.

Hace un rato lo acabo de terminar y la verdad es que esta crónica nace más bien porque estoy matando los minutos para que se haga más tarde y pueda tener una excusa para ir a prestarle el libro al semi-homeless aquel que sabe de la historia de Chile.