Crónica de la sepultura de Neruda (14 de diciembre de 1992)

 

Patricio Navia

© Copyright Patricio Navia 1996

 

Ayer sepultaron a Neruda en Isla Negra, lo vi en televisión, al final del noticiero. Supongo que lo llevaron junto a Matilde, no lo dijeron, fue un reportaje corto. Reconocí la playa de Isla Negra y vi cientos de personas, sino miles, que se habían congregado. Lo sepultaron en su banco favorito de piedra, mirando al mar. El día se veía despejado y parecía caluroso, pero se lograba notar el viento marino que siempre golpea fuerte en verano en Isla Negra. Hace dos años exactamente estuve en la casa de Neruda y como miles, dejé mi mensaje en la cerca de madera. Cuando volví hace unos meses, ya no estaba, nuevos mensajes lo habían cubierto y la lluvia probablemente lo había borrado.

Hoy sepultaron a Neruda y el poeta por fin terminó de morir después de 20 años de morir de a poquito. Pero las palabras del poeta no mueren, no pueden morir. Los que asistieron al funeral acompañando al poeta y a las autoridades hacen renacer los versos cada día, los escriben en las cercas, los recitan en la soledad de sus casas y enamoran y se enamoran con ellos en los parques. Los versos de Neruda están en las manifestaciones políticas, en los libros de cocina, en más de alguna canción, plagiados, en casi todos los recuerdos de noches de verano, besos furtivos y adioses con promesas, es tan triste el amor y tan largo el olvido. Reviso algunas notas y debo reconocer, como Facundo Cabral reconoció de Whitman, he amado a Neruda hasta el plagio.

Y ahora el poeta descansa en su casa de Isla Negra y sus versos son aves como las que él amaba y su obra es extensa como el mar.

Quería rendirle un homenaje a Neruda a la distancia, desde la nieve, el frío y el cemento de esta ciudad pero no pude, terminé recordando tres poemas del vate, el primero en una noche lluviosa de uniforme y berlines empolvados en Temuco cuando le dije puedo escribir los versos más tristes esta noche y nos fuimos caminando abrazados por Avenida Alemania soñando un futuro que nunca llegamos a tener. El segundo gritado a voces todos juntos en la misma avenida, con miedo y mucho fuego en el corazón pidiendo castigo, para los que de sangre salpicaron la patria. El tercero sentado en la magnífica Macchu Picchu y su vida de piedra, después de tantas vidas.

Y después de pensar y recordar, sentir haber crecido con la imagen inmortal del vate, pensé que el poeta, de estar aquí en Chicago, habría dicho: "preguntaréis por qué su poesía no nos habla del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal. Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles".

Poeta, te robo tus versos para decirte así es la vida, aquí tienes las cosas que te puedo ofrecer mi amistad de melancólico chileno en la distancia. Ya sabes por ti mismo muchas cosas, y otras irás sabiendo lentamente. Yo me voy, estoy triste: pero siempre estoy triste. Vengo desde tus versos, no sé hacia dónde voy.

¡Qué más decirte poeta! De ti no me despido, te seguiré encontrando en las calles de Chicago, te seguiré plagiando en las noches de estrellas y te iré a ver a Isla Negra cada vez. No te digo adiós, porque tus versos no mueren ni tu recuerdo. Y cuando ya todos hayamos pasado y más de algún biógrafo tuyo, pelado, chico y pretensioso, quede en el olvido y con el librito en que te echa al saco de los recuerdos, yo pasaré por tu casa, garabatearé un nuevo verso en la cerca y contaré a todos de la foto que tomé una vez del mensaje aquel que decía "Pablo nuestro, que estás en los cielos" Y tu te reirás, desde el mar (que es el cielo) y querrás enviarnos más poemas, y no podrás. Pero ya tenemos bastantes, suficientes al menos para enamorar en las noches de invierno, en los días suaves, en el sur. Gracias poeta, y nunca adiós, que te necesitamos siempre y con tus poemas te quedaste entre nosotros, mientras hayan miradas, manos y ojos.